Para entender al presidente López Obrador en su papel de gobernante hay que escucharlo (leerlo) en una entrevista que le hizo Ciro Gómez Leyva, en los días previos a la elección de junio de 2018, de la que resultó triunfante. Me parece que aquí se encuentran muchas de las claves para aquilatar sus buenos y malos resultados a tres años de haber asumido el puesto más importante en la estructura nacional de gobierno: el Ejecutivo federal.
El presidente López Obrador ganó la presidencia con un conjunto de propuestas que fueron resumidas en los llamados Cien Compromisos y la solemne promesa de devolver los militares a los cuarteles. Los cien compromisos fueron juzgados como cumplidos en el informe del año pasado (salvo la descentralización de las entidades públicas); y en el segundo caso, lo que tenemos hoy es un gobierno mi-li-ta-ri-za-do, incluso en temas tan distantes a sus funciones como la salud. Abrevemos en la entrevista.
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Cuatro cosas llaman la atención de manera preponderante en el ahora Presidente: a) la actitud beligerante y malhumorada contra quienes osan cuestionarlo o disentir de su dicho en asuntos de gobierno; b) un pensamiento mágico ortodoxo de que en el firmamento no hay más verdad que la suya (en ese sentido calza muy bien con las posiciones estalinistas más nefastas de que aquí “no hay más ruta que la mía” y “dentro de la revolución todo, fuera nada”; y c) desprecio galopante por las reglas de la institucionalidad, en particular la Constitución, la que protestó guardar y hacer guardar, y a la que suele anteponer ese eufemismo muy suyo denominado pueblo; y d) la negación sistemática de toda evidencia dura y pura que contradiga su pensamiento mágico.
La entrevista se realizó el 29 de junio de 2018, el apartado al que me refiero tiene una duración de 2.21 minutos y puede verse aquí: https://fb.wach/9Kp1RXeuU9/
Lo suyo-suyo del Presidente no es la ciudadanía democrática, es la feligresía. Los primeros cuestionan, intervienen y son autónomos en su decir y hacer; los segundos obedecen, callan y están supeditados a la presión general de la masa corporativa. Los primeros son democracia; los segundos son el germen del autoritarismo. Los primeros tienen que ver con el ejercicio de derechos; los segundos, con jerarquías mesiánicas, en el papel de súbditos.
Es la consecución de las bases del cambio de mentalidad; el presidente dio cuenta de ellas el miércoles en el Zócalo de la Ciudad de México, con motivo de la concentración del tercer aniversario; la que calificó como un proceso irreversible (tal vez se trate de una especie de revolución cultural a la china, no se sabe bien a bien porque no ha sido definido claramente). En el pensamiento mágico, no nos engañemos, el pueblo es López Obrador: “El pueblo soy yo”.
Ciro. Andrés, ¿qué piensas hacer el dos de diciembre, si ganas, con la gente que se roba los ductos de PEMEX, y que embosca al Ejército mexicano, que vas a hacer con eso?
(El solo hecho de que el periodista no dé por consumado su triunfo en las elecciones que aún no se realizan, lo ponen de muy mal humor, se altera, se mueve de un lado a otro sobre la silla. Una mezcla entre congoja, disgusto, muina. Las muecas y las gesticulaciones lo delatan. En general López Obrador es muy previsible en sus respuestas, así que el periodista se mantiene en su posición y se le adelanta en las respuestas. Eso lo enoja más. Veamos.)
López Obrador: No, no, no. El presidente de México y los funcionarios de PEMEX, ya tampoco van a robar. Entonces voy a tener autoridad moral.
Ciro: Mi pregunta, Andrés, ¿qué vas a hacer con las personas que se roban los ductos?
López Obrador: Sabes cuánto se roban…
Ciro: Lo que se roben, lo que se roben, es un delito…
López Obrador. … los que roban más…
Ciro: Ya sabemos… son los de cuello blanco
Ciro: ¿Que vas a hacer con los que roban a PEMEX?
López Obrador: … nadie va a robar… se va a castigar
Ciro: ¿Quién va a salir a detenerlos, la policía municipal?
López Obrador: No, no, no, no, no
Ciro: Necesitas gente que vaya y se enfrente con ellos.
López Obrador: No, no.
Ciro: ¿Por qué si llegas a decir que es la injusticia y la pobreza, a ustedes también los van a recibir a balazos?
López Obrador: No, no, no. Mira Ciro, vamos a convocar a los mexicanos a un acuerdo nacional por la honestidad. Esto va a cambiar, sí. Si el Presidente es honesto, los gobernadores van a ser honestos, los presidentes municipales… y todo el pueblo…
Ciro: ¿y eso va a desaparecer a la gente que se roba la gasolina?
López Obrador: Claro que sí. Porque no van a tener necesidad (de robar).
Ciro: ¿El 2 de diciembre de 2018?
