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Opinión



Una carga histórica

Miércoles, Mayo 22, 2019 - 15:03
 
 
   

Terminarían reeditándose los peores acontecimientos y episodios de “La Guerra Cristera”.

El 2 de julio de 1926 entró en vigor la Ley reglamentaria del artículo 130 de la Constitución popularmente conocida con el apelativo de “Ley Calles” y ante la que se conformaría la “Liga para la Defensa de la Libertad Religiosa”, cuyo líder más representativo y destacado sería don Miguel Palomar Vizcarra.

En las inmediaciones del templo de la “Sagrada Familia” en la Colonia Roma de la Ciudad de México se inició una campaña de recolección de firmas para solicitar la reforma a la Constitución en materia religiosa a partir del proyecto que al efecto habría sido redactado por el prominente constitucionalista mexicano Manuel Herrara y Laso.

La campaña en cuestión culminó con la desestimación hecha por el congreso ante la solicitud presentada por diversos prelados, bajo el argumento, por demás discutible, de que los ministros de culto católico al haber jurado lealtad a un monarca extranjero como era a la sazón el Obispo de Roma, estarían en consecuencia privados de los derechos de ciudadanía, requisito exigido por la Constitución para hacer uso del derecho de petición en materia política.

Prolegómenos de un conflicto que culminaría con una cruenta guerra civil de tres años denominada la “Cristiada” y cuyas secuelas, una vez firmados los acuerdos de paz en junio de 1929, extenderían sus efectos hasta bien entrados los años 40 en medio de la actuación clandestina en México de muy diversos grupos que desplegaban sus actividades en medio de la conflagración mundial.

Ante los acuerdos suscritos por el episcopado con el presidente Portes Gil en junio de 1929 mediante la intervención del embajador Morrow de los Estados Unidos, diversos componentes de las fuerzas insurrectas desplegaron sus actividades políticas teniendo en consecuencia que , en 1937, antiguos combatientes “cristeros” dieron vida a la Unión Nacional Sinarquista; en tanto que algunos de los otrora militantes de la “Liga para la Defensa de la Libertad Religiosa” como lo fuera a la sazón Efraín González Luna, darían vida el 15 de septiembre de 1939 al Partido Acción Nacional.

Manuel Gómez Morín a diferencia de muchos de los miembros fundadores habría estado ajeno del todo a la insurrección cristera, sus actividades opositoras al régimen habrían estribado en su participación una década atrás en la campaña presidencial de José Vasconcelos, antes de lo cual, no lo olvidemos, había colaborado con el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles como fundador del Banco de México.

Por sugerencia de Efraín González Luna, el partido adoptó su nombre bajo la inspiración de “la acción francesa”, movimiento populista católico fundado en Francia por el escritor y político de extrema derecha Charles Murras.

Es en el discurso inaugural del 15 de septiembre de 1939 donde Gómez Morín citaría un texto de la autoría de José Martí: “mover las almas en una brega de eternidad”,  la misma que, de más estaría decir, no sería, en consecuencia de la autoría de Manuel Clouthier,  como erróneamente lo llegó a señalar una reciente aspirante presidencial y actual senadora por las siglas del PAN.

Décadas de verdadera brega caracterizaron al PAN, hasta que logró iniciar un despegue incipiente en los años 70 bajo la conducción del más brillante y destacado líder que habría tenido el PAN en toda su historia como lo fuera mi admirado maestro José Ángel Conchello Dávila.

Expansión que al efecto derivó en una grave crisis de crecimiento a grado tal de que en 1976, la asamblea partidaria no logró consolidar el consenso necesario para postular candidato a la presidencia de la República.

La nacionalización de la banca decretada por López portillo el primero se septiembre de 1982 fracturó los equilibrios internos de la vida institucional del país, motivo por el que muchas inconformidades sociales se encausaron por medio del PAN, coincidiendo ello con el fenómeno desplegado en el planeta entero durante los años 80 a partir del ascenso al poder de Reagan y Thatcher, y conocido por la prensa internacional de la época bajo la emblemática designación de la: “Revolución Conservadora”.

La Consigna del PAN durante la campaña de elecciones intermedias para renovar al Congreso llevada a cabo durante el año de 1985 fue: “vota por la nueva mayoría”, lema que ciertamente se ajustaba a la tendencia histórica imperante en el momento, el PAN iniciaba una etapa de expansión que culminaría años después con la conquista del poder presidencial.

El país vivió bajo los gobiernos del PAN una década que prolongó el escuálido crecimiento económico que se enquistaría en las políticas económicas del país desde principios de los años 80 y que pareciera que el cambio de gobierno no se atreve a la fecha a dejar de lado.

