Recuerdo un fragmento de la película El cartero de Neruda en el que el cartero, enamorado de una chica, se apropia de varios poemas del Premio Nobel chileno para conquistarla. Al enterarse, el escritor le reclama por plagiarlo a lo que el cartero le responde que “la poesía no es de quien la escribe sino de quien la necesita”.
Traigo a colación este argumento porque hoy más que nunca creo que necesito la poesía, necesitamos la poesía, no precisamente para enamorar a una mujer sino para no claudicar y rendirnos ante la terrible situación que vivimos hoy en México y en el mundo.
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Aunque bien decía Borges: “le tocaron, como a todos los hombres, tiempos difíciles en que vivir”, me parece que, tal vez porque estos son “nuestros tiempos difíciles”, nos encontramos en un momento especialmente dramático de la historia de la humanidad, una etapa de crisis multidimensional, como la llama Edgar Morin en uno de sus libros más recientes Cambiemos de vía.
Si vamos recorriendo en círculos concéntricos, podemos empezar con la gravísima situación de crisis ambiental que vive el mundo, caracterizada por la pérdida irreparable y constante de la biodiversidad, el calentamiento global y la contaminación del aire, del agua y de la tierra. Esta crisis tiene a la humanidad en un riesgo que parece irreversible de autodestrucción.
Por otra parte, en el ámbito internacional encontramos la terrible, cruel e injusta guerra provocada por la invasión de Rusia a territorio ucraniano, la violencia y las menos mediáticas, pero igualmente trágicas situaciones de conflicto en Siria -que lleva ya un buen número de años sin resolverse-, el de Yemen, la guerra en Afganistán y también en la República democrática del Congo.
Además de los conflictos bélicos tenemos en el mundo una creciente crisis migratoria. En efecto, desde hace ya varias décadas se ha venido produciendo el éxodo de muchas miles de personas -incluyendo mujeres y niños- que en diferentes partes del mundo viajan grandes distancias, ya sea huyendo de la violencia en sus países, de las amenazas del crimen organizado o del hambre y la falta de oportunidades para ganarse honradamente la vida.
A todos estos problemas se sumó desde luego la pandemia que, si bien nos ha dado una tregua, sigue presente y no sabemos cuándo pueda ser controlada del todo, además de que constantemente están surgiendo y según los científicos seguirán apareciendo nuevos virus y enfermedades hasta ahora desconocidas.
Si miramos el ámbito nacional, nos encontramos en una situación de estancamiento económico y falta de inversión, con varios millones de nuevos pobres, una imparable ola de violencia producto de la delincuencia organizada que controla ya una buena parte del territorio nacional, el aumento de los feminicidios y la persistencia de la desigualdad, el machismo, el racismo, el clasismo y la polarización causada, desde mi punto de vista, por los últimos coletazos del viejo régimen priista reencarnado en el gobierno actual y la desesperadamente lenta agonía de una clase política obsoleta que ha expoliado al país y producido millonarios cada sexenio con total impunidad, independientemente de los colores que gobiernen en todos los niveles.
En el campo de la educación, que es el tema de este espacio semanal, vivimos literalmente una tragedia en la que hemos pasado de ser “un país de reprobados” como afirmaba una investigación de Gilberto Guevara Niebla en las últimas décadas del siglo pasado a una “regresión educativa” según un libro reciente coordinado por el mismo investigador.
Si en términos generales la educación nacional mostraba enormes carencias en términos de su calidad, además de la inaceptable desigualdad de aprendizajes análoga a la histórica desigualdad económica y social, la pandemia ha dejado pérdidas que algunos autores calculan como equivalente hasta de tres ciclos escolares sin que hasta hoy la SEP haya planteado una estrategia clara y prioritaria y el gobierno federal destinado los recursos correspondientes para revertirla, entretenida en cambio en la construcción de un nuevo modelo educativo y curricular más ideológico que pedagógico.
Es por ello que hoy necesito y creo que todos los ciudadanos y los educadores necesitamos de la poesía, para aliviar un poco el peso de este mundo y de este país llenos de problemas que parecen irresolubles.
Como profesionales de la esperanza, los educadores necesitamos como dice el poeta británico, Premio Nobel de Literatura en 1907, Rudyard Kipling, darnos una tregua, pero no claudicar en nuestro trabajo cotidiano por la transformación del mundo a partir de la formación de los futuros ciudadanos. Porque cuando las cosas van mal, cuando sólo hay cuestas por subir, cuando hay poco haber y mucho que pagar, cuando precisemos sonreír aún teniendo que llorar, cuando el dolor nos agobie y no podamos ya sufrir después de tanto sufrimiento, cuando el dolor nos agobie, necesitamos descansar, pero nunca desistir.
Porque cuando todo esté peor, como ahora parece estar, es cuando más debemos insistir. Cuando la ola de problemas que tienen atrapada a la humanidad en estos días, cuando la decadencia, la polarización y el encono reinan en esta sociedad que necesita diálogo y acuerdos para enfrentar todos sus desafíos, tenemos que seguir luchando y tal vez, por supervivencia, darnos una tregua, pero no claudicar, persistir en la esperanza y seguir siendo contrapuntos a este sistema que está agotado, pero se niega a morir para dar paso a una nueva etapa en el proceso de humanización.
Porque la poesía no es de quien la escribe sino de quien la necesita, y nosotros la necesitamos hoy más que nunca. Hagamos el ejercicio de leer y apropiar este poema escrito para momentos como hoy, para cuando vayan mal las cosas:
“Cuando vayan mal las cosas/ como a veces suelen ir,/ cuando ofrezca tu camino/ solo
cuestas que subir,/ cuando tengas poco haber/ pero mucho que pagar,/ y precises sonreír
aun teniendo que llorar,/ cuando ya el dolor te agobie/ y no puedas ya sufrir,/ descansar
acaso debes/ ¡pero nunca desistir!/ Tras las sombras de la duda/ ya plateadas, ya sombrías,
puede bien surgir el triunfo/ no el fracaso que temías,/ y no es dable a tu ignorancia/
figúrate cuán cercano/ pueda estar el bien que anhelas/ y que juzgas tan lejano./ Lucha,
pues por más que tengas/ en la brega que sufrir,/ cuando todo esté peor,/ más debemos
insistir./ Si en la lucha el destino te derriba,/ si todo en tu camino es cuesta arriba,/ si tu
sonrisa es ansia satisfecha,/ si hay faena excesiva y vil cosecha,/ si a tu caudal se
contraponen diques,/ Date una tregua, ¡pero no claudiques!”
Rudyard Kipling. Cuando vayan mal las cosas.