Logo e-consulta

Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Morir de frío, morir de indiferencia

Es urgente pasar del paradigma de la escuela eficaz al paradigma de la escuela solidaria

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Enero 31, 2022

 

“Antes de dar lecciones y acusar a quien sea”, dijo, “hay que responder a una pregunta que me incomoda: ¿estoy seguro al 100%, que si me viese confrontado a esta escena, un hombre en el suelo, me habría detenido? ¿Nunca me habría apartado de un sin techo que veo acostado ante una puerta? No poder estar seguro al 100% es un dolor que me persigue. Pero tenemos prisa, tenemos prisa, tenemos nuestras vidas, y apartamos la mirada”.
Michel Mompontet

El fotógrafo René Robert muere congelado en las calles de París tras una caída, por Marc Bassets. El País.  27 de enero de 2022.

Más artículos del autor

El jueves de la semana pasada circuló en las secciones de Cultura de algunos diarios internacionales y se difundió por las redes sociales, una noticia que me dejó muy consternado y me generó un proceso de inquietud y tristeza mezcladas con cuestionamientos personales y una reflexión que intentaré compartir aquí con mis cinco lectores habituales.

La noticia reportada fue la de la muerte del fotógrafo suizo René Robert, hasta ese momento desconocido para mí, pero que según las notas fue un artista de la lente  bastante  reconocido sobre todo por retratar a las grandes estrellas del flamenco contemporáneo. Pero no fue la muerte en sí de un gran artista de nuestro tiempo la que me cimbró, sino la forma en que ocurrió este deceso.

El miércoles 19 de enero por la noche, Robert salió a dar un paseo nocturno que al parecer era habitual dentro de su vida cotidiana, por las calles del barrio parisiense en el que vivía. No se sabe por qué causa -tal vez un desmayo o un tropiezo- el fotógrafo cayó al suelo y quedó ahí tirado, inconsciente, según dice la nota de donde tomo el epígrafe de hoy, “Ante el número 89 de la calle de Turbigo…entre una tienda de vinos y una óptica…”

Sin poder levantarse y en un sitio bastante concurrido, ante la mirada indiferente de muchos parisienses que pasaron por ahí al salir de trabajar y caminar hacia sus casas o en el ir y venir entre cafés y restaurantes de la zona. Así permaneció, completamente solo y sin que nadie se acercara a ayudarlo o reportara el caso a los servicios de emergencia de la Ciudad Luz, hasta las seis de la mañana del jueves 20 que alguien se detuvo a mirarlo y llamó a los bomberos.

Pero esta llamada de auxilio fue demasiado tardía. Habían pasado nueve horas en las que René Robert permaneció tirado en la banqueta y cuando llegó la ambulancia y lo llevó al servicio de urgencias del hospital más cercano, fue imposible reanimarlo. “La causa de la muerte fue una “hipotermia severa”, según los bomberos. Es decir, murió de frío” dice la nota periodística.

Como afirma el periodista que escribió la noticia del fallecimiento del fotógrafo, “el retratista de Camarón de la Isla y Paco de Lucía, entre otros…” pudo ser “…una estadística, uno más de los 500 que cada año mueren en las calles de las ciudades de Francia…” salvo por el hecho de que Robert no era un “sin techo” como muchos de los que mueren en circunstancias semejantes, no sólo en París sino en cualquier gran ciudad del planeta; y en segundo lugar, porque era un artista con una trayectoria y reconocimiento internacional y gracias a esto, tenía amigos con la capacidad de dar a conocer las circunstancias en las que murió.

Es precisamente uno de sus amigos, el periodista Michel Mompontet quien declara lo que cito en el epígrafe de este artículo. Creo que es muy necesario analizar sus palabras, porque nos hacen pensar -al menos a mí me dejaron pensando mucho- sobre el tipo de sociedad en que vivimos hoy y la deshumanización que impera en ella.

Como bien afirma el periodista, lo más sencillo sería acusar a “la gente” en abstracto, “a los demás” lejos de nosotros y decir que es terrible que ninguno se haya detenido ante el artista tumbado en la acera para indagar lo que le ocurría y prestarle ayuda. Pero estamos, al menos yo estoy muy lejos, de ser el que puede tirar la primera piedra por estar libre de culpa según la muy conocida cita evangélica.

