La violencia cultural hace que la violencia directa y la estructural aparezcan, e incluso se perciban, como cargadas de razón, –o al menos, que se sienta que no están equivocadas–. Al igual que la ciencia política que se centra en dos problemas, –el uso del poder y la legitimación del uso del poder–, los estudios sobre la violencia enfocan dos problemas: la utilización de la violencia y su legitimación. El mecanismo psicológico sería la interiorización. El estudio de la violencia cultural subraya la forma en que se legitiman el acto de la violencia directa y el hecho de la violencia estructural y, por lo tanto, su transformación en aceptables para la sociedad. Una de las maneras de actuación de la violencia cultural es cambiar el utilitarismo moral, pasando del incorrecto al correcto o al aceptable; un ejemplo podría ser asesinato por la patria, correcto; y en beneficio propio, incorrecto.
Johan Galtung. La violencia: cultural, estructural y directa, pp. 149-150.
Lo vimos muchos millones de personas a través de la transmisión televisiva. En una ceremonia que tuvo un guión de “comedia” muy agresiva, que durante toda la premiación trató de levantar el rating que según los medios especializados ha ido perdiendo la premiación de los Oscar año con año, a costa de meterse y agredir a un buen número de los actores, actrices, directores y demás miembros de la comunidad cinematográfica pero también de sus acompañantes, tuvieran o no relación con la industria.
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Este clima de supuesto humor violento fue subiendo durante el tiempo de la entrega de los distintos premios hasta que llegó a su punto crítico en el momento en que Chris Rock, no improvisando sino según parece siguiendo el guion que marcó la producción de esta ceremonia y leyendo directamente del telemprompter, dirigió una broma inaceptable que buscaba provocar la risa a partir de una condición de salud de la esposa de uno de sus colegas, el actor Will Smith.
Con sorpresa y sin saber si esto era también parte del guión planeado o algo que surgió inesperadamente de la ira de Smith, al escuchar la broma respecto de su esposa, los espectadores que estaban en el auditorio y los que seguíamos la ceremonia por la televisión, vimos al actor que minutos después ganaría el Óscar al mejor actor por su papel como el padre de las hermanas tenistas Venus y Serena Williams, levantarse de su lugar y dirigirse al escenario para aproximarse a Rock y plantarle una fuerte bofetada.
Ha corrido ya mucha tinta sobre este tema, con posturas que van desde la total reprobación a la violencia hasta la defensa de Smith por considerar que hizo lo que “todo hombre” debe hacer “para defender a su dama”. Es probable que ya no sea un tema de actualidad, porque la actualidad en estos tiempos se mide en instantes y uno o dos días son ya parte del pasado que se olvida. Pero tal vez por ser de otra generación o porque considero que la reflexión en frío es más fecunda, dedicaré el espacio de hoy a hablar de este incidente, desde el campo en el que trabajo que es la educación y enfocándolo desde mi tema central de investigación que es la ética en la educación.
Me valgo para este análisis del muy conocido “Triángulo de Galtung” que es referencia casi obligada para quienes trabajan temas de violencia escolar o de violencia en general y que tiene una gran correspondencia con la que Lonergan llama Estructura invariante del bien humano como objeto en construcción.
Como dice Galtung, existe una violencia directa, que es la que ejercen unas personas concretas sobre otras. Esto es lo que Lonergan llamaría el mal particular, en contraposición al bien particular que consiste en este caso de la violencia, en actuar de manera pacífica y constructiva en lugar de agredir a los demás.
Pero también existe en este triángulo un segundo tipo de violencia que es la violencia estructural, aquélla que no es solamente causada por individuos aislados sino la que se produce y reproduce continuamente de forma sistémica por las deficiencias de la organización social o por los intereses de ciertos grupos que buscan perpetuar su dominio sobre otros. Esto es lo que en la estructura de Lonergan correspondería al mal estructural, es decir, a la organización social que está planteada y funciona de tal forma que todos o gran parte de los ciclos de esquemas de recurrencia de las actividades que constituyen las relaciones sociales, se orientan desde intereses y sesgos grupales de manera que en este caso, la violencia se está constantemente alimentando y regenerando.
Finalmente, existe un nivel de violencia cultural, que es el que introduce Galtung en el artículo citado como epígrafe hoy. Como el mismo autor dice, no es que toda una cultura sea violenta sino que existe una violencia en el nivel cultural que se manifiesta en los símbolos y creencias y que hace que las conductas violentas se normalicen o incluso se idealicen. Este nivel es el de la distorsión de la cultura en la estructura lonerganeana, el de un conjunto de significados y valoraciones compartidas por un grupo social que hace que se miren como buenas, ciertas conductas que son destructivas e incluso que se desprecien o se ignoren ciertas acciones que generan el verdadero bien humano.
En el caso que nos ocupa, tenemos un nivel de violencia directa o mal particular en dos actores, que por cierto parece que provienen ambos de familias en las que hubo violencia doméstica: uno que sigue sin chistar y hasta con gusto se apegó a un guion que contiene un chiste ofensivo y violento contra una mujer, y otro hombre que reacciona de forma violenta ante esta broma inaceptable y no se le ocurre otra cosa más que responder con violencia física a la violencia verbal.
Pero en el segundo nivel, tenemos también una industria cinematográfica que tanto en sus contenidos de películas comerciales como ahora en la ceremonia máxima de reconocimiento a sus mejores talentos, usa la violencia de forma estructural para generar ganancias económicas y para buscar una mayor audiencia y visibilidad social y mediática. Se trata de una violencia estructural, que está en la lógica de operación de un sistema de creación, producción y comercialización de contenidos que regeneran continuamente la violencia y que ahora fue llevada incluso a la premiación de los Oscar.
Y finalmente, tenemos una violencia cultural, una distorsión de la cultura en la que el agresor se autojustifica y se autovictimiza, diciendo que su acción violenta fue movida por el amor y una parte de la audiencia que se pone de su lado y compra ese discurso de validación de la violencia, desde el muy antiguo, pero aún vigente símbolo del caballero que lucha con las armas para defender a su dama o el que usa la violencia cuando siente amenazado su honor. Una cultura que acepta sin cuestionar que es gracioso reírse de las condiciones de vulnerabilidad de otras personas y volver a los demás un blanco en el cual descargar la propia violencia a través de acciones no verbales, de discursos o supuesto humor y de agresión física, si el caso -según esta cultura- lo amerita.
Lo que nos dedicamos a la educación tenemos que enfrentar y condenar toda forma de violencia: directa, estructural y cultural, planteando a las nuevas generaciones formas pacíficas de resolver sus conflictos y de organizar la convivencia, desarrollando una reflexión crítica sobre los actos diversos de violencia estructural que se viven en la sociedad cotidianamente y regenerando la cultura para construir formas de intersubjetividad, discursos, símbolos, arte y formas de vivir que asuman la no violencia como sustento de una buena vida humana.
De lo contrario estaremos pasando la estafeta del triángulo de la violencia a las nuevas generaciones, tal como lo mostró un tuit que publicó uno de los hijos de Will Smith unos minutos después de la agresión de su padre a un colega: “Así es como lo hacemos nosotros”. Y tiene razón: así es como hasta hoy seguimos haciéndolo nosotros como sociedad y como humanidad.