Lirio “N” y Jenny “N”, las llamo así, como si fueran presuntas responsables de un delito y no quisiera afectar su identidad. Todo lo contrario. Mi intención es hacer un reconocimiento a la vida o a sus vidas. Vidas que en realidad desconozco y de las cuáles puedo decir poco. Solo quiero aprovechar este espacio.
Lirio “N” y Jenny “N” fueron compañeras de trabajo en la IBERO Puebla. Complicado calificar a ambas como amigas. Como ellas seguramente hay muchos casos más. Si te animas a leer, sabrás y podrás identificar los casos que estuvieron cerca de ti.
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Llega la pandemia y todos nos vamos al confinamiento. Mis compañeros de trabajo quedaron atrás. Me olvidé. Las personas que veía de lunes a viernes y saludaba de vez en vez, quedaron en el olvido. Después de quince meses, el regreso al campus es progresivo. Una asistencia esporádica e intermitente para incorporarnos a la interacción humana. Bajo estas circunstancias, poco a poco vas, escuchas las diferentes historias de quién se contagió de COVID, quién se enfermó más o menos grave, quién llegó al hospital o quién murió. Así sucedió con Lirio y Jenny, aunque no mueren por la misma causa.
De Lirio “N” me entero por los participativos comunicados oficiales de condolencias en la universidad. Lirio muere de COVID. Nunca quiso vacunarse. Con Jenny “N” la sorpresa fue diferente. No hubo comunicado, no hubo anuncio. El típico “radio pasillo” me hace saber que muere de cáncer el 24 de diciembre anterior. La sorpresa fue mayúscula.
Dos vidas quedaron atrás, casi en el olvido, pero eso quiero evitar; por ello mi interés en este homenaje.
De Lirio “N” digo que la conocí un poco. Sé de la familia que deja: su hija, que estudia en la universidad, y una hermana. Nada supe del esposo, del que se divorció años atrás. Algo me enteré de su madre que muere tristemente; tristeza que me parece siempre acompañó a Lirio. Tristeza que se convirtió en enfermedad crónica y se reflejó en lo emocional, lo físico y lo psicológico.
Al final de su vida, Lirio “N” tenía un turno vespertino en biblioteca. Nunca estuvo contenta con el horario que le imponen. Llegaba al medio día y se le veía entrar cargada de bolsas y sus alimentos. Ya instalada en su puesto, era como una estatua rígida con movimiento ocular. Mi conversación con ella se quedaba en el saludo o en la reiterada plática sobre su hija y hermana que vive en Alemania. Era un encuentro ocasional mientras Lirio ingería sus alimentos en la covacha donde comen los empleados de biblioteca.
Me pregunto si tener datos como estos es conocer a las personas, su historia, sus vidas. Tantos datos para hacer tantas suposiciones. Supe de su enfermedad y su deterioro físico. Quienes tuvimos la oportunidad de ver a Lirio atrás del mostrador de préstamo de libros en biblioteca, podíamos suponer que algo no estaba bien. Quienes convivimos con ella desde que estudió su licenciatura, hace casi veinte años, fuimos testigos de ese deterioro y hacíamos suposiciones. Nunca me atreví a hablar con ella de su enfermedad. ¿Qué clase de compañero fui para ellas?
Jenny “N” era personal de mantenimiento, de limpieza asignada a biblioteca. Era fácil conversar con ella. Con frecuencia le pedía abrir mi oficina cuando olvidaba mis llaves. Su sonrisa desenfadada arrastraba a la broma. Así que bromeando le puse de sobrenombre “Doña Genio”, haciendo alusión a Jeannie, el personaje principal de aquella vieja serie de la segunda mitad de los sesenta, conocida en México como “Mi bella genio”. Tuve que preguntarle si conoció el programa. Jenny “N” tenía 42 años al morir.
Jenny se desenvolvía diferente a sus compañeras del área de limpieza. Cuando platicaba de su esposo y su hijo, de lo que ellos hacían, de los intereses universitarios de este último, se le veía feliz. Siempre platicó de ellos con alegría. Esto dije a su esposo cuando le di el pésame. Jenny murió el día de Navidad del 2021. No hay peores ni mejores fechas para morir, todas son iguales.
Lirio “N” muere debido a complicaciones causadas por el COVID y Jenny “N” a causa de un cáncer galopante. La pandemia, el confinamiento y el trabajo desde casa nos llevó a omitir la existencia de personas que hacen parte de nuestra vida. Cuando regresamos al trabajo “normal” tomamos cuenta de la realidad. Hacemos un acto de reflexión o un recuento de los daños que el encierro deja.
Asumimos que la vida sigue ahí. Que dos años confinados en casa ponen en un impasse a la vida. Que lo visto por la ventana mientras trabajamos en la computadora, es una película que se rebobina cuando se nos da la gana. Pero no, la vida sigue y se van vidas que son parte de la nuestra.
Nosotros seguimos viviendo, pero no con la misma vida, alguien se fue.
El autor es académico de la Universidad Iberoamericana Puebla.
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