El 11 de septiembre de 2001, presencié por televisión en vivo, cómo dos aviones de línea comercial se estrellaban contra las Torres Gemelas, el símbolo del poderío económico del imperio americano. Solo unos meses antes, era yo un estudiante precisamente en Nueva York y había estado justo en el último piso de las torres, en The Best Bar on Earth, festejando mi graduación.
Comentábamos en aquella reunión de amigos, hace más de 20 años, precisamente sobre el increíble poder sin competencia que representaban los norteamericanos respecto al resto del mundo.
Más artículos del autor
Ya no existía la Unión Soviética y la Federación Rusa atravesaba problemas en su proceso de construcción de una Empresa-Estado, de la mano de las poderosas mafias que controlaban el país.
La Unión Europea seguía discutiendo temas migratorios y de equilibrio de su moneda, el euro, ante la debilidad económica y educativa de algunos de sus miembros, siempre en crisis internas.
China seguía consolidándose como un gigante económico, militar, tecnológico, financiero e industrial, ante la arrogancia de Occidente, que los consideraba aún, como un lugar "de mano de obra barata" y de nuevos ricos que llenaban las boutiques de lujo, en una demostración de derroche y excesos.
Ese 11 de septiembre del 2001 comenzó la caída del imperio a manos de unos "ignorantes talibanes", que lograron coordinar con precisión quirúrgica un ataque terrorista, ante la completa ineptitud de los supuestamente infalibles servicios militares y de inteligencia del país más poderoso del planeta.
El ataque no fue con bombas. Los "pobres y tercermundistas" terroristas, utilizaron aviones comerciales como misiles, llenos de pasajeros civiles inocentes, que destrozaron las Torres Gemelas, el símbolo del poderío económico americano; el Pentágono, símbolo de su inmenso poderío militar; y estuvieron muy cerca de impactar un cuarto avión, en la Casa Blanca, símbolo del poder político y centro de comando del imperio "invencible", que cuenta con la CIA, el FBI, su poderoso ejército, con sus Rangers, Deltas, Marines y Seals, que no fueron capaces de prever, impedir o repeler esos ataques impensables.
La inteligencia sirve para prever o saber lo que el enemigo hace o planea hacer, para estar un paso adelante. Esos infames ataques terroristas, mostraron al mundo que mucho de lo que los americanos presumían era pura ficción, vendida en gran medida por las numerosas producciones de Hollywood, que presentaban una realidad que solo existía en la mente de escritores y productores de películas y series. El costo fue enorme en vidas, en dinero y en la forma en la que los seres humanos comenzamos a viajar a partir de esa fecha.
En el 2008 se cayó la economía mundial y se mostró lo endebles y débiles que eran los alfileres que sostenían todo el sistema financiero en Estados Unidos y su impacto en todas las economías del planeta.
Una crisis inmobiliaria puso al descubierto una sociedad corroída por la avaricia y la corrupción. Un sistema político coludido con las corporaciones multinacionales, bancos de inversión y sus directivos, que tienen a veces, más poder y recursos que naciones-Estado.
En el 2001 a los estadounidenses se les cayó el teatro de su "invulnerabilidad", poderío militar e inteligencia. En el 2008 quedó al descubierto lo vulnerable de su sistema financiero y bursátil. Ahora, en el año 2020, en el marco de una pandemia global, se ponen en evidencia los efectos de la soberbia norteamericana, al minimizar el avance de China en todos los aspectos.
El COVID-19 cerró al país más poderoso de la Tierra. Sus malls, restaurantes, cafés, tiendas de súper lujo y museos, cerrados.
Hoteles, centros de esquí, de verano, casinos, estadios de béisbol, básquetbol, hockey, fútbol americano, soccer, cerrados.
Las aerolíneas al borde de la quiebra.
Las calles vacías en lugares como Nueva York, Miami, Los Ángeles y Chicago.
Sin disparar una bala o un misil les drenaron los mercados, y empresas chinas, rusas, indias y árabes, compraron a precios muy bajos, grandes porcentajes de acciones en empresas norteamericanas o de propiedad compartida.
Los chinos recuperaron su participación accionaria en empresas europeas y americanas.
Al estallar la crisis del coronavirus en Wuhan, el valor de sus acciones se fue al suelo y los genios de Wall Street, Frankfurt y Londres, no se dieron cuenta que los chinos estaban comprando a valores mínimos las acciones de las cuales ellos se estaban deshaciendo.
El mundo cambió y China se levanta como la nueva potencia mundial, aliada con Rusia.
Solo habrá que dar tiempo para que el resto de los países asiáticos, como India, Irán y los árabes dueños del petróleo, alineen intereses por la sencilla razón de estar en la misma región.
Las empresas trasnacionales, cuya única lealtad es a los rendimientos, no tardarán en aumentar sus ya cuantiosas inversiones en China, que les ofrece un costo de mano de obra más bajo, tecnología de punta, protección a la omnipresente legislación y abuso de las instituciones norteamericanas y las ventajas que representa siempre "lo nuevo" sobre "lo viejo”.
En la siguiente década veremos los ajustes y reacomodos de un nuevo orden mundial, que seguirá trayendo consigo conflictos bélicos, guerras financieras y al parecer también, guerras de enfermedades producidas en laboratorios.
Oscar Gómez Cruz
https://www.facebook.com/GomezCruzOscar/
https://es-la.facebook.com/2Tres15/
https://www.instagram.com/2tres15/