El 10 de octubre de cada año se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental, fecha que nos recuerda la importancia de prevenir, cuidar y atender los problemas de salud mental de toda la población, que con la pandemia se ha hecho más evidente la urgencia de visibilizarla y atenderla.
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Uno de los principales problemas de salud mental en el mundo es la depresión. Una década atrás, la Organización Mundial de la Salud (OMS) pronosticaba que para el 2020 la depresión sería la segunda causa de discapacidad en el mundo, y la primera en países en vías de desarrollo, situación que se hizo realidad de forma lamentable.
A nivel mundial, la OMS calcula que afecta a más de 300 millones de personas. En México, la UNAM (2019) refiere que 15 de cada 100 habitantes sufre de depresión; casi seis millones de niños y adolescentes entre 12 y 22 años han tenido que lidiar con los efectos de esta enfermedad. En los adultos mayores, el porcentaje es de 11.3 por ciento para las personas de 60 a 74 años, pues mientras más aumenta la edad también los porcentajes (85 y más años 16.7 por ciento). Cabe destacar que las mujeres son doblemente afectadas comparadas con los hombres.
Datos del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria, A.C (CIEP, 2021) refiere que, el presupuesto destinado a la atención de enfermedades mentales en nuestro país de 2013 a 2021 fue del 2.1 por ciento (de 2013 a 2021 disminuyó 9.6 por ciento). 50 por ciento de este presupuesto es asignado a hospitales psiquiátricos, situación que limita la atención a la salud mental en términos poblacionales y preventivos.
El monitoreo realizado por la Encovid-19 de abril a octubre de 2020 revela un incremento notable en la depresión de la población al iniciarse el confinamiento. Refieren que una pandemia larga e incierta como la Covid-19 augura que los niveles de depresión tardarán en estabilizarse y aunque la pandemia termine, los padecimientos mentales se manifestarán por más tiempo.
Es importante recalcar que, la salud mental es multifactorial, pues influyen aspectos biológicos, económicos y sociales. Diversos estudios han evidenciado que la depresión afecta de manera desproporcionada a mujeres, niños y adultos mayores, así como la prevalencia en población con un nivel socioeconómico bajo, a grupos de personas divorciadas, separadas y viudas. Otras investigaciones demuestran que los episodios depresivos son más prevalentes en adultos mayores.
El prolongado confinamiento ante la COVID-19 provocó un aumento tanto de la depresión como de otros trastornos mentales como la ansiedad.
Con el teletrabajo los niveles de estrés laboral se incrementaron por diversas situaciones como el cambio de rutina, no contar con el equipo adecuado para responder al trabajo, reorganización de la vida familiar y laboral, el desempleo, la falta de acceso a internet, disminución de los salarios, entre otras; lo que llevó a muchos empleados a sufrir niveles altos de ansiedad e incluso depresión.
En este mismo sentido, los jóvenes y niños también han experimentado durante la pandemia episodios de estrés, ansiedad y miedo. En un sondeo realizado por la UNICEF en los primeros nueve meses de pandemia, 27 por ciento de los niños y jóvenes que participaron reportó sentir ansiedad y 15 por ciento depresión, uno de cada dos compartió sentirse menos motivado para realizar actividades que normalmente disfrutaba: 43 por ciento de las mujeres frente al 31 por ciento de los jóvenes. Su percepción frente al futuro se ha visto negativamente afectada.
Cabe destacar que los adultos mayores también son un grupo altamente vulnerable en el tema de salud mental. En pandemia, el distanciamiento social agudizó el aislamiento que algunos adultos ya experimentaban. Para algunos el mayor miedo fue el contagiarse y morir solos; muchos adultos mayores experimentaron por primera vez ansiedad e incluso depresión, y como en otros grupos poblacionales, las mujeres presentan mayores niveles de ansiedad y depresión.
Por último, cabe destacar que la salud mental es considera por los expertos como la cuarta ola de la pandemia: la reparación del daño provocado por el aislamiento social, los duelos inconclusos, las reorganizaciones familiares, laborales y educativas, las dificultades económicas que nos dejó la pandemia a nivel mundial seguirán impactando en la población. La pandemia no ha terminado. Todavía continuamos recogiendo los daños emocionales que ésta nos dejó, por lo que no tenemos duda que la salud mental será el principal reto a enfrentar en la próxima década.
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