Una casa con amplio patio, jardín lleno de rosas y todas las croquetas que pudiera desear es lo que un finísimo y elegante perro como yo, amerita, pero el hecho de que pueda vivir tranquilo y en paz con la persona que más quiero, doña Caro, es la gloria. Los días eran bellos y la vida era feliz, hasta el día en que las conocí.
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Una mañana en víspera de reyes, doña Caro estaba pintando la puerta del patio cuando me enteré que tendríamos visita, se trataba de un trío de niñas que le habían encargado mientras sus papás llevaban las cartitas al correo. Nunca antes había pasado esto, no las conocía ni ellas se conocían. Llegaron calladitas luciendo sus vestidos almidonados y calcetas blancas. Una se llamaba María Elena, otra María Manuela y la última María del Carmen, el primer nombre como herencia de la abuela, pero también como una forma de referirse a tres auténticas almas de Judas.
Las tres estaban sentaditas en la sala, se miraban de reojo unas a otras como pensando “¿Y estas quiénes serán?”. María del Carmen al verme lo hizo con ojos tiernos, pero amenazadores, por lo que me volteé esperando que mi indiferencia la hiciera desistir de tocarme.
La tía Caro, como en lo sucesivo le dirían, les pidió que esperaran ahí, quietecitas, mientras se daba un baño para salir y llevarlas al parque a comprar un helado con lo que se iluminaron sus caritas con una tierna sonrisa, la cual se fue desvaneciendo poco a poco y claramente pude leer en sus pensamientos al mirarse de soslayo “¿Un helado? Pero si somos tres, tengo que hacer algo para que sea mío y no de esas”. En sus mentes se echaba a andar la maquinaria de la travesura que fue enfriada por el recuerdo de lo dicho por uno de los papás “Pórtense bien o los reyes no les traerán nada” y mi alma descansó tanto como estaba descansando mi cuerpo sobre el cálido cojín en donde estaba.
En la sala solamente se escuchaba el tic tac del viejo reloj de pared como si fuera mi pulso que poco después se aceleraría ante la tensa calma. María del Carmen no dejaba de mirarme y justo cuando se deslizó para alcanzar el suelo, el instinto de sobrevivencia se avivó como nunca lo había hecho y me levante de súbito. Ella se acercaba amenazadoramente ¿Qué quería? Era obvio que deseaba hacer algo para ganarse el helado prometido, se le veía en la cara, pero ¿Por qué conmigo? Me asusté y emprendí la huida, más mi condición de atleta se puso a prueba y al llegar a la puerta me faltó el aire. Sentí unas pequeñas manos rodearme el cuerpo para cargarme y llevarme al jardín ¡Oh Dios!
Las otras niñas al ver que alguien había tomado la iniciativa, hicieron lo propio y de un brinco abandonaron sus lugares. María Elena se fue al patio y María Manuela se fue a la cocina. Como todo perro pude oler sus intenciones.
María del Carmen quería bañarme, así que tomó la manguera y abrió la llave provocando un terror inesperado ¡Patas, ¿Para qué las quiero?! Con los ojos saliendo de sus órbitas tanto como el corazón de mi pecho, corrí por mi vida. Pasé por la cocina donde María Manuela se había propuesto congraciarse con la tía Caro haciendo galletas y ya había sacado quién sabe cómo los ingredientes de la alacena. Había puesto harina, leche y azúcar, mientras luchaba por bajar la batidora. Las patas se me resbalaban en mi loca carrera y por más que me esforzaba no avanzaba, sólo parecía flotar en el aire hasta que en el último momento casi al ser alcanzado, pude escaparme. Atravesé el comedor y llegué nuevamente a la sala donde salí por la puerta principal y me encontré a María Elena continuando la obra de la tía Caro, brocha en mano y orgullosa de haber dado nuevo color a las macetas, previo charco de pintura en el suelo que no vi a tiempo y que contribuyó para que yo dejara un camino de huellas por el pasillo lateral de la casa que conduce al jardín.
Ahí me escondí debajo de los rosales tratando de evitar que el jadeo me delatara. Pasó un minuto de calma hasta que de pronto una voz aterradora inundaba el lugar “Perrito, perrito, toma, ven”. No me quise mover para no ser descubierto, pero un nuevo sonido motivaba que el pánico se apoderarse de la situación, el chorro del agua que manaba de la manguera se escuchaba cada vez más y más cerca. Me fui replegando todo lo que pude hasta que ¡Guau! Una espina del rosal pichó mi colita haciendo que yo saliera a toda prisa derribando a la niña y echándose la manguera encima. No me detuve a ver qué pasaba, estaba tan aterrado y dolido que no supe cómo entré nuevamente a la cocina conde María Manuela vertía harina en el tazón de la batidora y la silla donde ella se subió para alcanzar la mesa, se interpuso arteramente entre yo y la libertad, por lo que no me dejó más remedio que embestirla y hacer que la batidora se accionara provocando una nube de harina que cayó en la cara de esa chiquilla quien colgaba sin el apoyo que yo le había derribado.
Otra vez en el patio, María Elena se peleaba con la brocha que se le había pegado en la mano, no podía abrir los dedos por más esfuerzo que hiciera. Yo llegué a toda velocidad y como la tomé distraída no pude esquivarla, así que le di un fuerte empellón que hizo que fuera de bruces contra el charco de pintura.
Todo ese alboroto hizo que la tía Caro llegara corriendo envuelta en una bata y con toalla en la cabeza “¡Dios mío! ¿Qué pasó?” y tal grito hizo que las tres niñas se congregaran con la siguiente presentación en cara y cuerpo: María Elena con pintura, María Manuela con harina y María del Carmen con lodo. A las tres apenas si se les veían los ojos que parpadeaban tan cómicamente que mi tensión pasó a hilaridad en un segundo. Al comprender que su afán de querer sobresalir por ganarse el premio se tradujo en una travesura hecha y derecha, ni siquiera protestaron al llevarlas a bañar y se quedaron quietecitas el resto del día.
La tía Caro lejos de reportar el desmán que habían armado, cuando las estaba vistiendo dijo “¡Qué más da! es víspera de reyes” y nos llevó al parque por el helado prometido. Para sorpresa de todos lo que se sirvió fue una canasta con tres bolas de helado, decorado con mermelada y acompañado por galletas de forma circular. La tía Caro pidió tres cucharitas para que cada quién disfrutada del sabor de la vainilla, la fresa y el chocolate.
Casualmente el nombre de ese delicioso manjar es Tres Marías.