López Obrador: Pero claro que sí, desde el inicio, porque vamos a ganar, ¿eh? La primera semana de julio del 18, y a partir de allí, porque no hace falta esperar hasta al primero de diciembre (sic). A partir de ahí empiezo a convocar al pueblo de México a que llevemos a cabo entre todos, un plan para lograr el renacimiento de nuestro país a partir de la honestidad. Y voy a dar el ejemplo. El Presidente no va a permitir la corrupción. Voy acabar con la corrupción. Vamos a erradicar la corrupción. Y yo estoy seguro, porque en el pueblo de México hay una gran reserva de valores morales, culturales y espirituales…
Ciro: Pero hay que resolver…
López Obrador: Lo vamos a resolver
Chayo News
Pues bien… El fin de semana me tocó hacer de dama de compañía y me fui a uno de los pueblos que yo hacía en las montañas pelonas de la Mixteca. “Tu que andas desocupado deberías de ayudarme trasladando unos cuadros a un lugar que seguramente conoces”. Quien así me hablaba era la pintora y galerista Cristina Rojas. En ese momento no supo el lugar, pero tomó el teléfono; luego dijo que era Guadalupe Victoria. Listo como fui en mis clases de Geografía de primaria, respondí que ese no era nombre de pueblo, sino el primer Presidente de México, y que además ni siquiera se llamaba así. Para no empeorar, consentí en que Guadalupe Victoria se encontraba al pie del Popo. Con el paso de los días, la pintora me pidió que escribiera algo sobre la obra pictórica para que valiera la pena mi presencia en el pueblo. Vi los cuadros un rato y no se me ocurrió nada. Pasados los días entregué un par de cuartillas. Al poco, -y con mucho decoro-, fui informado que muchísimas gracias pero que no hacía falta. El caso es que el sábado caí en Victoria en el rimbombante papel de museógrafo-curador de arte moderno. Cosa de la que no se ni pizca. Pero así es la vida, qué se le va a hacer. Me topé con un pueblo muy aseadito, con parques bien podados, una traza del pueblo muy ajustada a los tempos correderos: grandes y alineadas avenidas, con camellones arbolados. Mucha limpieza, no obstante que sobre la carretera abundan las fábricas que producen block para construcción, de donde sale un polvito fino que el viento se encarga de espolvorear sobre el pueblo y los cerros aledaños. Algo muy raro en la cultura novohispana: la sede del poder político se encuentra lejos del poder religioso. De camino, Saúl, informa que la tasa de inseguridad se ha reducido en un 92%. La biblioteca luce bien pintadita con un par de colores que alternan. Es un edificio de los años sesenta con gruesas molduras. Hay que bajar de la camioneta cuadros envueltos en un plástico que llaman de burbuja.
En eso estoy cuando al entrar y salir, me encuentro con el retrato de un personaje cuyos rasgos se me hacen conocidos. ¿Dónde lo he visto? Se encuentra colgado en la parte más alta de la pared, casi pegado al techo, desde donde lo domina todo. Pregunto al primero que me topo si se trata de la foto retocada de Guadalupe Victoria, aunque sé que para entonces todavía no se inventa el daguerrotipo, o todavía no llegaba a México. Me dice que no. Que es un periodista muy importante, amigo de la familia del presidente y que les ha donado muchos libros para la biblioteca y señala los estantes encalados con el dedo. Primero entregó una partida de 1500 ejemplares y enseguida contribuyó con 500 más. Cayó la noche y rondaron los tragos y los bocadillos, más tragos que bocadillos. Aparece el alcalde a quien no conozco. Para entonces ya me he demorado en el estante de la puerta que recibe al “hipócrita lector”. Entrada la tarde-noche me topé de frente con el gobernante, estiré mi vaso y le dije salud. ¡¡No bebo!!, respondió cortés. Un alcalde de pueblo salido de las filas del PRI que no bebe es un contrasentido en la tradición de la política mexicana. Cómo habrá ganado, me digo.
La noche avanzó inclemente. Para la hora en que ya estaban cerrando quedábamos unos pocos alrededor del mesero, entre ellos el periodista del pueblo. Entonces el alcalde se acercó y preguntó mi parecer sobre la exposición y el pueblo. A esa hora ya no era el señor presidente municipal, era Aurelio, y bébele búfalo. Respondí, mareado, que veía dos grandes problemas de lesa humanidad en el pueblo. Le chanceé. Estiró los ojos. Hubo risas. Habló de la importancia de las mejoras del pueblo. Mejorar, mejorar. Hubo más carcajadas. Siguieron corriendo los tragos. Luego el alcalde buscó un libro color sepia o aproximándose a sepia y; para ver mis gesticulaciones en la pantalla de su celular, mandó que alguien me lo entregara. Cosa que el enviado hizo con mucha solemnidad. Una crítica ácida a las familias intelectuales que suelen toparse en ese rito de pasaje que es la FIL. Es la biblioteca Mario Alberto Mejía. Por mi parte, lo que más celebré de la noche fueron las fotos con la bibliotecaria. Inteligente como es, se las arregló muy bien para no revelarme su número de celular.