Vivir lo que nos está tocando enfrentar es algo que tres generaciones que hoy convivimos en este planeta Tierra, nunca habíamos experimentado.
Durante las dos Guerras Mundiales del siglo XX, en Europa, en parte de Asia y el Norte de África, las personas que pudieron hacerlo, tuvieron que quedarse en sus casas para evitar balas y bombas.
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Nuestra generación está en un encierro obligado a nivel mundial, para evitar un bicho invisible altamente contagioso llamado SARS-CoV-2 o para el común de los mortales, conocido como Coronavirus.
Pero veamos.
A raíz de su brote inicial en la provincia de Wuhan, China, a finales de noviembre del 2019, se pasó de la "noción" de un virus peligroso allá en Asia, al pánico de vivir una pandemia global que ha implicado el paralizar la vida en todo el mundo tal y como la conocíamos.
Fábricas, tiendas, centros comerciales, restaurantes, cafés, escuelas, universidades, oficinas de gobierno, aeropuertos, hoteles. Todo cerrado. Todo paralizado, como si estuviéramos viendo un capítulo de The Walking Dead.
A nivel global, la recomendación es "quedarse en casa"; y en los lugares más afectados se pasó de la mera sugerencia a la Ley Marcial. O sea que te arrestan si sales de tu casa sin una razón de fuerza mayor.
Lo razonable en términos económicos, es sin duda que los gobiernos den apoyos de toda índole a sus factores de producción, de otra forma, si la pandemia se prolonga, el daño será catastrófico. La lógica es simple: no salgan a la calle, así evitamos contagios y logramos que el paro en la vida normal de las personas dure menos. De esta forma regresaremos todos cuanto antes a trabajar, producir, estudiar y con ello, la economía retomará su curso lo antes posible.
Suena razonable. Tiene sentido que ante una situación de contagios exponenciales (una persona enferma es causante del contagio de cientos), y para evitar el colapso de los servicios de salud, nos quedemos todos en casa, pero a pesar de ello, diferentes jefes de Estado a nivel mundial, minimizaron, desatendieron y hasta se burlaron de la situación. Poco razonables por decir lo menos.
Algo sumamente interesante es la situación sociológica que toda esta pandemia ha generado.
Por principio, el miedo al contagio, seguido del confinamiento en casa y el distanciamiento social, seguido por más miedo a las consecuencias económicas que vendrán "cuando todo pase" y entonces llega el miedo al "ahora" porque estamos en casa, en lugar de estar donde sea que siempre estábamos cuando podíamos salir. Y todo ese cúmulo de miedo se traduce en ansiedad.
Esa idea que siempre nos atormenta a los que trabajamos de "poder pasar más tiempo con la familia", de pronto se transforma en ansiedad porque los niños regresen a clases, la pareja a su trabajo, a sus salidas con amigos y con amigas.
Ese anhelo de "tener tiempo para hacer ejercicio" se transforma en apatía y ese objetivo de "leer más" se ve nublado por la ansiedad de "regresar" a la "vida normal", porque el encierro es desesperante y aburrido.
En resumen: con nada estamos contentos.
Nadie quiere una pandemia. Los efectos económicos serán muy duros. Personas morirán. No es una situación agradable sin lugar a dudas, pero para todos aquellos que tienen la oportunidad de quedarse en casa, es una oportunidad enorme para hacer todo aquello que la vida ajetreada en la que vivimos, no nos permite hacer:
- Leer un libro.
- Platicar con la pareja.
- Hacer ejercicio.
- Convivir con los hijos.
- Meditar.
- Estudiar.
- Planear un nuevo proyecto.
Si esta pandemia, el encierro, el mantenerse en casa y el tiempo para hacer algo más que trabajar, no nos deja como individuos ideas nuevas, un libro leído, kilos de menos, amor por nuestros hijos y pareja y entender que somos muy afortunados de estar vivos, no habremos aprendido nada.
Oscar Gómez Cruz
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