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Opinión



La Cultura sin mí

Jueves, Mayo 9, 2019 - 18:10
 
 
   

Tiene como ingrediente primordial la libertad de su ser.

Se exacerba la batalla sorda, “la guerra fría” entre los grupos que persiguen el control cultural en Puebla. Varios de ellos han hecho llegar al candidato puntero aquellos proyectos, programas y derroteros que, consideran, deben conformar al ente rector de la cultura estatal. Por supuesto, entre líneas, se enmascaran los perfiles de las mujeres y hombres que, a juicio de cada colectivo, “debieran ser” los titulares ejecutores de ellos. Con su actuación, veladamente susurran en el oído del candidato: “La Cultura, sin mis proyectos; sin mis ideas; sin mí… es nada”. ¿Será verdad esto?

La Cultura, como la Moral, puede ser pública o privada. Cuando ambas interpretaciones se mantienen paralelas fructifican; cuando colisionan se destruyen, pues cada una de ellas tiene como ingrediente primordial la libertad de su ser. A pesar de su vocación libertaria, en lo cotidiano, “mi cultura” y “la Cultura” se entremezclan por momentos y, en su coincidencia, se retroalimentan y fructifican; en ocasiones para bien y en otras para mal; pero, al final, indefectiblemente, cada una de ellas regresa a su ámbito primigenio y en él se mantiene. Así debe ser, porque cuando alguien pretende que “su cultura” sea “la Cultura”, el asunto desemboca en tiranía, con sus consecuentes satanizaciones y “autos de fe” cultural en las plazas. Ejemplos históricos mundiales de ello sobran; en México, por ende, también; y, en Puebla, ¡desde luego! Dos botones de muestra proporcionan sustento a lo aseverado: con Mario Marín bailamos, hasta el hartazgo, con Margarita “La Diosa de la Cumbia”; mientras que con Rafael Moreno Valle, nos saturamos de Alondra de la Parra. Y nadie en su sano juicio se atrevería a descalificar a alguna de ellas, puesto que representan dos facetas de la cultura y, al mismo tiempo, dos tangibles manifestaciones de “mi cultura”, impuestas en “la Cultura”.

Pues bien, este fenómeno de pretender imponer “mi cultura privada”, en “la cultura pública”, es lo que están haciendo, a estas alturas de las campañas políticas, aquellos que buscan determinar la agenda cultural del próximo gobierno, con la no tan velada intención de colocar, o colocarse, como los artífices y desarrolladores de dichos proyectos y programas culturales. Y ¿esto es condenable? ¡De ninguna manera!, siempre y cuando no persigan la meta de que “su cultura” sea “la Cultura” del sexenio. Para no divagar más, vamos a tres ejemplos concretos.

1. Culturas originarias. Desde la Torre de Marfil cultural de la 4ª Transformación, desciende, cual nube piroplástica, la instrucción de reivindicar la cultura de los llamados “pueblos originarios”. ¿Se lo merecen?; ¡sin duda alguna! Su huella histórica es, desde el Nacionalismo revolucionario para acá, el punto de partida de nuestra línea cultural del tiempo. Todos de acuerdo y actuando “que es gerundio”; pero, el abordaje de los proyectos y programas reivindicatorios de dichos grupos humanos se topa, inicialmente, con la definición de “pueblo originario”, a más de las razones por las cuales debemos efectuar su pública redención histórica. El affaire de la “Declaración de Comalcalco”, mostró las dificultades de precisar el “quién”, “cómo” y “por qué” del perdón y la culpa prehispánica o “precuauhtémica” como gustan algunos de nombrar dicha época. Desde luego los olmecas, toltecas y mayas del preclásico y clásico, no entrarían (¿o sí?) en esta reivindicación puesto que se hallaban extintos cuando la Conquista española o Derrota mexica. Por su parte, los tlatelolcas, cempoaltecas, cholultecas y, sobre todo, los talxcaltecas, fueron beneficiarios directos de la caída de los tenochcas. Basado en lo anterior, ¿deberíamos descartar la reivindicación cultural de los pueblos originarios decadentes o extintos ya en el siglo XVI; o, desdeñar las vetas culturales de aquellos pueblos que obtuvieron prebendas y gracias de la Corona Española por su colaboración en la conquista?

Ante este panorama, resulta evidente que “mi óptica cultural (la de la 4T)” impuesta sobre “la Cultura (hoy mexicana y no únicamente ‘orginaria’)”, así sin precisiones ni matices, resulta un despropósito; más aún, si lo aderezamos, como gustan de hacerlo todos sus profetas, con un sesgo catastrofista de rencor, culpa desbordada y un pellizco de venganza hacia todos los que detenten una opinión distinta a su credo reivindicatorio. Siendo así, preciso que, todos de acuerdo en el rescate, revalorización, dignificación y apropiamiento nacional de las culturas primigenias, pero sin que ello limite, impositivamente, a lo originario sobre todo lo demás del acervo cultural que nos significa.

2. Cultura “fifí”.  Me gusta la ópera, lo confieso; el jazz y el rythm and blues; Serrat y Sabina; en mis 20’s enloquecí con Jethro Thull, John Mayall y Joe Cocker, pero también era la época de las Peñas bar y en ellas conocí la música de Los Folcloristas, Mono Blanco, Chabuca Granda, Mercedes Sosa y, desde luego, a Atahualpa y Chava Flores; y, provenientes del Caribe, a Omara Portuondo, Lobo y Melón y, por supuesto, a la Nueva Trova Cubana; Caito y Alfredo Zitarroza.

