Badiou, San Pablo y Carpentier haciendo topología (III)
¿Dormitaba Pablo en el frijol mexicano que separó a los apóstoles del surrealismo? Carpentier escribe: “Pero es que muchos se olvidan, con disfraces de magos a poco costo, que lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad (el milagro) de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de la ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de ‘estado límite”.
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En el mundo realmente existente ¿hay solamente frijoles y gusanos, como temía Breton? ¿O es que lo maravilloso es lo que sobrepasa el mundo desde fuera de éste, fuera del saber, fuera del ser, en el capullo impenetrable de lo imposible? Carpentier también habla del milagro. Y porque debemos a él el vínculo entre América, lo real y lo maravilloso, nos sentimos arrastrados a condecorarlo con la invención del realismo mágico. Y entonces sí, como anillo al dedo para los surrealistas: en América la magia es realidad, los frijoles saltan, las calaveras bailan y los bigotes (pero también, qué exotismo, las faldas, bien armadas con carrilleras) hacen revoluciones. ¡Pero no! Aquí están invertidos los términos. No, no es la magia la que flota en América como polvito de hadas.
Por el contrario, lo maravilloso es la realidad misma, no su otro. Carpentier y Caillois, uno en la vida social y el otro en la ciencia, creían que lo maravilloso pertenece al reino de este mundo, quizá porque lo divino está en lo incalculable de los encuentros mundanos y solamente mundanos. Llamemos entonces acontecimiento no a la visita del espíritu santo, sino a un encuentro cualquiera, absolutamente mundano, que desata cambios en el mundo. Cosa que sucede por la única razón de que el mundo no es, como asumen los fieles del acontecimiento, un sitio de caída, una coagulación, un olvido del ser, la diferencia o la potencia. Que el mundo sea visto como carente de fuerzas propias, desprovisto de verdad, y con él, todos nosotros, hasta la más ínfima de sus criaturas, es lo que nos fuerza a mirar a un nuevo más allá, tan extravagante como el más allá religioso que la filosofía quiso destruir con hoz y martillo.
No importa si tachamos el nombre de Dios. Hagámoslo: Dios. O si dejamos de leer los libros sagrados. Tampoco importa todo lo que señalemos como carente de verdad, monótono o inauténtico: la ciencia, la costumbre, la religión, los medios, la vida promedio, la masa. A final de cuentas se trata de una versión más de la caída, de la que no se sale sin milagros y sin alguna gracia trascendente. Pero, ¿no consiste la maravilla del mundo en que éste se fragüe desde sí mismo, sin por ello ser calculable y sujeto de dominio? ¿No consiste su “inmanencia” en constante “autotrascendencia”? ¿Y no dormitan las potencias entre las cosas y no más allá de ellas, es decir, en sus intervalos, intersticios y distancias, en vez de en los milagros, en lo absolutamente otro, en el afuera y el agujero? ¿No es lo más divino el hecho de que existan los otros, con minúscula? ¿Y no es su deseo, por ejemplo, en cuanto inerme al mío, algo que debo reconocer como algo real también para mí?
Más que la milagrosa y radical alteridad, ¿no deberíamos atender a otra posibilidad, como la azarosa, pero también cultivada escucha de los otros a través de innumerables y pequeños grandes encuentros, de donde se siguen alianzas, lazos, aleaciones? Una amistad, un amor, un pacto, pero siempre gracias a una disposición esencial que exige salir, no al gran afuera, sino tan sólo fuera de la casa, a la calle de enfrente. O, más que jugar con el adentro y el afuera, lo normal y lo excepcional: habría que atender a lo que se produce en el gozne palpando de nuevo las riquezas de la realidad. Para dar una imagen filosófico-matemática, porque no olvidamos ni a los Deleuzes ni a los Badious y lo que nos han enseñado, hablaremos aquí de los puntos-frontera en un espacio topológico, en vez de elementos exteriores a un conjunto llamado “mundo”, al cual se le adscribe una dudosa esterilidad. Los puntos-frontera no están dentro, no está afuera. Está en el borde. Pero un punto topológico es solamente el “centro” de una región, que en topología se llama entorno.
Pensemos que aquello que nos atrapa de un cuadro o de una foto, como dice Barthes, es un “punctum”, entendido como una pequeña región, que es más amplia que un punto y más pequeña que la totalidad de lo presentado. Eugenio Trías nos regala una frase extraordinaria en Los límites del mundo, que nos permite entender la idea de entorno llamándola “ámbito”: “El concepto de ámbito es el más radical y originario de todos los conceptos filosóficos. La filosofía es, radicalmente pensada, topología trascendental radical.” En la definición de un espacio topológico son determinantes los conjuntos abiertos (puntos con entornos que no contienen su propia frontera) que lo pueden cubrir. Apelamos al espacio porque siempre estamos en alguna situación, situados en el mundo. Existir es encontrarse en algún tiempo y espacio, sólo que, como en topología, las variables se vuelven ricas y sutiles. Para explicar la figura que aquí ofrecemos: “y” representa un punto de frontera, mientras que “x” representa un punto meramente interior.
Lo central consistiría entonces en reconocer que no somos puntos, ni elementos, sino entornos; es decir, espacio, extensión dentro de otras extensiones interconectadas que llamamos “mundo”. Somos espacio entre espacios. Así pues, un punto-frontera es aquel cuyo entorno contiene elementos interiores y exteriores (y de otros espacios, posiblemente). Quedémonos con este pequeño pensamiento: espacios (conjuntos abiertos) que prosperan en el borde de otros espacios topológicos y que hacen rico el mundo porque lo ensanchan, haciendo que éste se toque de maneras nuevas. El frijol saltarín describía con su salto un entorno, el cual incluía puntos que pertenecían a la magia y a la ciencia, a la cotidianeidad y al exotismo; al campo Breton y al campo Caillois. Sin duda los separó personalmente, pero al romper su unión, ese frijol mostraba su fuerza para expandir el ámbito de la ciencia, de los sueños y de la revolución.