No pasó ni una semana desde la reactivación de clases presenciales en el estado y ya suman 17 escuelas cerradas por distintos casos de Covid en alumnos y maestros. Algo que seguramente ya se tenía previsto, pero si fue así, entonces las preguntas son: ¿para qué?, ¿con qué fin?, ¿cómo regresamos a clases en semáforo naranja en la semana más alta de contagios en niños y adolescentes?, ¿realmente la presión de los sindicatos y del gobierno federal por regresar es más fuerte que la preocupación de los padres por mandar a sus hijos a la escuela?
El secretario Melitón Lozano Pérez, titular de Educación Pública en el estado, informó hace unos días que el cierre en los 17 planteles educativos referidos, no se debió a contagios producidos en las aulas ante el regreso, sino de casos de personas que ya tenían el virus, recalcando que el Covid tarda de cuatro a siete días en incubar y manifestarse, por lo que descartó que hayan sido casos durante la primera semana de clases. Sin embargo, no eludió la responsabilidad de que se sigan presentado escenarios en donde, de acuerdo al protocolo de prevención por contagios ante cualquier caso positivo o sospechoso en alumnos y maestros, la directriz a seguir es el aislamiento del grupo al menos por 15 días.
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Bien dicen que cuando se trata de enfermedad, el virus no distingue entre clases sociales. El riesgo para todas es el mismo, ya sea en instituciones públicas o privadas. Las escuelas cerradas y que actualmente están siguiendo su protocolo preventivo, van desde casos como el propio Centro Escolar Niños Héroes de Chapultepec (CENHCH), hasta lo más alto de la esfera poblana como Instituto Oriente, o desde Tecamachalco y Palmar de Bravo, hasta la propia capital y su zona conurbada.
El programa Retorno Seguro a Clases tiene bien claro los filtros y protocolos para evitar los contagios masivos. La intención de fondo desde el gobierno estatal y federal es no paralizar la vida educativa y aprender a vivir en esta nueva normalidad sin caer en planteamientos alarmistas o de parálisis social.
El actual modelo híbrido contempla el 30 por ciento de aforo presencial en los centros educativos, basados en una dinámica en donde algunos alumnos toman clases en línea mientras el profesor atiende a otros alumnos del mismo grupo en la presencialidad, alternando una semana los que están en línea y otros los que van de forma física a clases.
Aunque en el caso de la presencialidad ningún alumno está obligado a asistir si así es la conformidad de los padres; situación que ha generado controversia, pues ha habido algunas escuelas públicas que a través del gremio docente se manda el mensaje de que ningún alumno podrá acceder a clases en línea y todo será en el aula el día que le corresponda, o al revés, en donde ya se han dado casos en los que el profesor se ampara para no dar clases de manera presencial, pues al final quienes se están fletando el riesgo y dos trabajos a la vez, son los maestros preocupados por planear y dar su clase en las aulas; al mismo tiempo que dan sus sesiones en línea, un ejercicio del que no hay referente alguno, pero además del que no todos los salones están habilitados para garantizar esta modalidad.
¿Es un acierto esta modalidad híbrida? ¿Es prudente este regreso a las aulas? Ya se verá…