Los estudiosos han encontrado una relación directa entre democracia y saber. El saber como sinónimo de conocimiento, de entendimiento racional, y humanismo. Más específico aún: una relación directa entre la presencia del libro y la democracia. La democracia es una aspiración en proceso abierto, más que una meta cuantificable. En ese sentido, el libro es la expresión más alta de la cultura. Es el fuego vivo de la memoria y la imaginación creativa. No hay democracia sin deliberación de lo público.
El saber incentiva la curiosidad acerca de ese territorio común que es la comunidad nacional. El libro se ha tornado amenaza, no de ahora sino de siempre. La idea impresa tiene esa fuerza extraña de abrirle boquetes al estatus quo, y subvertirlo. Una característica de vitalidad funesta presente en todas las culturas. Durante la Colonia estuvo prohibido el tránsito libre de libros del viejo al Nuevo Mundo; los frailes fueron famosos por organizar grandes piras en las que fueron condenados al fuego purificador los manuscritos de los antiguos sabios del mundo mesoamericano.
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La muerte de la memoria fue el artilugio ideado por los conquistadores para interrumpir el proceso civilizatorio de las viejas civilizaciones. Uno de los pasajes más conmovedores de El Quijote es la quema de los libros en el corral, sospechosos de ser los verdaderos causantes de la locura del personaje de la novela de Cervantes. Los libros pintados desaparecieron en las hogueras de evangelizadores y conquistadores. Pero esos mismos evangelizadores fueron los portadores de la modernidad e introdujeron con ella el ejercicio de la crítica, con De Las Casas. Palafox y Mendoza, el representante del Imperio, es el autor de la metáfora de la falsificación de los libros, de su desnaturalización. A su retornó al viejo mundo, caído de la gracia del monarca, hallándose en la ciudad de Puebla, donó a los súbditos algunos títulos que ahora se conocen como la portentosa Biblioteca Palafoxiana.
Nada de valor se encuentra ahí, que no sean los libros como objeto, no como fuente de conocimiento. Ninguno de esos títulos fueron la base de lo que al poco sería la gran Ilustración. El gran tránsito civilizatorio del mundo occidental. La cultura o es ejercicio crítico o no es.
El gran Karl Popper, autor de La sociedad abierta, afirma que el prodigio de la Atenas del siglo V se debió en gran medida a la invención de un mercado de libros. Y esa invención también explica la democracia ateniense. Aunque afirma que no se puede explicar la expulsión del tirano Hippias y el consiguiente establecimiento de la democracia en Atenas esté vinculado a la venta de libros, sí encuentra muchas razones que favorecen su hipótesis:
“El arte de leer y escribir se extendieron por la ciudad, la popularidad de Homero y de los grandes dramaturgos, pintores y escultores atenienses; la cantidad de ideas nuevas que se discutían, y el desarrollo cultural en general fueron influenciados por la invención del mercado de libro. Y aunque quisiéramos admitir que la democracia se estableció independientemente de todas estas cosas, el gran triunfo de la joven democracia ateniense en la guerra de liberación contra el imperio persa no dejó de tener relación” con la expansión y popularización de las ideas.
“Este éxito -sigue el autor-, sólo puede entenderse a la luz de “la nueva conciencia” que los atenienses lograron a través de su extraordinaria herencia cultural y educativa, y el entusiasmo adquirido por el gusto de la belleza y claridad que encontraban en el arte y la poesía” (La lección de este siglo, 1992). El libro también se encuentra en el origen de esa gran tradición denominada humanismo. La invención de la imprenta en el siglo XV con Gutenberg, dio lugar a una de las más grandes revoluciones culturales registradas en la historia de la humanidad. Sin ella no se entiende el Siglo de las Luces.
Por eso la alarma que se persiga a los creadores y a la educación de excelencia, como ocurre en Cuba, y como ha ocurrido en otras latitudes en las que los gobiernos han devenido en tiranías. Si anteponemos la ideología a la vida, como hace el gobierno mexicano en muchas de sus decisiones de políticas públicas, se corre el riesgo de sucumbir como comunidad, peligra el proyecto nacional, e incluso se traduce en una severa amenaza contra la civilización mexicana.