La indicación de los administradores de la educación es “firme y clara”: «se debe regresar a las escuelas, ya es suficiente, los niños “requieren socializar” es por su “salud emocional” la casa “no es suficiente para que aprendan”»; aspectos como estos y más, se esgrimen como soporte a sus indicaciones. Sería deseable encontrar certezas en las intenciones y formas de alcanzarlas, pero la situación actual dista mucho de esto, aproximándose más a la necedad de quienes tienen que cumplir una orden. Cierto, me olvidaba que en la milicia, las órdenes no se cuestionan, se cumplen, con la esperanza de llegar a generales.
Aun cuando pudiera resultar comprensible su actuación como administración, por la cultura existente en ese campo, lo que complica la situación actual cuando de cumplir sus indicaciones se refiere, pues se trata de la salud de hijos, hermanos, amigos…; no resulta sencillo para muchas personas ni comprender ni ejecutar sin chistar, la instrucción desde las “autoridades”. Hasta los más disciplinados dudan de enviar a sus hijos a la escuela.
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Los padres de familia o madres o tutores o tutoras, de niños y jóvenes, se encuentran en una situación de miedo, de aprendizaje y de esperanza. El miedo de contagio es evidente, el aprendizaje que como sociedad hemos adquirido, en el sentido de que debemos extremar cuidados de nuestra salud y de la de los demás; y de esperanza, de que salgamos a la calle y resultemos libres de contagio, para seguir con nuestra vida.
He defendido y defiendo la apertura de las escuelas, sin embargo, señalando la necesidad de contar con las condiciones indispensables en infraestructura, la necesidad de modificar el paradigma educativo desde el cual nos movemos actualmente, avanzando a uno en donde las aulas extendidas sean los entornos de presencialidad, gracias a las conexiones establecidas entre los sujetos intervinientes en los procesos educativos; a lo anterior, he de agregar como tercer elemento, la necesidad de contar con condiciones contextuales mínimamente favorables para salir a la calle, con la certeza de no contagio.
Esperar que después de algunos contagiados, enfermos y muertos, logremos adaptarnos para continuar como sociedad, no me satisface en lo más mínimo; basta escuchar a las personas, muchas, que no quisieran enviar a sus hijos a la escuela, hoy los comprendo. No encuentro elementos suficientes para pensar que el regreso a la escuela en las condiciones actuales sea lo adecuado.
Desde luego que hay que distinguir las situaciones distintas existentes entre los diferentes niveles educativos, así como entre escuelas públicas o privadas, y desde luego, las abrumadoras brechas en las condiciones existentes entre grupos económicamente diferentes. Pobres o ricos, todos valemos lo mismo, por la simple razón de ser personas, por tanto, nadie puede arriesgar la salud y vida de otro.
Junto a la presión de dar cumplimiento a las indicaciones de regreso a las escuelas, debería existir un esfuerzo monumental por parte de las autoridades, por encontrar nuevas formas de hacer educación. Soy pesimista con esperanza, sólo que, en ocasiones como ésta, no es suficiente cerrar los ojos y lanzarse. Hoy los riesgos de salud son de consecuencias vitales.