Estamos de vuelta. La presencialidad ha regresado a las universidades, y con esto la oferta educativa en su modalidad virtual ha disminuido y se empieza a dar prioridad aquellos cursos presenciales. Es evidente el retorno a los salones llenos de alumnos y las áreas comunes repletas de jóvenes durante los horarios de descanso. El formato virtual se va diluyendo, se privilegia la presencia en los salones, la interacción cara a cara, el contacto y la búsqueda de esa nueva normalidad.
Pero la realidad es que las actividades no bastan, aún podemos encontrarnos con el rezago, los alumnos tratan de ponerse al corriente con las materias atrasadas, con los talleres y hasta con las amistades que se vieron separadas durante dos años, o al menos así es como se refleja en aquellos que iniciaron la carrera durante la pandemia y apenas están incorporándose a la vida dentro del campus.
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Una vez dentro de los salones, las conversaciones se entrelazan entre lo que les sucedió en estos meses lejos de la universidad. Aquellos momentos de incertidumbre, los impactos en la salud tanto en ellos como en sus familiares, las dinámicas de sus relaciones sociales, y muchos otros temas referentes a los tiempos pandémicos. Sin embargo, al mismo tiempo suelen ser pláticas donde se comparten los planes a futuro, qué harán durante el semestre, y muchos proyectos para cuando salgan de la universidad.
Es evidente que nuestros alumnos están en la búsqueda de pertenecer, de formar parte de nuevos círculos de amigos, compañeros con los que compartan y se acompañen durante el resto de su trayecto universitario. Son miradas cómplices y de esperanza y confianza en que se avecinan cosas mejores de las que se han vivido en los últimos meses, pero, en ocasiones parece que penden de un hilo, los obstáculos para los alumnos universitarios son claros y están ahí latentes.
Si bien, favorablemente, los alumnos parecen estar más interesados en involucrarse en muchas actividades, ya sean talleres, cursos, prácticas, o cualquier otro espacio en el que pueda recuperar estas relaciones, hacer lazos y contar con tiempos de recreación, esto no resulta igual para todos. Hay un gran porcentaje de estudiantes que han tenido que optar por reducir su carga de materias, tanto para poder costearlas o porque están ya en un ambiente laboral, como no se había visto antes, ahora muchos alumnos estudian y trabajan, organizan sus agendas para poder cumplir con las obligaciones académicas, pero también con sus trabajos, pues dependen en gran medida de estos para poder solventar gastos no solo de su universidad sino de su propio hogar.
Desafortunadamente, es muy probable que estemos ante una nueva figura del estudiante universitario, en especial por aquellos jóvenes que tienen que estar en múltiples lugares casi casi a la misma hora, y ese será el reto, pues se va perdiendo el enfoque, están más dispersos y con poca disposición para involucrarse, sus metas son claras: terminar la universidad lo más pronto posible y buscar un empleo que les reditúe y permita cubrir sus deudas y generar experiencia laboral. De esta manera, se corre el riesgo de que las clases en aula sean cada vez menos profundas, con menor participación y con menos interés. Habrá entonces que reformular la forma de impartir la clase para lograr tener mayor interacción y que las formas de evaluación nos permitan reflejar que sí hay aprendizajes, pero principalmente que sí hay una reflexión sobre los temas de la asignatura y cómo estos pueden impactar en la realidad social.
No se trata de revolucionar nuestras prácticas docentes, sino de encontrar un punto de equilibrio donde seamos docentes con alumnos participativos y reflexivos, donde haya una intención de tener posibilidades de aprender y poner en práctica lo aprendido, de ir más allá de lo que es una clase, de entender que a partir de los contenidos de la clase y de la propia relación que se de en el salón con el profesor y con sus compañeros, se podrán construir nuevas dinámicas sociales y de incidencia. Son momentos de recuperar el tiempo que estuvimos detrás de una pantalla y estar más cercanos a lo que nos acontece, pero principalmente, a lograr recuperar esta esencia de un estudiante universitario, un alumno que sea capaz de proponer y actuar antes las realidades tan complejas a las que se enfrentará al salir de la universidad.
La autora es académica de la Universidad Iberoamericana Puebla.