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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Eduardo Rivera: luces y sombras

El gobierno de la capital de Puebla cumple sus primeros cien días en medio de claroscuros

Ociel Mora

Es vicepresidente de Perspectivas Interdisciplinarias, A. C. (www.pired.org), organización civil con trabajo académico y de desarrollo económico de grupos vulnerables; y promotora de acciones vinculadas con la cultura comunitaria indígena y popular. Su línea de interés es la Huasteca y la Sierra Norte de Puebla.

Miércoles, Enero 19, 2022

 

El gobierno de la capital cumple sus primeros cien días de ejercicio con Eduardo Rivera Pérez a la cabeza. Ese periodo de poco más de tres meses (la doceava parte de la gestión) se caracteriza por luces y sombras.

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Tal vez más luces que sombras, en lo tocante a la acción; que no respecto de sus adversarios. Observables hacia dentro del gobierno y hacia afuera. En la administración y en la política-política.

Despunta en primer lugar la relación mesurada con el Poder Ejecutivo estatal. Fundada en la institucionalidad y el respeto de las competencias de cada cual. Sin colaboración entre Gobernador y Presidente no hay gobernabilidad ni desarrollo. Ya lo vimos y padecimos.

Rivera ha hecho algo inédito en la política poblana. Ha despartidizado su administración y sus acciones de políticas públicas. No vemos al alcalde haciendo inauguraciones y arengando a favor de Acción Nacional. No hay engorda de clientelas. Vemos un gobernante de todos los poblanos del municipio. Hayan o no votado por él. La democracia es el principio de mayoría fundado en el respeto irrestricto a las minorías. En momentos de divisiones planeadas es un gesto que se agradece.

Tampoco vemos a un Eduardo Rivera fustigando a la oposición y a sus representantes. Sean los que sean y del grado que sean. No usa de bandera a su predecesora. Tampoco ha caído en la estridencia de predicar contra el pasado: ocultar el presente, y apuntalarse en un eventual futuro.

Y no obstante lo que muchos temían. No ha hecho de los valores conservadores de la familia panista, los ejes de su discurso y acción. Ha mostrado tolerancia y respeto sobre aquellos temas de grandes enconos sociales, como aborto y matrimonio igualitario.

Al final del día, me parece que incluso muchas personalidades de la izquierda histórica (la llamada democracia liberal, la que ha hecho los grandes cambios) se muestran satisfechas con la nueva administración capitalina. Esa izquierda, hay que decirlo, es el mayor patrimonio de la democracia poblana.

Sin embargo, las sombras acechan desde casa. En el entender de tirios y troyanos, es una cuestión de puertas adentro.

La relación con su partido es una relación sin reposo, a ratos a machetazos. Frugal con las fuerzas políticas aliadas. Morena como oposición se desvaneció moral y políticamente durante los primeros escarceos en el cabildo.

La elección de una nueva dirigencia estatal es el parteaguas. La señora Huerta representa(ba) el control del partido por el morenovallismo. El enemigo declarado del alcalde.

La nueva dirigencia no es abiertamente partidaria de Rivera (las lealtades en política son una quimera); tampoco es la enemiga jurada de antaño. Así que serán compañeros obligados de viaje. Sin embargo, la amenaza, el núcleo duro, en el hipotético caso de haberla (no lo sé de cierto), se mantiene acechante en los suburbios del PAN.

El morenovallismo no se ha ido. Se mantienen agazapado, regado estratégicamente por todos lados, envuelto en identidades simuladas, al acecho, a la espera de una señal. Su argumento oculto es que “si quiere ser gobernador”, tiene que negociar.

Por lo demás, el morenovallismo es amenaza de perredización. Acción Nacional como arena de tribus. En alguna parte debe estar oculta, haciendo tic-tac, la bolsa de dinero destinada a financiar la campaña presidencial de 2024. No es una amenaza de cartón.

Rafael Moreno Valle Rosas colonizó y se apoderó del PAN. Desplazó a los viejos liderazgos por incondicionales suyos, de la mano cómplice de muchos que deambulan por ahí. El acoso contra Ana Teresa Aranda no paró hasta que la echaron. A Francisco Fraile lo humillaron y al final lo amenazaron con meterlo a la cárcel.

Moreno Valle nunca fue panista. Menospreció sus valores y repudió a sus fundadores ideológicos; sus referencias fueron de priistas; y con priistas del Estado de México diseñó su eventual arribo a la presidencia.

Entre las prerrogativas de Moreno Valle sobre el PAN está que por sí solo, ese partido, nunca ganó una elección estatal. Incluso con dos presidentes de la República panistas. Tuvo que llegar él para realizar la hazaña.

La alternancia en Puebla fue la más tardía de todas las entidades con tradición panista, como Guanajuato y Querétaro. Hasta el 2011. Los primeros gobiernos no tuvieron identidad panista. Moreno Valle recogió las peores prácticas del viejo caciquismo avialacamachista.

Los morenovallistas mantienen su antigua lealtad intacta, pues hasta ahora ninguno de ellos ha tenido la honradez y la moral públicas de hacer un ejercicio de mea culpa. Nadie quiere deslindarse de él.

Por lo pronto, en los primeros días del año, dieron un coletazo con su negativa a aprobar el impuesto por el derecho de alumbrado (DAP). Un mensaje velado de 450 millones de pesos. No es contra la administración municipal. Es una jugada que afecta los anhelos de desarrollo y progreso de la ciudad. Parten del supuesto errado de que pegándole a los poblanos le pegan al alcalde.

El coletazo tiene su explicación: los panistas en general se creen en la antesala de la gubernatura. El abolengo de las viejas familias no acaba de procesar que el elegido, hasta ahora, es Rivera Pérez.

¿Qué hacer? Para sobrevivir, el Presidente tiene que dar un golpe de timón. Una muestra contundente de quien tiene la voluntad popular.

Y cuidado con las simplificaciones, la gente no votó por el PAN. Votó en contra de la continuidad de la administración anterior, y a favor de Rivera. Aquí la clave.

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