“…el ‘Síndrome de la Cabaña’ hace alusión al temor y vivencias desagradables que se activan en relación a la exposición real o mental a todo lo que suponga salir del contexto y de la situación estrictamente actual o de los últimos meses, optando así por la reclusión como forma de vida deseada ante la percepción de seguridad que conlleva”.
Andrea Vega Seoanez. El síndrome de la cabaña; cuando la libertad se convierte en un problema. Blog de Psicología del Colegio Oficial de Psicología de Madrid[1].
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Con este artículo regresan mis entregas semanales en este espacio de opinión que generosamente me brinda e-Consulta desde hace diez años. Aprovecho la ocasión para felicitar calurosamente al Mtro. Rodolfo Ruiz Rodríguez y a todo su equipo por el 19 aniversario de este periódico digital, pionero en los medios de este tipo en Puebla y ejemplo de pluralidad de ideas y formas de pensar nuestras realidades cotidianas.
Regreso hoy agradecido y sin temor alguno porque estos artículos han sido siempre entregados a los cinco lectores que me siguen, de manera virtual y sin necesidad de cuidar el uso del cubrebocas o la sana distancia entre nosotros.
Sin embargo he de confesarles que el lunes pasado, 2 de agosto de este segundo año de la pandemia, regresé a mi oficina de la UPAEP con bastante temor e inseguridad y con muchas preguntas acerca de la desafortunada coincidencia de esta reapertura gradual que están anunciando y pretendiendo nuestras autoridades educativas con la que han llamado “la tercera ola” de contagios en nuestro país, en el que llevamos ya, según las cifras oficiales al día de hoy -escribo el viernes 6- más de 243,000 muertos (según los expertos la cifra real es mucho más alta y ya sobrepasa el medio millón) acumulados desde marzo de 2020 cuando se decidió el cierre de las escuelas y el confinamiento en casa de la población.
Regresé con temor a pesar de que el regreso está siendo gradual y solamente de los colaboradores de tiempo completo y medio tiempo, y aún no hay estudiantes ni clases dado que el calendario escolar marca como inicio de actividades de este nuevo ciclo académico el 16 de este mes y en formato híbrido, siguiendo las indicaciones y protocolos de prevención que han establecido las autoridades de salud y de educación.
No sé cuál sea o vaya a ser el día que retornen a las escuelas la experiencia de los docentes de nuestro estado y de nuestro país, pero en mi caso estoy experimentando sentimientos encontrados: por una parte, la etapa de confinamiento y de trabajo educativo, de investigación, difusión y gestión desde casa ha sido agotadora y muy desgastante física y anímicamente lo que me lleva a experimentar enormes ganas de retomar mis actividades en lo que han llamado “nueva normalidad”, pero por otro lado, el pensar en salir y el hacerlo, el regresar a los espacios que eran para mí totalmente seguros y naturales hace más casi año y medio me produce un fuerte temor y una gran inseguridad.
Este temor y esta inseguridad no la vivo solamente a nivel del pensamiento sino que se somatiza y me produce síntomas emocionales y físicos que son incómodos y necesito aprender a manejar para irlos superando.
Repito que cada caso es distinto porque cada persona reacciona de forma diferente a las circunstancias pero en mi caso y en el de muchos se está viviendo lo que los psicólogos han definido como ‘Síndrome de la cabaña’ que consiste, como dice la cita del epígrafe de hoy, en un temor y vivencias desagradables que se activan cuando nos exponemos real o mentalmente a lo que implique salir del contexto actual en el que vivimos todo este tiempo y que nos hace optar -si nos dan a elegir- por recluirnos y vivir encerrados para sentirnos seguros.
