Viva la Matria

Miércoles, Septiembre 16, 2020 - 12:35

Mi madre me enseñó a querer un país que ya no reconozco

Licenciada en Relaciones Internacionales UDLAP. Maestra en Políticas y Administración Pública Tecnológico de Monterrey. Diplomado en Migración y Gobernanza del CIDE. Fue Diputada local y federal. Actualmente Regidora de Puebla

Este cuernito de color rojo es México -me decía mi madre señalando un globo terráqueo que tenía la base rota, y que se la pasaba siempre rondando de un sillón a otro, al librero y después a la cama- un día vamos a regresar, allí nacimos los tres, decía para incluir a mi padre.

Consta en una grabadora amarilla de carretes de los 60´s cómo mis padres habían adoptado el acento venezolano, después de varios años viviendo en Maturín, estado de Monagas, donde mi padre tenía una lavandería que daba servicio a un campo petrolero, y consta también mi voz de muy niña gritando “México!”, cuando mi mamá decía “Viva”. Era mi gracia mayor, según ella.

Antes del derrocamiento de la dictadura militar de Pérez Jiménez en enero del 58, mi padre ya vivía soltero en Venezuela, y había pasado un par de meses en prisión acusado falsamente de espía de la CIA, por su condición de extranjero y políglota. A la llegada de mi madre en el 59, los retenes militares eran comunes en Venezuela, la instauración del régimen democrático de Rómulo Betancourt, aparentemente los necesitaba para asegurar la paz después de que al ex dictador huyó para cobijarse con su compinche Trujillo de la República Dominicana, a bordo de su avión “La vaca sagrada”.

Cuando regresamos a Puebla en 1965, mi hermana Gabriela y yo, tuvimos que empezar a usar zapatos, vimos por primera vez una televisión en casa de mis abuelos, un supermercado en el edificio Lastra y un cine con techo y butacas en la avenida Reforma. No había sapos cuando abrías el escusado, no se metían monos a columpiarse en la lámpara del comedor, ni visitaban las iguanas el patio central de piso de Santo Tomás, donde solo había macetas con piñanonas.

Mientras Venezuela empezaba con dificultad su periodo de democracia y desarrollo, nosotros habíamos llegado al México de la dictadura perfecta, del priísmo pujante y totalitario, el que vería solo tres años después, en el 68, el principio de su lenta agonía como partido hegemónico.

Hoy soy una liberal que considera el nacionalismo una ideología que engendra demonios, no patriotas, y digo Viva México más con esperanza que con alegría festiva,  no creo en las cornetas y las serpentinas de un día, le tengo más confianza al escepticismo activo que al entusiasmo que se desborda.

No creo haber logrado lo que mi madre, probablemente mis hijos consideren irse a un país donde no haya presidentes que huyen todos los días en su discurso de las 7 de la mañana, que simulan rifas de “vacas sagradas”, que hacen de la democracia una coreografía a mano alzada, un montaje teatral en cada plaza del país llenando hojitas de firmas.

Mi madre me enseñó a querer un país que ya no reconozco, se empeñó en traernos de vuelta para vernos crecer en un país próspero, yo no se si pueda retener a mis hijos en él. No les enseñé a amar un país que pretende alienar a los jóvenes en lugar de educarlos, que simula proteger a las mujeres, que está engañando a la gente del campo, que promueve las bondades de tener un solo par de zapatos en lugar de apoyar al que quiere poner una zapatería.

Ellos aman la libertad y la democracia, fueron educados para tomar sus propias decisiones, elegir su destino y decidir si quieren envolverse en la bandera y tirarse de una torre, o empacar e irse a un país donde el presidente no le cambia de nombre y de uniforme al ejército para simular haber cumplido con un compromiso de campaña.

Tal vez me dejen sola haciendo el ridículo con mi banderita un 15 de septiembre, gritando Viva México bajo cualquier circunstancia y en cualquier estado de ánimo, incluso sin saber qué significa exactamente, como en aquella grabadora de los 60´s, pero yo estoy contenta, como mi madre entonces, de haberlos llevado al puerto seguro de la única forma de acercarse a la felicidad, el amor a la libertad.


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