Para entender prácticamente cualquier situación en la vida, hay que tomar en consideración el contexto y a las personas involucradas; sus creencias, ideas, personalidad y ambiciones determinan en buena forma el rumbo de las circunstancias, porque explican en gran medida su toma de decisiones.
La invasión de Rusia a Ucrania puede ser explicada desde un contexto histórico y político, porque la supuesta solicitud de "ayuda" que las regiones del Este ucraniano, Donetsk y Luhansk hicieron a Rusia para lograr su independencia, deja muy miope un entendimiento a lo que sucede.
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Sobre todo, cuando es claro que la invasión rusa contempla todo el territorio e incluso ha llegado a Kiev, la capital de Ucrania. Los bombardeos no sólo han sido dirigidos a puntos estratégicos como aeropuertos, instalaciones petroleras y televisoras, sino también a zonas residenciales y edificios de departamentos. El contexto requiere ampliarse para "entender" una guerra de esta escala en pleno siglo XXI, en donde se involucra a una potencia nuclear.
La pieza fundamental para comprender esta locura se llama Vladimir Putin, presidente y dictador ruso, que lleva en los hechos casi 25 años al frente del país. Putin es una persona con delirios de grandeza, que sueña con restituir las glorias de la antigua Rusia de los zares o el poderío y presencia global de la ex Unión Soviética.
Ya como un Presidente todopoderoso, en un evento televisado con una audiencia en vivo de niños y adolescentes, una pequeña de no más de 10 años le preguntó: ¿Qué acontecimiento le ha afectado profundamente su vida? Putin hizo una pausa, su rostro se descompuso y contestó: "trataré de responder a eso seriamente, quizás... quizás fue el colapso de la Unión Soviética”.
No se necesita mucho más para entender lo que hoy motiva a este hombre. Es extremadamente inteligente, sabe manejar a los demás, tiene un autocontrol impresionante frente al público, pero es desmedidamente ambicioso y vengativo.
Vladimir Vladimirovich Putin nació en Leningrado, hoy San Petersburgo. Fue agente de la KGB en Alemania oriental justo cuando cayó el muro de Berlín y terminó abruptamente el régimen soviético. Putin se quedó sin trabajo y regresó a su ciudad, donde rápidamente se volvió la mano derecha del alcalde en funciones.
Al perder éste la reelección, un joven Putin se fue a Moscú y obtuvo trabajo en el Kremlin. Su talento lo hizo escalar hasta llegar a ser el segundo de a bordo del jefe de gabinete del entonces presidente Boris Yeltsin.
Yeltsin había encabezado con gran carisma en 1991 los anhelos y esperanzas de un pueblo que se encontraba totalmente confundido tras la caída del sistema comunista. Dejaron de recibir del Estado todo lo que requerían para su subsistencia, y debían comprender a la brevedad las reglas del mercado abierto y el capitalismo.
La nueva Federación Rusa en breve se convirtió en un caos total. Pobreza, desempleo y violencia.
Ante dicho escenario, sumado a un Boris Yeltsin que comenzó a debilitarse políticamente, alcohólico y con una popularidad del 3 por ciento, un grupo de personas comenzaron a hacerse de las empresas y sectores del Estado más relevantes: petróleo, comunicaciones, minas, gas y aerolíneas.
Toda empresa antes manejada por el Estado pasó a manos de muy pocas personas, dando nacimiento a los oligarcas rusos con un poder económico nunca antes visto. Yeltsin les dio las llaves del reino a cambio de rescatar a una caótica Rusia, que no podía ni pagar los sueldos de los empleados gubernamentales. El poder pasó del Estado y del Presidente a manos de los oligarcas, en un país con una tremenda tradición de estructuras de poder.
Vladimir Gusinsky, Boris Berezovski, Mikhail Khodorkovsky, Leonid Nevzlin, Vladimir Potanin, Alexander Smolensky y Vinogradov, se convirtieron en los principales beneficiarios de la "privatización" y en los nuevos dueños del país.
Obviamente en un país con leyes incipientes, desordenado y corrupto, estos oligarcas lograron la reelección del presidente Yeltsin a pesar de que Rusia se caía a pedazos, gracias al acuerdo denominado "préstamos por acciones”. Con este acuerdo, los nacientes oligarcas terminaron de apropiarse a precios de regalo, de prácticamente toda actividad productiva antes controlada por el Estado.
En ese momento de debilidad colectiva y de vergüenza nacional, con un líder débil y manipulado por un puñado de billonarios, surgió la figura de un Vladimir Putin que sin ser nadie, pasó a ser nombrado Primer Ministro y con el apoyo de los mismos poderosos que controlaban el país, se convirtió en Presidente de la Federación Rusa ante la renuncia de Boris Yeltsin. El resto es historia.
Putin desde entonces en realidad nunca ha abandonado el poder, aunque por un periodo, dejó el espacio de la presidencia a Dimitri Medvedev.
Desde que tomó el poder, Putin encarceló o persiguió a todos los antiguos oligarcas que lo apoyaron. Si bien la mayoría o todos eran y son unos criminales de cuello blanco, Putin decidió que el poder no se comparte y regresó al Kremlin esta práctica ancestral de los antiguos zares rusos. Y así se ha comportado a lo largo de su presidencia, como un zar, pero con el dedo en un botón que activa un arsenal nuclear.
El conflicto de Ucrania nada tiene que ver con la anexión de este país a la OTAN (lo único razonable en los argumentos de Putin es que cada vez más misiles de Occidente se asientan cerca de Rusia), ni con los gasoductos que cruzan su territorio, menos con los deseos independentistas de un par de regiones que se sumarían a la consumada anexión de la península de Crimea con su salida al mar.
Nada de esto justifica la invasión de Putin a Ucrania.
Rusia no está invadiendo otro país soberano, es Putin quien lo hace. Es su delirio de poder y su visión de restablecer la magnificencia de la Rusia de los zares o el poderío de la ex Unión Soviética lo que lo motiva.
Rusia no puede ser detenida. El intentarlo por vías bélicas implicaría una catástrofe global. Las sanciones económicas que se han visto en días recientes sumadas al desprecio global, que van desde la cancelación de operaciones bancarias Swift, hasta la expulsión de Rusia del Mundial de Qatar, sí generarán presión interna a Putin por parte de los ciudadanos rusos. Pero cuando se vive en una dictadura poco importa la opinión de los ciudadanos, su miedo es mayor a su determinación.
Mientras tanto Rusia está aliado con China y con ello puede subsanar casi cualquier sanción comercial que el resto del mundo le imponga.
Contexto y personas, elementos necesarios para comprender toda situación; hoy la guerra en Ucrania.
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