En una casona de la ciudad de Guanajuato por el rumbo de Pastita, un hombre habitaba ahí disfrutando del silencio y quietud que le confería estar solo para concentrarse en poner los ojos sobre las amarillentas páginas de empolvados libros. Esporádicamente se escuchaba el crujir de las viejas vigas o el revoloteo de la hojarasca en las escaleras de loza verde, sin embargo, los Jueves de Corpus se podían escuchar pasos, rechinidos de bisagras oxidadas o el arrastre de objetos pesados.
En esta ocasión desde temprano, los acostumbrados ruidos se acompañaron de una voz que al parecer decía “Ven, ven aquí.”
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- ¡Con un demonio! -dijo el hombre enfurecido y espetó -¡Como que me llamo Manuel ahorita mismo le pongo fin a esto!
Se puso de pie y frenéticamente revolvió la habitación para buscar el sable de oficial que conservaba de su abuelo, con la idea de, al menos, asustar al intruso y hacerlo huir. Una vez que obtuvo el arma se quedó quieto para ubicar algún indicio del autor de los ruidos que tanto le atormentaban. De pronto escuchó el sonido de un metal que se golpea en el piso y corrió escaleras arriba para entrar en una de las habitaciones que escasamente frecuentaba. Abrió la puerta y se dio cuenta que estaba oscura, pues las ventanas estaban tapiadas.
- ¡Me lleva! No traje ni cerillos -refunfuñó.
De pronto, un sonido salió de la oscuridad “Shic-Shic”, y luego silencio. Nuevamente “Shic-Shic” y de súbito la pequeña llama de una lámpara de carburo se encendió iluminando en buena medida la habitación. La luz dejó ver una cama de latón, una mesa de noche y algunas cosas regadas. Poco después el rostro de otro hombre salió de la penumbra.
- Conque tú eres el desgraciado fantasma que me hace la vida imposible -dijo Manuel blandiendo el sable que hizo que el otro hombre reculara ─¡Ah, cobarde! Pero eso sí, hoy hasta hablaste.
El hombre poniendo las palmas hacia el frente por fin dijo:
- Yo, yo no he hablado hasta ahorita, pensé que era usted quien me llamaba y ¿Por qué me dice fantasma? Yo vivo aquí.
Manuel no esperaba esta respuesta y extrañado, bajó el sable tratando de poner en orden sus ideas. Se sentó en una silla y esto motivó a que el otro hombre también tomara asiento en la cama.
- Pero ¿cómo es eso posible? -dijo al aire Manuel- Si el que vive aquí soy yo.
La conversación se interrumpió al escucharse nuevamente “Ven, ven aquí”.
- ¡Ajá! Ese tunante que ha hablado es el fantasma entonces, a ver malnacido ¡Muéstrate! No te tengo miedo, -dijo Manuel poniéndose de pie y blandiendo su sable nuevamente, mientras su acompañante hacía el cuerpo hacia atrás para no ser alcanzado por el acero.
“Ven, ven Manuel Peñaloza, ven que te hablo a ti”, dijo la voz que parecía salir de todos lados del cuarto.
- ¡Maldito fantasma! déjate ver y por la Virgen de Guanajuato y el Señor de Villaseca, mi apellido no es Peñaloza ¡Es Sifuentes!
“Ah ya te oigo Manuel Sifuentes”
- Conque tú eres quien interrumpe mis lecturas y encima me ha traído a este tipejo con cara de pan de cera.
- ¿Tengo cara de pan de cera?
- Y de las más pálidas que pueda haber, como todo fantasma debe tener.
- Pero si yo no soy un fantasma, en todo caso usted debe serlo junto con el de la voz.
- ¡Que no, por las barbas de Don Toribio Esquivel! Primero usted me ha estado molestando y ahora este cobarde que se esconde, también.
“Tranquilos” intervino la voz con una reverberación sepulcral. -“Déjenme decirles que para eso estoy aquí, para aclarar la confusión, ustedes son Manuel Sifuentes y Manuel Peñaloza, ambos nacieron un día como hoy, pero en diferentes años y ambos han vivido en esta misma casa y temo decirles que ambos, también, fallecieron un día como hoy y cuando alguien nace y muere en la misma fecha, las almas suelen olvidar quiénes eran y que ya no están vivos, por eso vagan en las habitaciones de esta casona y en su caso cada Jueves de Corpus pueden manifestarse para que alguien como yo les revele la verdad y descansen en paz”.
Manuel Sifuentes escuchaba con la posición de guardia y respondió:
- Si es cierto lo que dices ¡Pruébalo!
“Justo eso vengo a hacer, una vez que recuerden quienes eran, podrán seguir su camino, Manuel Sifuentes, eras abogado en tiempos de la revolución, andabas en diligencia en Celaya cuando se llevó a cabo la batalla del 15 de abril y sin ser militar recibiste cuatro balazos en el estómago y viniste a morir en esta casa”
Manuel Sifuentes bajó el sable con la mirada fija y recordó lo que la voz decía como si hubiera sido el día anterior.
“Por tu lado, Manuel Peñaloza eras trabajador en la mina de Cata y al ir en el camión que los transportaba, este volcó y una redila rota en forma de cuña te atravesó el estómago; tus compañeros te trajeron a esta casa donde vivías con tu esposa e hijos, pero feneciste al caer la noche”.
- Es cierto, me llamo Manuel Peñaloza y soy minero.
Luego de esta afirmación ambos Manueles se miraron mutuamente. La verdad revelada les abrió los recuerdos de toda su vida en un segundo, trayendo seres queridos, vivencias y emociones. Un nudo en la garganta ahogó cualquier intento de hablar, empero comprendieron y asimilaron todo lo que estaba pasando. Luego vieron sus imágenes difuminarse en el aire conforme adquirían un alivio a cualquier dolor moral y una paz nunca sentida con anterioridad se acurrucó en su ser.
De esta forma, los patios y corredores de la casa de Pastita se fueron iluminando con la luz del día y nunca más se volvieron a escuchar ruidos como no fuera el crujir de las viejas vigas o la hojarasca revoloteando sobre las escaleras de losa verde.