Por fin tenemos en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP un día de regreso a clases presenciales: el 14 de febrero.
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Estuve revisando la información sobre el comportamiento de la pandemia en el estado de Puebla y el 31 de enero aparece como el inicio de un descenso en los contagios con una pendiente tan pronunciada como la del ascenso. Esta es la tendencia y no hay por qué pensar que no se sostenga así, ahora que el 65 por ciento de la población en México tiene al menos una dosis y el 60 por ciento, el esquema completo de vacunación.
Parece que el regreso es voluntario para docentes y estudiantes, pues se adopta el sistema híbrido. Una servidora, por ejemplo, dictará sus cursos de manera presencial con los estudiantes que deseen asistir y los que tomen el curso de manera virtual estarán conectados desde donde se encuentren.
Lo que no sé es en dónde entra la comisión de vigilancia y bioseguridad, pues al igual que todos nosotros, tienen clases que atender, trabajo que desempeñar. Lo que sí les puedo asegurar es que han aceptado realizar un trabajo policíaco. Quizá lo han aceptado de buena fe, pero si van a hacer “rondines” y a vigilar que las personas no se comuniquen o no se queden en las instalaciones de la universidad el tiempo que quieran, se verán llevados a coartar los derechos fundamentales de cada uno de nosotros. Y, sinceramente, no creo que ése sea el papel que nuestras compañeras y compañeros designados quieran desempeñar.
Lo que sí es un hecho es que regresamos a clases presenciales gracias a la presión ejercida por los estudiantes. Es obvio que la enseñanza virtual no les ha dado lo que esperaban: ni el dictado regular de las clases, ni la retroalimentación propia del intercambio hablado y espontáneo con sus compañeras, compañeros, profesoras y profesores, ni la evaluación adecuada y justa de su desempeño académico, ni el tiempo suficiente para asimilar el contenido del curso.
Por otra parte, la enseñanza virtual sólo atendió la parte más individualizadora de la educación, pues por razones obvias clausuró toda posibilidad de construir y constituir una comunidad caracterizada por una forma de vida que empieza por establecer lazos sociales y afectivos con aquellos con quienes convivimos.
Por otra parte, no es cierto que puedas llevar tu lugar de trabajo a tu casa. Como dijo la doctora Raquel Gutiérrez Aguilar en una entrevista: “la pandemia hizo que el trabajo irrumpiera en nuestras casas”. Ya no había una distribución espacial de tu tiempo. Se perdió la “sana distancia” entre las tareas caseras y las propias de la docencia y de la investigación. Hemos vivido un constante “reality show” en el que cada uno de nosotros ha tenido que sacrificar su derecho a la privacidad.
Ya se han introducido en la Ley Federal del Trabajo algunas normas que regulan el teletrabajo; sin embargo, el mayor peligro para nosotros los trabajadores de la educación es que ahora se profundicen las prácticas que hacen de nuestro trabajo un trabajo “a destajo”. Ahora es cuando más necesitamos de una organización sindical fuerte e independiente, que corrija el rumbo de las relaciones de supeditación que hasta ahora han prevalecido respecto a la administración central.
Habrá que experimentar este regreso a clases presenciales bajo las condiciones estipuladas por la administración central. Creen que podrán contar con la complicidad de las comisiones de vigilancia y bioseguridad para “controlar” a los universitarios e impedir que se desenvuelvan libremente, so pena de ser “delatados”. Pero esta administración está yendo “a contracorriente”. Ya toda la población está resintiendo la paralización de las actividades esenciales y no esenciales, la escasez de bienes y la inflación generalizada.
Además, ¿cómo justificar que otras instituciones de educación superior públicas y privadas regresen a clases presenciales, de manera plena muchas de ellas, y nosotros no? Tendrán que buscar otro pretexto porque éste ya se les acabó.
Lo que sí debe esperar esta administración es que los universitarios busquen resolver los problemas que han sido convenientemente pospuestos, por ejemplo, todos los que salieron a colación con motivo del paro estudiantil del 25 de febrero de 2020. El hecho de que los estudiantes se vieran obligados por la pandemia a levantar el paro no significa que sus demandas hayan sido atendidas ni mucho menos.
¿No les parece a ustedes de la mayor importancia retomar la vida universitaria en toda su extensión y con toda su fuerza?