Desde luego este síndrome no es el sentimiento y la convicción de corresponsabilidad deseable y necesaria en estos tiempos de nueva alza de contagios que nos hace cuidarnos y cuidar de los demás a través del uso del cubrebocas, el mantenimiento de la sana distancia, la cancelación de reuniones presenciales con grupos grandes y en espacios inadecuadamente ventilados, el lavado constante de manos, el uso de gel antibacterial y todo lo que ya hemos oído hasta el cansancio pero que sigue siendo necesario repetir ante la irresponsabilidad de mucha gente.
Se trata de algo más allá, de un temor no racional que se convierte en toda una sintomatología que incluye, según el artículo citado, a nivel cognitivo la emergencia de pensamientos catastrofistas vinculados al mundo exterior, a nivel fisiológico el surgimiento de taquicardia, sudoración excesiva, respiración rápida y superficial, hormigueo en las extremidades, nerviosismo generalizado e irritabilidad o trastornos del sueño y en el nivel motor, la negación a retomar la rutina laboral del pasado, la evitación del contacto social y en resumen, la organización de toda nuestra vida con relación al miedo.
Como dice también la autora del artículo citado, es importante “…que no asociemos ‘El síndrome de la cabaña’ a una enfermedad mental. Se habla de síndrome cuando la persona experimenta un conjunto de síntomas y reacciones tanto emocionales como cognitivas y motoras…” después de una experiencia existencial dolorosa o traumática a la que están ligados esos síntomas.
Es cierto que el confinamiento y la pandemia, los temores y las vivencias de la enfermedad en carne propia o en personas cercanas, la pérdida de algunos familiares o amigos por la enfermedad del COVID-19 han producido enfermedades mentales o emocionales como la ansiedad crónica o la depresión, pero estos padecimientos van más allá del ‘Síndrome de la cabaña’ que en mayor o menor medida todos estamos empezando o vamos a empezar a experimentar con la reapertura de las escuelas y universidades que el presidente ha dicho ocurrirá “llueva, truene o relampaguee” el 30 de agosto en los niveles básico y medio superior y un poco antes en algunas universidades.
Con este síndrome -además de algunos casos de enfermedades mentales o emocionales- vamos a tener que lidiar en estos tiempos inciertos y de retorno (in) seguro -pongo el prefijo entre paréntesis porque a pesar de todas las medidas que se tomen y los protocolos que se sigan para un regreso seguro, nada va a evitar por el momento que no exista seguridad alguna de que no habrá contagios- a las actividades educativas presenciales o híbridas.
Seguramente no estoy diciendo nada nuevo pero me parece muy importante insistir en que además de las medidas de prevención de tipo sanitario en las que se ha enfatizado la formación, normatividad y preparación del regreso a clases y adicionalmente a las acciones de corte didáctico-pedagógico que todos los docentes tendremos que atender para diagnosticar los aprendizajes que se perdieron o se tienen que reforzar y las nuevas formas de plantear el proceso educativo para que esta “nueva normalidad” sea más de lo mismo para los estudiantes -que ahora no tendrán como mecanismo de defensa ninguna forma de silenciar al maestro cuando la clase esté muy aburrida y sea totalmente intrascendente- y que empecemos a educar realmente para la vida, tendremos que enfrentarnos y enfrentar este síndrome e ir aprendiendo juntos a enfrentarlo y a superarlo.
Los primeros que tendríamos que estar atentos a los síntomas en nosotros mismos y desarrollar o buscar estrategias de afrontamiento del ‘Síndrome de la cabaña’ somos los educadores que antes que profesionales de la educación somos seres humanos igual de vulnerables que nuestros estudiantes. Ojalá hayamos aprendido eso y podamos hacer un trabajo para reeducarnos y pensar en el futuro con esta u otras pandemias o crisis pero sin miedo y con esperanza.
Si empezamos por nosotros y tenemos éxito, podremos también estar atentos a los síntomas que presenten nuestros educandos y ser eficaces en el acompañamiento y el apoyo que van a requerir de nosotros.
[1] Todas las citas textuales y los elementos relacionados con la definición del síndrome usados en este artículo están tomadas de esta fuente.