Por lo demás, en su último período, enrolaría al país en una espiral de violencia generalizada, fiel al principio freudiano que establece: “origen es destino”, dado que en la “Guerra contra los Drogas”, terminarían reeditándose los peores acontecimientos y episodios de “La Guerra Cristera”.

Lo anterior, incluso, mediando episodios judiciales en el que se vieron involucrados altos mandos del ejército mexicano en medio de intrigas que rememoraban en mucho el célebre “caso Dreyfus” a cuyo escandaloso tenor emergería a la palestra de la opinión francesa el modelo de González Luna: Charles Murras, : “tropas de María sigan su bandera, no fallezca nadie vamos a la guerra”.

Coptado en el pasado reciente por liderazgos autoritario ,  descabezados en trágicos sucesos de reciente recordación, sin respaldo nacional d ellos electores, y habiendo cancelado su renovación generacional, máximo de sus baluartes durante los días de expansión de la “Revolución Conservadora” a grado tal que llegó a nominar a la presidencia de la República a una persona que desconocía por completo los discursos de Gómez Morín, hoy el PAN tiene como única salida en puerta rodearse de líderes sociales que eventualmente puedan inyectarle nueva savia.

albertoperalta1963@gmail.com


Semblanza

Atilio Peralta Merino

Nací en ésta ciudad, en la sala de maternidad “Covadonga” de la Beneficencia española, “tal vez un jueves como hoy de otoño”, dijera parafraseando a Cesar Vallejo, y de inmediato me trasladé a las islas del Caribe, entre brumas mi primer esbozo de recuerdo es el vapor de un barco que desembarcó en la Dominicana, Isla a la que jamás he vuelto y que no registro en la memoria consciente, desconozco si habríamos arribado a “Santo Domingo” o si todavía sería “Ciudad Trujillo” acababa de tener verificativo la invasión auspiciada por la OEA y, al decir de mi señora madre, era en ese momento el lugar más triste que habría sobre el planeta tierra. Estudié orgullosamente con los jesuitas hecho que me obliga a solazarme en la lectura de james Joyce, y muy particularmente en “El Retrato del Artista Adolescente”, obra que conocí gracias a mi amigo y compañero de andanzas editoriales juveniles Pedro Ángel Palou García, y asimismo orgulloso me siento de mis estudios en leyes en la Escuela Libre de Derecho pese a los acres adjetivos que le endilga a la escuela José Vasconcelos en su “Breve Historia de México” al referirse a otro egresado de la “Libre” como lo fuera el presidente Emilio Portes Gil. Crecí escuchando los relatos de mi abuelo sobre su incursión en los primeros años de su adolescencia en las filas del ejército constitucionalista, sus estudios de agronomía en “Chapingo” junto a los Merino Fernández, su participación en la “Guerra Cristera” al frente de cuadrillas armadas bajo la indicaciones del General Adrián Castrejón quién años después crearía los servicios de inteligencia militar y se convertiría en el gran cazador de espías nazis durante los años de la conflagración mundial, y por supuesto, de los días aciagos del avilacamchismo de cuyo régimen perdería el favor dadas las intrigas que suscitarían su parentesco con el líder obrero Manuel Rivera Anaya. Mi padre por su parte, llegaría a éste país mitad en vieja de estudios, mitad exiliado, habría corrido a su cargo el discurso que en representación de los jóvenes fuese pronunciado ante la multitud reunida en Caracas el 23 de enero de 1958 con motivo de la caída de la Dictadura de Marcos Pérez Jiménez, suceso al que alude Gabriel García Márquez en “El Otoño del Patriarca, matriculándose en la entonces Escuela Nacional de Economía que, muy pocos después, se transformaría en la “facultad” gracias a la brillante intervención de la maestra Ifigenia Martínez. “Soy todas las cosas por las que voy pasando”, he tenido en suerte el haber colaborado, o convivido de alguna manera con hombres cuya actuación ha resultado clave en la historia reciente del país, mencionaré a manera de ejemplo y obligado por la más elemental de las gratitudes a los senador José Ángel Conchello y Humberto Hernández Haddad así como y mi entrañable maestro el constitucionalista Elisur Artega Nava ; transformación que conduce por un lado , a darle cabal cumplimiento al deber bíblico de dar testimonio de los sucesos que corren en el siglo, y por la otra a convertirse en un hombre sencillo como dijera Borges: “ que aprecia el sabor del agua, el caminar pausado y la conversación con los amigos”.

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