Porque antes de acusar a los demás tendríamos que preguntarnos lo que propone Mompontet: ¿Estoy seguro al 100% de que, si estuviera en la misma situación de encontrar a un hombre en el suelo, me habría detenido a ayudarlo? ¿Nunca me he apartado de un “sin techo” que he visto acostado en la banqueta en alguna calle de mi propia ciudad o de alguna ciudad que he visitado?

Hago mía la respuesta del amigo de Robert, el fotógrafo fallecido: no poder asegurar contundentemente que yo habría actuado diferente y ayudado al hombre tirado en la banqueta, “es un dolor que me persigue” y creo que me perseguirá por mucho tiempo cuando recuerdo que he estado en situaciones similares y he seguido mi camino, indiferente o a lo más, con un pequeño sentimiento entre lamento, dolor y culpa por no detenerme.

Porque yo también vivo en una de estas ciudades, en una sociedad como la que dejó morir a Robert pudiendo hacer algo para salvarlo. Yo también experimento la prisa, la enorme prisa que caracteriza esta vida “moderna” y de la misma manera, yo también “tengo mi vida” y también he apartado la mirada y al igual que todos esos parisinos que cruzaron por el número 89 de la calle Turbigo, he seguido de largo sin apoyar al que me necesita.

René Robert murió de frío, pero creo que más bien murió de indiferencia. De esa indiferencia que hoy maquillamos como respeto a la vida de los demás, como no intromisión en los asuntos que no nos competen porque no forman parte de nuestra vida personal y familiar tan saturada de actividades, tan capturada por la prisa, tan colonizada por el egoísmo que se nos vende como la finalidad de la vida: lograr cumplir nuestros sueños a costa de lo que sea, deshacernos de cualquier situación o persona que se interponga entre nosotros y nuestros proyectos y aspiraciones.

En esta visión individualista y egocéntrica estamos educando a los niños, adolescentes y jóvenes, cada vez más ocupados en competir frenéticamente por cumplir sus metas y cada vez más despreocupados de lo que pueda estar sintiendo o padeciendo la gente que está a nuestro alrededor.

Más allá de las asignaturas de formación cívica y ética, de la supuesta enseñanza de valores en la casa y en la escuela, la educación que están recibiendo los futuros ciudadanos de este país está impregnada de esta mirada de una ética utilitarista, individualista y de interés inmediato, carente de todo sustento antropológico y filosófico serio.

Reflexionando sobre esta noticia y la muerte causada por el frío y la indiferencia de René Robert, recordé la conferencia del Dr. Philipe Meirieu que inauguró el reciente XVI Congreso Nacional de Investigación Educativa y que he estado trabajando un poco y compartiendo con algunos colectivos de docentes que me han invitado recientemente a hablar de la nueva escuela y el nuevo profesorado que necesitamos ante las realidades inéditas que enfrenta el mundo de hoy, que se han visto amplificadas por la pandemia, todavía sin fin que está golpeando al mundo.

El punto central de esta conferencia de Meirieu fue la propuesta urgente de pasar del paradigma de la escuela eficaz que hoy domina al mundo, al menos como aspiración y orientación de los esfuerzos educativos, al parafirma de la escuela solidaria, que es la que requiere la humanidad para lograr construir sociedades auténticamente humanas y democráticas.

Cuando caracteriza el tipo de niño que se forma en la escuela eficaz de nuestros tiempos, el pedagogo francés habla de “una élite de infantes altamente eficaces y satisfechos con ellos mismos para una sociedad en la que dominan el individualismo social y la competitividad liberal”.

Creo que esta descripción es perfectamente compatible con el comportamiento de los parisinos que pasaron frente a Robert sin inmutarse ni buscar apoyarlo y de todos los ciudadanos que en todas las ciudades del mundo seguimos matando personas de frío y de indiferencia.

Me parece que la urgencia del paradigma de la escuela solidaria se hace más presente cada día, frente a noticias como las de este conocido fotógrafo y la de tantas personas desconocidas que siguen esperando a alguien que les ayude a sobrevivir e idealmente, también a vivir humanamente.

Por cierto, la nota termina diciendo que después de muchos días de búsqueda, los amigos de René Robert encontraron a la persona que se detuvo a ayudarlo y llamó a los bomberos. Era una persona “sin techo” que no quiso que su nombre se diera a conocer. Creo que hay mucho que aprender de la solidaridad de los más pobres y vulnerables, para ser más humanos y educar en humanidad a nuestras nuevas generaciones.                      

 

           

 

 

Vistas: 974
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs