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Opinión



Intelectuales transformativos

Domingo, Octubre 6, 2019 - 16:25
 
 
   

El proceso de degradación del estatus social de la docencia inició hace muchas décadas.

Personalmente he sostenido que el hecho de ver a los profesores como intelectuales nos capacita para empezar a repensar y reformar las tradiciones y condiciones que hasta ahora han impedido que los profesores asuman todo su potencial como académicos y profesionales activos y reflexivos. Creo que es importante no sólo ver a los profesores como intelectuales, sino también con-textualizar en términos políticos y normativos las funciones sociales concretas que realizan los docentes. De esta manera, podemos ser más específicos acerca de las diferentes relaciones que entablan los profesores tanto con su trabajo como con la sociedad dominante.

Henry Giroux, Los profesores como intelectuales transformativos, p. 176.

http://otrasvoceseneducacion.org/wp-content/uploads/2017/10/Los-Profesores-como-Intelectuales.pdf

 

La recientemente aprobada (contra) reforma educativa del sexenio que inicia se ufana de haber rescatado a los maestros de una evaluación que falsamente califican de punitiva y de una especie de complot o conspiración que buscaba devaluarlos atribuyéndoles la responsabilidad absoluta de la desastrosa calidad de la formación de los niños y jóvenes de este país.

Los legisladores y funcionarios de este gobierno, comenzando por el mismo presidente López Obrador se declaran orgullosos de una legislación secundaria que según ellos, devuelve la dignidad a los profesores después de esa especie de época obscura y malévola de los gobiernos neoliberales.

Sin embargo, ni la reforma educativa del 2013, impulsada por el gobierno de Peña Nieto y aprobada por todos los partidos en el marco del entonces llamado “Pacto por México” ni la contrarreforma actual han tomado en serio el papel de los maestros reales, de los que día a día entregan su trabajo profesional para formar a las futuras generaciones de mexicanos.

En la realidad, el proceso de degradación del estatus social de la docencia inició hace muchas décadas, desde que el viejo sistema priista se construyó sobre la base de pactos corporativos que intercambiaban apoyo electoral y político incondicional por libertad absoluta a los líderes obreros, campesinos, populares y magisteriales que se enriquecieron uno tras otro y con total impunidad, sexenio tras sexenio.

Mediante este pacto el Estado renunció a la rectoría del sistema educativo y los gobiernos sucesivos se deslindaron simultáneamente de la formación de los niños y jóvenes del país y de los profesores, dejando ambos espacios en manos de las cúpulas sindicales.

Todos los esfuerzos se concentraron de manera casi exclusiva en la ampliación de la cobertura educativa, dejando de lado o cediendo a los liderazgos magisteriales el manejo un buen porcentaje de los recursos del presupuesto destinado a la educación, con el consecuente deterioro de la calidad de la formación que nos llevó desde hace ya mucho tiempo a ser lo que Gilberto Guevara Niebla llamó en su ya clásico artículo de 1991: “Un país de reprobados”.

Este artículo puede consultarse en: https://www.nexos.com.mx/?p=6217

Por otra parte, el proceso de especialización y división del trababajo en el campo de la educación hizo que se desarrollaran campos específicos como el del diseño curricular que fueron encargándose progresivamente del análisis y definición de lo que se debía enseñar en cada grado y nivel escolar, haciendo que los profesores se convirtieran en meros operarios de lo que se diseñaba en oficinas muy lejanas a las aulas escolares y sus realidades complejas tal como lo señalaba Angel Díaz Barriga en su libro: El docente y los programas escolares. o institucional y lo didáctico, que puede consultarse aquí: https://www.dgespe.sep.gob.mx/public/gt-en/acuerdos/subcomisiones/RC/17-19Ene2011/material/El%20Docente%20y%20los%20Programas%20Escolares.pdf

De manera que por un lado, el escenario político fue desplazando al docente relegándolo a un papel secundario que respondía a una lógica gremial y electoral más que pedagógica y el desarrollo técnico-disciplinar del campo educativo lo fue reduciendo a un papel meramente instrumental.

Con todos los errores y problemas que tuvo  -que tendrían que haberse resuelto en un proceso de mejora continua en lugar de decretar su desaparición- el Servicio Profesional Docente de la reforma anterior establecía un camino hacia la profesionalización del docente y la posibilidad de construcción de una carrera dentro del magisterio basada en sus propias decisiones de formación y en sus méritos.

La contrarreforma educativa recientemente aprobada vuelve a dejar a los docentes reales –los que están frente a grupo todos los días buscando educar a los ciudadanos que este país necesita- atrapados en la dinámica de doble dependencia

-entre la SEP que nuevamente centraliza todo y los liderazgos sindicales que volverán a incidir de manera decisiva en el otorgamiento de plazas y en las promociones- que señalaba ya Don Pablo Latapí Sarre.

¿Qué hacer para no caer en la desmoralización ante este escenario? ¿Cómo no sucumbir ante la desilusión de las reformas que señala Carbonell como uno de los obstáculos centrales que impiden la innovación educativa?

Me parece que el desafío está ahora en el terreno de cada uno de los profesores y profesoras realmente comprometidos con su tarea para impulsar desde abajo una resistencia positiva frente a la lógica prevalenciente que subordina las auténticas necesidades formativas de los millones de educandos a los intereses político-partidistas de los grupos de poder.

Para emprender esta tarea y organizar la esperanza, considero muy relevante la propuesta de Giroux de construir una concepción social del docente como intelectual transformativo que desarrolle todo su potencial como académicos y como profesionales activos y reflexivos.

Por el contacto que tengo con las nuevas generaciones de profesores en servicio y con los estudiantes normalistas y universitarios de áreas educativas creo que están dadas las condiciones para ello y que respecto a esta contrarreforma regresiva: “nada está escrito, tampoco lo peor” como diría Edgar Morin. 


Semblanza

Martín López Calva

Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala, maestro en Educación superior por la misma universidad y en Humanismo universitario por la Universidad Iberoamericana Puebla. Ha sido dos veces “Lonergan Fellow” por el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007). Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación y enlace de la UIA Puebla en el campo estratégico de “Modelos y políticas educativas” del sistema universitario jesuita (SUJ) desde agosto de 2007 hasta marzo de 2012 y académico de tiempo completo en esta universidad desde abril de 1988 hasta marzo de 2012 donde obtuvo el reconocimiento de académico numerario e imparte hasta la fecha cursos de licenciatura y posgrado en el área de Educación. Tiene experiencia docente a nivel de licenciatura, posgrado y formación de profesores en la UIA Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, Universidad de las Américas Puebla, Universidad Anáhuac y otras desde 1988. Actualmente es Director académico de posgrados en Artes y Humanidades de la UPAEP. Ha publicado diecisiete libros sobre temas educativos (los más recientes: Educación humanista –tres tomos- en Ed. Gernika y Gestión curricular por competencias en educación media y superior, en coautoría con Juan Antonio García Fraile), diez capítulos en libros colectivos y alrededor de 45 artículos en revistas de educación.

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