Decir que existe una crisis de valores en la actualidad sería un error, no porque no sea para algunos un tema evidente, sino porque las nuevas generaciones carecen del conocimiento básico y empírico de entender “¿Qué es un valor?” “¿Existen valores universales? “¿Qué implica?” “¿Es útil y necesario?”, esto no sin antes pasar por el filtro del relativismo y la subjetividad de cada quién, y entonces sí, poder cuestionar la existencia de una crisis de valores y de qué tipo, suponiendo que realmente a esta generación le preocupe.
La problemática va mucho más allá, y la define muy bien el escritor y docente americano Ralph Keyes, al introducir el concepto de “age of post-truth”o mejor conocida en español como “la era de las posverdad”, la cual se basa en ignorar o ser indiferente ante la verdad de las cosas, dándole preferencia a las emociones o a la praxis, tal y como el Diccionario de Oxford intentó definirla aseverando “que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal” (Oxford Dictionaries).
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Lo que antes era obvio porque la propia ley natural y el sentido común nos lo daba, hoy es algo refutable, porque es más importante el sentir y parecer de uno mismo que la objetividad, inclusive, <<¿con qué se come la objetividad?>> seguramente expresarían las nuevas generaciones , bueno fuera que se hicieran el ejercicio de preguntárselo, tal y como en su momento el filósofo Descartes lo realizó con tantas dudas que le surgían, siempre con la intención de encontrar la verdad, interés que al parecer ahora es irrelevante.
Y es que vivimos en una sociedad de cristal, tal y como la describe la filósofa española Monserrat Nebrera, en donde las verdades absolutas no encajan en un modelo tan frágil que rechaza toda afirmación. En un sistema de flexibilidades y vulnerabilidades, los argumentos racionales pasan a ser algo secundario, verdades como la de “es una vida humana desde el momento de su concepción”, no encajan, parecen ser ideas “retrógradas”. Y no encajan porque la generación a la que nos referimos se trata de la mejor conocida como “Z” o también nombrados “centennials”, jóvenes nacidos del 2000 en adelante, quienes de la mano con los millennials (nacidos desde 1980), están ensimismados en el “super hombre” del que tanto se refiere Nietzschze, aislados por la tecnología, autosuficientes por el alcance a la información ilimitada y hedonistas viviendo según lo que sus instintos demanden; todo aquello que tenga que ver con “límites” o “impedimentos” en su pseudo-libertad, es motivo de descarte. Claro ejemplo está cuando se mira el valor con el que miden su éxito, el dinero, los viajes, el poder y los honores, y si todo esto te lo pueden ofrecer las redes sociales, ¡qué mejor!
Pero además son jóvenes que tienen la característica generacional de ser autodidactas, habilidad de la que nadie puede tener objeciones, pues ha beneficiado de manera significativa a su proceso cognitivo y de aprendizaje, sin embargo, es una habilidad que no ha sido bien canalizada pues el rol y autoridad moral de los maestros o tutores, ha quedado sustituida por la voz de influencers, artistas e instamgrameros, a quienes les depositan “la verdad absoulta” de la que tanto huyen o les incomoda. Estamos ante una generación de gente emocionalmente débil, donde todo debe ser suavizado, porque “todo” es ofensivo, inclusive la verdad, a esto se refería Nebrera en su definición de “generación de cristal.”
Ver al reguetonero Maluma como un mentor o fuente de inspiración, no es casualidad, responde a la transición que se sigue dando entre el modelo de enseñanza-aprendizaje tradicional y el modelo constructivista de aprendizaje, el anterior enfocado en un sistema conductual de estímulo respuesta y el segundo basado en las experiencias significativas que detonen el aprendizaje inductivo. En pocas palabras podemos afirmar que los maestros cuando quieren hablar de valores, están hablando en un lenguaje desconocido y de poco interés a su público, a diferencia de los influencers, quienes sí se encuentran conectando-empatizando con la realidad y lenguaje del chico de hoy, pero no precisamente hablando de valores.
Todo esto, sumado a la confusa cultura pero bien aceptada de redimir al malo de la película, justificando su actuar y elevándolo a una especie de anti-héroe que indirectamente da el mensaje de “no te preocupes, todo está justificado en un mundo sentimental y frágil”, “puedes elegir ser el malo o el bueno porque te hace sentir bien y responde a tus circunstancias y pasado”, esta cultura relativista del anti-héroe o el villano bueno, hoy en día se ha visto mayormente presente en uno de los medios de comunicación más poderosos e influyentes de nuestros tiempos, el cine y las series streaming. Filmes como VENOM, Deadpool, Maléfica, Joker, Suicide Squad, la casa de papel, entre otras, son evidencia del contenido reinante con el que la juventud se está formando de manera inconsiente, en donde ser el malo de la película ahora “está de moda”, signo de nuestros tiempos de una sociedad en decadencia, ya lo decía Demócrito, “todo parece estar perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de burla.”
Y es que la combinación entre una generación de cristal que evita la cultura del esfuerzo por darle prioridad al placer, de la mano con la idea del villano-antihéroe que aparenta ya no ser “tan malo”, por supuesto que abre la puerta para que muchos jóvenes lo consideren un camino con el que puedan regir sus vidas, al fin al cabo las mentiras ya no son mentiras, las estupideces genera fama y dinero, y el hacer su santa voluntad se justifica en nombre de una “libertad” limitada.
Hasta entonces…