La salud mental, y los que caen en esa categoría infausta, son un tabú para familiares, especialistas –psicólogos, psiquiatras, sociólogos–, y para el propio Estado, que tiene el deber de gestionar y ejecutar las políticas de atención.
Desde marzo, con la aprobación de las reformas a la salud, expertos y analistas, pusieron el foco en una de las áreas más descuidadas del sistema sanitario y objeto de la nueva legislación: la salud mental.
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La polémica se desata con el anuncio de que los hospitales psiquiátricos cerrarán sus puertas para convertirse en hospitales generales. Ahora el paciente adicto, con esquizofrenia y con depresión severa, puede decidir si se interna o no, aunque clínicamente lo requiera.
La aprobación de las reformas se da en el momento en que aún se sufren los estragos de la pandemia de COVID-19, haciendo aún más evidente y doloroso lo que ya era un problema crónico. En el caso de Puebla, con más de medio siglo de experiencia institucional.
Por ejemplo, se observa mayor índice de personas con diagnóstico de depresión y ansiedad, aumento en los casos de suicidio y violencia, alarmante incremento de personas con problemas severos de adicción, y la reducción dramática en la edad de inicio en consumo de drogas. Estamos hablando de niños.
Otro fenómeno consustancial es el evidente abandono de pacientes en los hospitales psiquiátricos por sus familiares, y por el mismo sistema de salud. No son problemas traídos por la pandemia, como se quiere hacer creer. Son crónicos, e ignorados una y otra vez por las autoridades.
Ante el desolado panorama, la pregunta es inevitable: ¿con qué recursos materiales y personales cuenta Puebla para hacer frente a la demanda de atención de salud mental, cada vez mayor?
En primer lugar encontramos el Hospital Psiquiátrico, “Dr. Rafael Serrano”, más conocido como Batán. Un hospital fundado hace ya 55 años, en cuyo periodo no sólo envejeció la infraestructura, también los trabajadores, el modelo y métodos de atención. Esto es, un rezago de setenta años.
Entrar en el Batán es meterse en un mundo de deterioro, precarización y desolación. Un hilo de dolor que literalmente se pierde en los rincones.
En los métodos de atención se pasó del “modelo de granja”, en el que se pretendía que los pacientes fueran productivos y tuvieran contacto con la “realidad” y la sociedad, a uno de atención hospitalaria.
Y de éste se pasó al modelo de asilo. Un lugar para pacientes abandonados, no solo por los familiares; también por el personal sanitario (cansado y hastiado), responsable de su atención; por el propio sistema de salud, y en general por las políticas de precariedad implementadas por el Estado nacional.
El paciente que logró ingresar tiene techo, alimento, ropa y medicamentos. Pero no hay nada más allá de lo material, que procure su bienestar emocional, mental, y físico.
El Batán no cuentan ni con programas ni con presupuesto. Por alguna razón extraña, se le rehúye. Incluso hasta por los mismos especialistas de la salud mental, han desarrollado cierta aversión. Como veremos más adelante.
Hasta ahora lo que se sabe es que los pacientes que viven en el hospital no serán echados a la calle. Todo indica que seguirán en el hospital, pero en las mismas condiciones de tratamiento. Con ese fin incluso se han remodelado pabellones.
No cierra sus puertas y se habla de nuevos planes, como la implementación de un área de urgencias, mejorar la atención, atender las demandas laborales y arreglar la vivienda de los pacientes.
Pero aún así no es suficiente, de acuerdo con especialistas, porque el paciente con la “patología” sigue marginado. Alguien explica que es como cuando en una familia con problemas de violencia, el padre considera que la solución pasa por cambiar la pintura de la casa.
En 2003 fue inaugurado el Centro Estatal de Salud Mental con toda la solemnidad que implica con la presencia del presidente de la República, justo enfrente del Batán. El nuevo centro está integrado por tres unidades de atención, y en su momento fue considerado precursor en su género.
Tiene, o tenía, un carácter integral. Incluía unidad de paidopsiquiatría, especializada en atención a niños y adolescentes, área de rehabilitación psicosocial, y unidad de desintoxicación y rehabilitación de adictos. En el discurso oficial, era el mejor centro de atención a enfermos mentales de México.
Tuvo sus buenos años de gloria. Sus instalaciones siguen en buenas condiciones, en general es un lugar bien iluminado, espacioso, con jardines, no produce temor en quien cruza la puerta.
Pero hoy sufre una decadencia agonizante por la mala o displicente gestión. Entrar a la unidad de adicciones es constatar que no hay pacientes internados, salvo dos o tres por allí, recibiendo algún tratamiento.
¿Por qué? Porque la política declarada de la dirección del nosocomio es ahuyentar al mayor número de internos.
Un grupo de pacientes comenta que fueron corridos del servicio por indicaciones de la Jefa del Hospital, a través de la Coordinadora del Área, después de haber esperado cerca de 20 días con la esperanza de ingresar.
Los pacientes afirman que es injusto el rechazo, toda vez que en el Centro no hay pacientes internados. Tampoco ofrecen la habituales terapias. Pareciera, pues, que se trata de un anexo, indiferenciado de lo que hacen o deben hacer los expertos.
Se habla de malos tratos de parte del personal especializado. Lo peor se presenta el fin de semana, generalmente en esos días no hay actividades y la persona (psicóloga a cargo) suele tener una actitud de prepotencia en su trato.
La misma actitud asumen las enfermeras, creen que influenciadas por el patrón de la primera. Trato inhumano se ha tornado en la regla.
Los enfermos mentales carecen de derechos, en particular el derecho a la salud. Los derechos humanos, y su pretendida universalidad, protegen a los “de razón”, no a los que están clasificados en la categoría de locos.
Chayo News
Que se anima el gobernador Barbosa, y que se cala el viejo sombrero que todo lo pone en una mano, y que se pone al frente del nuevo patrón electoral puesto en marcha por su partido, Morena, y que hace pública su lista de precandidatos a ocupar su puesto, y que van saliendo aspirantes hasta de por debajo de las piedras y que, y que, y que bueno que tenemos un sistema electoral universal, en el que a todos les asiste el derecho a votar y ser votados, pero sólo uno será el elegido por la mano Santa del Poderoso.
Ignoro cuánto dinero se ahorrará la Secretaría de Finanzas, pues visto-lo-visto, los órganos electorales son entes prescindibles, del viejo régimen, creados para robar elecciones. También son prescindibles los partidos, en particular los de oposición. No lo dice el gobierno ni Morena ni los críticos vinculados con el gobierno ni los independientes. Lo dicen ellos mismos, los que gobiernan en el PAN, en el PRI y en el PRD. Lo dicen con su ineptitud y su complacencia supina. La transformación del presidente López Obrador marcha en popa con viento, o como se diga.