La muerte no exonera. Que Echeverría haya muerto invita sin duda a la celebración de una venganza (mal) cumplida, sombría felicidad por su desaparición: “hurra/ murió el cretino/ vamos a festejarlo/ se acabó el monstruo prócer/ se acabó para siempre […] vamos a festejarlo/ a no volvernos flojos/ a no olvidar que éste/ es un muerto de mierda” (Benedetti, La muerte de un tirano).
Pero también y necesariamente genera la indignación de haberse ido impune. ¿Qué querría decir entonces que la muerte no exonera? Que todavía hay una tarea pendiente para con ese nombre “Luis Echeverría Álvarez”: ese sujeto, ese actor, sus actos y lo que representa. Así como las víctimas siguen esperando desde la muerte a que se les haga justicia, nosotros seguimos persiguiendo a los culpables, así estén muertos.
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Las masacres de la guerra sucia y la manera en que nos ocupan actualmente marcan tanto la relación entre los vivos (el “pacto social”), como entre vivos y muertos (en la búsqueda de los desaparecidos y la exigencia de justicia) y aun entre los muertos, que, sin conocerse, se van hermanando en la larga historia de los condenados de la tierra.
Víctimas y victimarios lo siguen siendo tras la muerte. Vivimos cuerpos biológicos y cuerpos simbólicos. Cuerpos que respiran y actúan y cuerpos sostenidos por nuestro nombre y los hechos y palabras que se le atribuyen. Nadie muere por completo al perder sus últimos 21 gramos. El cuerpo llamado simbólico no es algo segundo, sino que se entrelaza con el cuerpo biológico y con los otros cuerpos. Por ello, juzgar el cuerpo simbólico de Echeverría implica vincularlo con otros cuerpos aún vivos, que todavía esperan el martillo de un juicio. Implica vincularlo con acontecimientos, con decisiones, leyes, actores y palabras llenos de consecuencias. Un crimen irresuelto como la desaparición se sigue cometiendo todos los días. Este cuerpo simbólico es también material a su modo: está en documentos (especialmente archivos), en grabaciones, en testimonios, en edificios, en la memoria de numerosas personas. Las inscripciones de la memoria son materiales y sus efectos dependen de que sean recuperadas, reinterpretadas, contadas. Un libro que no se lee no es distinto de una piedra. Sólo el acto de lectura y relectura repetidas, los pronunciamientos en voz alta y la génesis de nuevas asociaciones puede producir nuevos efectos.
Insistamos: no debe nunca perderse de vista que aquí no se juega solamente lo que será de los vivos, sino el vínculo entre vivos y muertos a partir de aquello que nos sigue obligando a buscar justicia y que, lo sabemos, ni inicia ni se agota en el derecho, aunque lo incluye.
La izquierda vio en Echeverría a un parlanchín pragmático e hipócrita, que recibía a las víctimas de las dictaduras militares del Cono Sur mientras reprimía en su territorio. La derecha, en cambio, vio en él riesgos comunistas. Los liberales lo tildan de populista y prestos lo acercan a López Obrador. Pero también sectores de la izquierda despachan a ambos como falsas izquierdas. La muerte no exonera. Eso significa que debemos ser analíticos y precisos porque a cada momento se decide el significado de “populismo”, “izquierda”, “pragmatismo” o “ideología”.
Echeverría no fue de izquierda. Fue un faraón que tomó el discurso de izquierda para trabajar para su propia grandeza y la de un México que, “tercería vía” entre capitalismo y comunismo, surgiría glorioso y se haría cargo del liderazgo del futuro. El dispendio fue lo suyo. Jugó el papel del “padre” proveedor que sabe lo que su pueblo doliente necesita. Pero fue también y, sobre todo, un hombre sin ideas. Más bien odiaba las ideas y creía que no las necesitaba. Era pragmático, frenético, orador imparable. Y si gastaba en infraestructura y programas para la “gente” era para ser venerado, querido, seguido. No tuvo ideas porque nunca escuchó. Antes de gobernar fue un perro fiel del priismo, acostumbrado a seguir órdenes. En él, se sirvió del régimen y todas sus potestades, negándose a ensuciar el nombre de cualquiera de sus predecesores. La razón es obvia.
Pese al aura ficticia del modernizador y artífice de una apertura democrática nacida del corazón de la Revolución Mexicana, no era sino un fiel seguidor del autoritarismo. Quería acercarse a los pobres y a los estudiantes para que no se desviaran con los discursos “extranjerizantes” del comunismo. Habría que quitar las imágenes del Che Guevara y sustituirlos por los héroes consumados de la patria. Había que ayudar a los pobres, pero en los términos del gobierno. La sordera alcanzó lo mismo al pueblo que a los empresarios, quienes le darían la espalda en el momento de peor endeudamiento. La terquedad estructural del priismo tuvo el nombre de presidencialismo. Y es de ahí que surge la mano dura, no el derecho, sino la obligación de castigar a los que (supuestamente) no entendían la Revolución ni a la patria ni al presidente. Por ello 1971 prolongó 1968 y lo empeoró. Porque se pasó de la represión estudiantil a la desmesurada guerra sucia, en la que se sofocó la guerrilla y a todo levantamiento con balazos. Asesinatos, desapariciones forzadas, tortura. Todo le pareció justificado.
Echeverría, muerto y todo, no está solo. Están sus cómplices. Muertos y vivos. Están los secretos asentados en archivos del Ejército. Están las instituciones y las inercias de un sistema político que no se despide del autoritarismo ni de la solución armada, heredada durante décadas al narcotráfico. Y no está solo en tanto que muchos lo defendieron en los momentos en que un juicio resultaba posible y lo siguen defendiendo hoy, con cacareos o con silencios. Algunos intentarán rescatar su “legado institucional”. Pero póngase atención en los motivos para ello: atemperar los odios y minimizar sus actos criminales.
El asesino ha muerto, pero no ha sido exonerado.