Sin lugar a dudas, creo que si cambiamos los conocimientos y mejoramos las actitudes de las generaciones venideras; quienes hoy son niños se convertirán exitosamente en un electorado clave con influencia en mejoras ciudadanas, sociales, políticas, económicas y demás a largo plazo.
Hoy en día, las instituciones educativas se encuentran entre las organizaciones con mayor importancia, extensión y estrategias para la educación cívica a lo largo de nuestro país; pues el fortalecimiento y educación de la ciudadanía desde la infancia es de vasta importancia como base de las futuras generaciones. El papel de estas instituciones es fundamental, pues con programas sistemáticos, contribuyen a que los conocimientos, actitudes y habilidades marquen la diferencia en los estudiantes junto con las prácticas regulatorias efectivas; siendo esta una de las formas más prometedoras para el avance y fortalecimiento de la educación cívica, en principios, valores y educación democrática y ciudadana.
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Es así como las instituciones educativas pueden influir en un gran número de miembros de una sociedad; es decir, no sólo de los interesados directos (estudiantes) sino de sus profesores, sus familias, amigos y la sociedad en general.
Es ahora que quiero compartir una frase del educador brasileño Paulo Freire, quien dice que nadie educa a nadie, nadie se educa a sí mismo, las personas se educan entre sí con la mediación del mundo. Es decir, toda educación tiene un momento “inductivo”, que implica la toma de responsabilidad del educador. La gran diferencia que hay entre un educador autoritario y un educador radicalmente democrático está en que ese momento inductivo, para el educador autoritario, jamás acaba. Él empieza y termina inductivamente. Él toma las decisiones completamente, constantemente. En cambio, un educador democrático ciertamente incide, pero intenta, durante la práctica, transformar la inducción en compañerismo. Sin entender por el término ser iguales. El hecho de que el educador revolucionario se haga compañero de sus educandos no significa que renuncie a la responsabilidad que tiene, incluso de comandar, en muchos momentos, la práctica. El educador tiene el deber de enseñar y es mediante ese proceso que se enseña aprendiendo y se aprende enseñando. Ahora bien, todos en algún momento somos educandos, pero también educadores, no sólo de la enseñanza formal sino de la vida diaria, de las actitudes ante ciertas circunstancias, de los valores sociales y morales en una relación horizontal pero no de iguales.
Como he dicho en innumerables ocasiones todos, en algún momento de la vida somos ejemplo para alguien más. Es por ello que considero que es momento de iniciar con un programa anticorrupción y anticrimen como el iniciado en Hong Kong en los años setenta con todo tipo de actividades culturales, creativas, artísticas y programas escolares similares como complemento de la currícula reglamentaria y obligatoria de los estudiantes; así como la profesionalización de los maestros en el sentido de educadores democráticos, para contribuir de manera efectiva y significativa a la formación de nuevos ciudadanos.