Igual que muchos mexicanos vine a buscar el sueño

Jueves, Febrero 18, 2021 - 21:43

Veíamos cosas en el desierto; zapatos, pantalones, esqueletos…

Es periodista y profesora para el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Dartmouth en Hanover, New Hampshire

Fairlee, Vermont.- En el corazón del Northeast Kingdom de Vermont, a escasos 30 minutos de la frontera con Canadá, en la mitad de la nada. En uno de esos lugares olvidados de las manos de los Dioses, donde quizá por descuido cayera de sus manos, sin reparar en la ausencia, hay una granja lechera con setecientas vacas. En ella laboran diez mexicanos y dos guatemaltecos. Quien esto escribe, llevó a Don Abel, oriundo de Martínez de la Torre, Veracruz para empezar un nuevo trabajo en este lugar. En el trayecto de una hora y cuarenta y cinco minutos azotados por la inclemencia del invierno, la obscuridad de Vermont a las 5:00 de la tarde y con cero recepción de celular, Manos que Hablan tuvo una larga conversación con él.

 

Don Abel cumplió quince años cuando atravesaba la frontera entre Reynosa y MacAllen Texas. Sí, entre zapatos, pantalones, esqueletos de otros migrantes en otras vidas, acompañado por el hambre y por el miedo, como en una película de Indiana Jones, pero a diferencia de ésta, con el drama de la supervivencia, de no perder el aliento.

 

Empezamos la conversación con la misma pregunta…

 

-¿Qué significan para usted sus manos?

-Mis manos son todo. Sin ellas no sería yo nada.

 

Don Abel es el menor de una familia de seis hijos, cuatro varones y dos mujeres. Los tres hermanos mayores están todos en Vermont trabajando en diferentes granjas.  Llegó a los catorce años y tiene veintidós. En sus propias palabras “mi vida aquí ha sido una vida de mucho trabajar para poder regresar.”

 

Don Abel comenzó entonces relatar su historia personal, el viaje, la travesía, los desafíos, los miedos…

-Yo emprendí mi viaje en un autobús desde mi pueblo hasta Reynosa, Tamaulipas. Yo venía con mi primo, pero llegando a Reynosa nos separamos. Yo no pasé a la primera, nos agarraron y nos regresaron. Mi primo iba en el otro grupo. En mi grupo logramos pasar dieciséis, pero cruzamos el río ya después al final las mujeres que venían con nosotros no pudieron, y al final sólo éramos seis. El río lo pasabas caminando, te quitabas la ropa y la ponías en alto para que no se te mojara. También la migra ponchó uno de los botes inflables donde venía el otro grupo y vi como dos compañeros se ahogaban y nadie los pudo ayudar. Recuerdo los gritos de los que estábamos a la orilla y todo lo que le decíamos a los policías. Ellos no hicieron nada. Cruzando el río llegamos a McAllen en Texas.

“Yo sabía nadar, pero obviamente venía con mucho miedo. Los coyotes se pasaban de listos y te amenazaban y te trataban mal. Cruzamos el desierto, la comida no alcanzaba. Recuerdo siempre todo lo que vimos en el desierto los nueve días que caminamos; zapatos, pantalones, esqueletos. Esas imágenes las tengo muy fijas.  Las dos mujeres que venían con nosotros se quedaron en una brecha. La comida en el desierto no alcanzaba, nos íbamos comiendo la comida que encontrábamos tirada de otros que la habían aventado, seguramente igual que nosotros cuando nos correteaba la migración que aventábamos todo y corríamos. Cuando nos recogieron pasando el retén nos llevaron a una casa de no sé quién en Houston. Ahí pasamos una noche. 

La segunda noche me secuestraron, eran unas personas que venían presentados con placas de policías. Entraron, nos despertaron. Me agarraron, me subieron a la camioneta y me dijeron que tenía que pagar otros tres mil dólares. Nos levantaron de la cama con pistola, a las personas que nos cuidaban en la casa donde estábamos, los golpearon y los amarraron. Nos llevaron a una casa y nos dejaron en una bodega como diez días, encerrados, no veía ni la luz, a obscuras. Ellos tomaron de las libretas donde estaba todo apuntado, la información de lo que habían pagado nuestros familiares, así que contactaron a mi hermano y él tuvo que dar otros tres mil dólares para que me soltaran. Se aprovecharon y cobraron más de lo normal y de por sí el viaje en el 2012 me había costado ciento ochenta mil pesos mexicanos. Me tardé un año de mi sueldo para pagarlo.”

Don Abel cuenta que esos diez días de encierro, hasta la fecha lo persiguen y le roban el sueño.

-Después de ahí me fui con otro coyote a su casa, esperamos a mi primo y nos vinimos a Vermont, creo que más de cuarenta y cinco horas. De inmediato llegué a trabajar a una granja. Trabajaba todos los días once o doce horas y sólo tenía un día de descanso. Luego me cambié a otra granja lechera y ahí estuve ocho meses porque nos trataban mal. Nos apuraban todo el tiempo. Era un rancho de tres mil vacas y había diecisiete trabajadores. Me pagaban $9.50 la hora y me quitaban impuestos. Estábamos en unas casas trailers cinco personas con sólo dos habitaciones. No había seguridad en esas “trailas”. Hasta que un día se quemó la traila, se incendió y cada quién tomamos nuestro camino. Luego me fui a otra granja cerca de South Royalton con otro primo que me ayudó y estuve ahí más de un año. Posteriormente me cambié a otra en la que tengo ya varios años, hasta ahora que me estoy yendo pal norte”

Parte de afuera del establo en la granja en el Northeast Kingdom, Vermont. Foto de María Clara de Greiff

 

-¿Qué es lo que más extraña usted?

-Mi familia, siempre la he extrañado. Es lo que más me hace falta y el clima, porque al frío no es fácil acostumbrarse.

-¿Cómo ha cambiado su rutina ahora con el coronavirus?

-Creo que nos sentimos más aislados.

 

Don Abel familiarizándose con las terneras. Northeast Kingdom, Vermont. Foto de María Clara de Greiff

 

Para finalizar mi conversación con Don Abel le pregunté si creía en el sueño americano a lo que respondió:

-Yo me siento bien porque al igual que todos los mexicanos que nos cruzamos, venimos a buscar el sueño. Mi sueño es regresar con la familia ya que tenga unos terrenitos para cultivar allá.

Don Abel en su nuevo trabajo. Northeast Kingdom, Vermont. Foto de María Clara de Greiff

 

A Don Abel y sus manos de sobreviviente dedico esta columna.

mcdegreiff@yahoo.com.mx


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