No sabría precisar si lo ecléctico de mi cultura musical – de la literaria y no se diga de la gastronómica (solo no me gustan las pizzas y las hamburguesas gringas) -, me circunscriben a la despectiva calificación amloista de fifí, pero puedo asegurar, sin rubor, que no me enloquecen las maratónicas sesiones musicales y bailables de los seudo mexicas zocaleros, aunque me encantan algunos de sus atavíos y, sin duda, me sorprenden –con una mezcla de temor y fascinación-, los “voladores” y quetzalines.

Bien, como hijo y heredero de esta vastedad cultural, no podría puntualizar ante un auditorio, o un Plan Estatal de Desarrollo Cultural, cuál es “mi cultura propia de mí y mi pasado personal” y cuál es “la Cultura propia de los demás y del pasado general nuestro”, para que, basado en esa certeza, tomara el atrevimiento de imponer tal o cual criterio o sesgo cultural poblano, mexicano o universal sobre algún otro. ¡Imposible!, de ahí que me parece una perfidia el enviarle a tal o cual candidato, generalidades o perfiles culturales (como está sucediendo) que entre sus líneas enmascaren “mi moral cultural” o la de mi favorito o cómplice para presidir la Secretaría de Cultura poblana.

Por ello sostengo que, aunque lo asegure el mismísimo Andrés Manuel (por el que voté), en materia cultural, la distinción entre lo fifí y todo lo demás, es una reverenda tontería y, por lo tanto, al menos en Puebla, no debe alimentar el enfrentamiento falaz y discriminatorio entre una y otras cuando se decida quién y cómo se ha desarrollar el trabajo de la revivida SC.

3. Talento vs. Género y Número. El talento humano florece a despecho de la envoltura corporal. Esto es una verdad de Perogrullo, pero que en la actualidad, por justas y sobradas razones histórico-ancestrales, se ha contaminado del Género y Número, apuntando a que el fomento y sostén de la creación, recreación y reinterpretación de la cultura debe dividirse, en sus alcances y sostén financiero, por partes iguales entre las mujeres y los hombres. Esta división se justifica por el relego laboral y de desarrollo femenino, y su viabilidad de éxito se sustenta en la escalada educativa que han tenido las mujeres en el último cuarto de siglo. Mujeres más preparadas, demandan mayor participación en el avance del país. ¡Justo y necesario!, pero, a contrapelo de otras áreas de oportunidad laboral, en la Cultura hay una gran presencia femenina (como ejemplo, en Museos de Puebla, el equilibrio es 52% para ellas, contra 48% de ellos). Ahora bien, lo que no hay es una equitativa distribución de los puestos de decisión; en la historia cultural poblana no ha habido una secretaria de Cultura, sino tan solo secretarios.

De tal suerte y considerando estas dos únicas variables (porcentajes de mujeres en la Cultura y nunca encabezar la Secretaría del Ramo), se concluye que es más que idóneo que ahora el cargo debiera ostentarlo una mujer; pero, lo justo, no siempre es lo adecuado, de ahí que en la elección de la persona que habría de conducir el renacimiento de la institucionalidad cultural gubernativa, es preciso tomar en cuenta algo más que el Género y el Número. De esa manera, nadie argüirá engaño, o displicencia, si no se complace a todos los integrantes del sector cultural poblano, como podría suceder, aduciendo que el fracaso cultural se propició porque, en los planes y programas, no me incluyeron a “mí mismo con mi mismidad”: hombre o mujer; joven o viejo; académico o autodidacta; experto o principiante; etcétera… etcétera…

En fin, ante lo expresado apunto que, si queremos fortalecer la Cultura en Puebla, debemos dejar de conjugarla desde el “yo” presente y limitado al hoy, y comenzar a hacerlo desde el “nosotros” futuro y expandido, al menos, a la década 2020-2030.

El lago de los Chismes

1. Se fue Jorge Alberto Lozoya. Deja un moribundo agonizante. Nadie puede atribuirse su dimisión pues, simplemente, huyó.

2. Murió Luis Maldonado Venegas, cuya presencia e influjo cultural en Puebla tuvo auge  por 6 años. Sus favoritos, algunos ya reinsertos en esta administración interina, sufren una fuerte sacudida. ¿Cuáles de ellos continuarán cuando la 4T poblana tome el control? Pocos; quizá, ninguno.

3. David Villanueva Lomelí ha dejado la titularidad de la Auditoría Superior del Estado para irse a la Unidad de Evaluación y Control de la ASF. El cambio deja en el limbo sus planes culturales, que enarbolaba desde la Corresponsalía Puebla del Seminario de Cultura Mexicana, misma que dejó el ostracismo con el impulso y financiamiento de David. Es de augurarse que dicha institución retorne a su  condición testimonial y de ornato y que aquellos que pusieron sus esperanzas de colocarse en la SC por esta vía –en el ya inminente sexenio morenista-, vean frustrados sus anhelos.


Semblanza

Patricio Eufracio Solano

Es Licenciado en Lenguas y literaturas hispánicas por la UNAM. Maestro en Letras (Literatura Iberoamericana) por la UNAM. Y Doctor en Historia por la BUAP.

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