Cuenta una vieja leyenda que mucho tiempo antes de que nuestros ancestros fundaran ciudades y construyeran pirámides, los Dioses debían darles la forma de que tuvieran buen alimento. En la tierra había animales para cazar, pero eso los obligaba a estar continuamente en movimiento, por lo que la única manera de asentarse era con el cultivo de plantas que les saciara el hambre y pudieran guardar para cuando el alimento escaseara.
Así, los Dioses crearon las semillas que podían esperar ser sembradas para obtener otras más tiempo después. Luego de crearlas, los Dioses tomaron un descanso por el esfuerzo realizado y dejaron varias cestas con los pequeños granos, quienes despertaron y comentaban entre ellos la razón de su existencia.
Más artículos del autor
- Se siente bien haber nacido -comentó entusiasmado el cacahuate.
- ¡Ah! Esto es fabuloso, ya estamos vivos -dijo el amaranto mientras veía su cuerpo.
- Bueno, escuché a los creadores decir que en realidad llevamos la vida por dentro, como si estuviera dormida -comentó el cacao, quien luego preguntó a otra semilla, ¿tú quién eres, pequeña?
- Yo me llamo chía y no por chiquita no soy importante.
- Bueno, -intervino la semilla de girasol- todos somos importantes, serviremos para cosas distintas, si no, los creadores no hubieran hecho tanta variedad.
La respuesta fue de unánime aprobación y se felicitaban unos a otros hasta que de otra cesta se escuchó decir.
- Disculpen, pero si hay alguien que tiene la suficiente importancia entre todos, ese soy yo. Fui creado con la idea de que fuera el alimento fundamental del hombre; seré el que más se cultive, más se consuma y más se aprecie y, ustedes estarán de acuerdo. Los creadores no se equivocan.
Un repentino silencio cundió entre las cestas ante tal argumento hasta que el frijol preguntó:
- ¿Y quién es usted, que se dice ser el sobresaliente de todas las semillas?
Tomándose su tiempo para responder, alguien se asomó por el borde de la cesta desde donde con voz pausada contestó:
─Yo, mi estimado amigo, soy el maíz.
Una gran carcajada espetó el frijol y al terminar de reír dijo:
- Mire, los creadores dijeron lo mismo de mí y no por eso me siento superior a nadie.
- Perdone, pero no necesito de su opinión, aquí lo que cuenta es aquello que los creadores han decidido y lo que los hombres harán, yo no tengo prisa en demostrarle nada a nadie, ni mucho menos a usted -dijo el maíz.
Un sonoro “¡Oooooooh!” se escuchó en el ambiente ante tal afirmación, lo que encendió los ánimos del frijol y parándose en el borde de su cesta le dijo:
- Escuche bien, ya le digo, no tiene razón para sentirse el mejor de todos, en todo caso, como le dije, se mencionó que yo sería también el alimento básico de los hombres, a diario y en todos los momentos y aunque hubiera otros alimentos, yo serían imprescindible para sentir que se ha comido bien.
El maíz, quien había estado en una pose con la mirada desviada para no ver de frente a su interlocutor, de pronto volteó a verlo para responder:
- Pues para que lo sepa los creadores al momento de diseñarme lo hicieron para que yo fuera consumido como grano tierno o maduro, solo o en compañía, entero o molido, por lo mismo tendré que ser cultivado en amplios campos para que haya suficiente todo el tiempo.
El frijol, ahora chirriando de coraje, atinó sólo a decir:
- Es usted chocante y maleducado. Ojalá que cuando seamos entregados a los hombres nos manden muy lejos uno del otro y así no verlo nunca.
En ese momento las otras semillas gritaron: “Espera, espera”, - a lo que el frijol respondió:
- No, pero si ahorita me paso para allá, haré de ese grano puros maicitos.
“Espera, espera”, se volvió a escuchar, pero el frijol de un gran salto pudo llegar a la cesta del maíz a quien arremetió con golpes e insultos que fueron respondidos de inmediato iniciando una reñida pelea, misma que fue interrumpida por un contundente “¡Altoooo!”.
Se trataba de uno de los Dioses que había presenciado todo. Tomó a cada grano en sus manos y mirándolos con el ceño fruncido les dijo:
─Con que peleando por sentirse protagonistas, ¿eh?
Ambas semillas sorprendidas y apenadas, miraban hacia el suelo esperando ser reprendidas. El Dios continuó:
- Tú, maíz, crees ser especial e indispensable y tú, frijol piensas que estás aquí para corregir a los demás ¡Vaya acto de soberbia de cada uno! Les voy a decir qué voy a hacer.
Escogió una cesta al azar y sacó otra semilla. A las tres las juntó en una sola mano y les dijo:
- Cuando los entregué a los hombres, ustedes tres estarían juntos y dependerían del otro para germinar, crecer, florecer y dar fruto; les impondré un castigo eterno, esa es mi decisión y será su destino.
Desde entonces y para siempre, en todas las milpas se siembran juntos maíz y frijol, uno al lado del otro. El castigo del maíz es eventualmente cubrirse de un hongo negro que, aunque comestible, releja a los granos a un segundo término, mientras que las vainas secas del frijol deben ser golpeadas con varas para separar las semillas. Por su parte el encargado de que todo transcurra en armonía, esa semilla tomada por casualidad, fue la pepita de calabaza, quien crece con las otras sin ningún problema y luce adornando el verdor de los tallos con sus flores amarillas.