Con mi solidaridad con el Mtro. Rodolfo Ruiz y todo el equipo de E-Consulta
Mientras que la palabra genera afinidad intelectual o sentimental, el silencio genera algo más profundo. “Si introdujéramos media hora de silencio en el Parlamento o en el Senado (o en la escuela) nuestras relaciones serían menos violentas”.
Pablo D´Ors. Todo mundo quiere decir lo suyo y nadie escucha. Nota de María Allouti en El Cultural.
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"Todo el mundo quiere decir lo suyo y nadie escucha", es el título de la nota periodística sobre la reedición del libro Biografía del silencio de Pablo D´Ors de la que tomo el epígrafe del artículo de hoy.
Creo que esta afirmación describe muy bien el mundo ególatra en el que nos ha tocado vivir en este inicio del siglo veintiuno y estoy convencido de que este querer decir e imponer “lo nuestro”, llevado a nivel de la política internacional es lo que nos tiene ahora en el inicio de una guerra muy preocupante a partir del bombardeo y la invasión de Ucrania por parte del ejército ruso.
Porque hoy todo el mundo habla y es raro el que escucha. Hemos llegado al extremo de que en nuestro país y en muchas otras partes del mundo se piensa que gobernar es hablar, es decir lo propio de cada líder o partido y crear una narrativa que se vaya volviendo hegemónica y haga difuminarse o incluso desaparecer cualquier otra narrativa distinta a la oficial, ya sea por la fuerza del convencimiento a través de la buena oratoria y el carisma o por el insulto, la descalificación y hasta el encarcelamiento o la desaparición física de los adversarios.
Nuestros niños están creciendo en este ambiente en el que todos hablan pero nadie escucha, es decir, en un ambiente en el que el diálogo inteligente, razonable y responsable ha sido sustituido por la estridencia, la victimización, la violencia verbal y otras estrategias de imposición del propio discurso sobre el de los demás.
Si analizamos la escuela, podemos darnos cuenta que no es de hoy, sino de hace mucho tiempo, desde el auge de la educación tradicionalista -que no tradicional o clásica porque en ella sí que había diálogo, discusión y debate de ideas- este reinado del “decir lo suyo” por parte de los profesores que no se abren a escuchar a los estudiantes ni promueven el verdadero diálogo en el aula porque lo que más disfrutan.y desean es escucharse a sí mismos y auto-maravillarse por las brillantes ideas que tienen respecto a todos los temas de la asignatura que imparten y de prácticamente todo lo demás.
Esta tendencia ha sido reforzada por un mundo marcado por la competencia individual y la lucha por destacar y lograr la fama, el prestigio, “el éxito” -así, entre comillas- por encima de los demás y a pesar de que hace décadas que se plantea la centralidad del diálogo para lograr aprendizajes significativos. En el aula sigue prevaleciendo la visión de transmisión unidireccional de información, cada vez más cuantiosa y más rápidamente abordada para que dé tiempo de “terminar el programa”, como decía la semana pasada en este espacio al hablar de la necesidad de una educación lenta.
La semana pasada tuve el honor y el gusto de participar con la conferencia de cierre en el Quinto Encuentro Docente de la Red Juntos por Michoacán. El tema que me solicitaron fue precisamente el de la escucha y la colaboración en la nueva realidad educativa que está viviendo el mundo a partir de la pandemia que parece no terminar nunca.
Con ocasión de la preparación de esta conferencia es que me encontré con estas palabras de Pablo D´Ors, experto en meditación que plantean esta necesidad de hablar y esta incapacidad de escuchar que dominan hoy los escenarios de la vida humana.
Tuve también el gusto de revisitar algunos elementos relacionados con la escucha y la comunicación humana que plantean otros autores como Carl Rogers, Bernard Lonergan y Edgar Morin, tres de los autores que he estudiado más desde que incursioné hace ya casi cuarenta años en el campo de la educación.
Esta revisión me sirvió para darme cuenta de la actualidad de los planteamientos de estos autores -uno psicólogo de la educación, otro filósofo, teólogo y economista y el tercero pensador transdisciplinario- y del bien que nos haría tenerlos presentes en nuestras prácticas educativas actuales.
La aceptación incondicional de la persona, del educando que plantea Rogers como punto de partida para una educación realmente significativa, la empatía necesaria para acercarnos a los estudiantes situándonos en su propia experiencia y visión del mundo, el respeto activo hacia todas las personas que hay que ejercitar cotidianamente, la necesidad de evitar el juicio sobre los sentimientos propios y de los educandos para poder explicitarlos con libertad, asumirlos con inteligencia y canalizarlos con responsabilidad para que contribuyan a la construcción de un proyecto de vida que parta del reconocimiento de lo que nos dice nuestro propio organismo.
La necesidad de promover las dos comprensiones de las que ya he hablado aquí en algunas ocasiones, según plantea Morin: la comprensión objetiva de los conocimientos básicos de cada una de las asignaturas del plan de estudios y la no menos importante comprensión intersubjetiva que nos lleve a entender al otro, a no etiquetarlo ni reducirlo ni siquiera a sus propios errores o crímenes (en las escuelas tendemos mucho a reducir al educando a una de sus características: el estudioso, el indisciplinado, el sociable o popular, el agresivo, etc.).
La primera comprensión es esencial para trascender la infodemia de los planes de estudio sobre cargados de contenidos y la avalancha de información de las redes y el internet para desarrollar la inteligencia y la criticidad indispensables para una vida humana. La segunda comprensión es urgente para poder convivir de manera armónica y pacífica para promover valores democráticos y para aprender a resolver los conflictos a través del diálogo y no de la violencia.
El amor al estudiante que se traduce en conocer y comprender las preguntas que mueven su vida, según plantea Melchin, un experto en la ética lonerganeana. El que ama a otra persona es el que es capaz de aproximarse y vibrar con esas preguntas centrales que constituyen su deseo de vivir humanamente, de sintonizar con su experiencia profunda, de mostrar un genuino interés por su búsqueda existencial.
Por su parte D´Ors plantea como estrategias para la escucha el hablar bajo para que el otro se acerque, el saber estar con uno mismo y con los demás con plena atención, el contener nuestras ganas de hablar e intentar escuchar en serio lo que el otro nos dice. Esto implica luchar contra el afán intervencionista -que creo yo que es muy propio de nosotros los educadores- que pretende controlar y dirigir las decisiones de vida de los demás, en nuestro caso, de los estudiantes.
Junto al pensamiento y la acción -que son al menos en teoría, elementos centrales en la vida escolar- hay que introducir la contemplación y la pasión -dejar que la realidad nos toque, porque el mundo está en primer lugar para ser recibido y luego para ser transformado- y luchar contra el miedo al disfrute que parece en ocasiones ser sinónimo de una mala educación: si se disfruta no se aprende, la otra cara de la moneda del viejo lema de “la letra con sangre entra”.
Hablar despacio dejando pausas para que el otro entienda, procese, pregunte, reaccione y nos diga su palabra y hacer espacio al silencio, porque a veces, también en el aula, lo más interesante son los silencios y no las palabras dice el escritor catalán.
En una sociedad del ruido, en una escuela de la repetición y la prisa nos haría mucho bien entender que es importante la palabra que genera afinidad intelectual o afectiva, pero que el silencio genera algo más profundo que hay que cultivar también en la escuela. Tal vez si introducimos un tiempo de silencio -como dice el maestro en meditación en el Parlamento o en el Senado (o en la presidencia), pero también en el aula y en la escuela- podemos construir relaciones menos violentas y trascender este mundo en el que todos hablan y nadie escucha.