Guillermo Nares Rodríguez
La decisión de Morena para abanderar a Luis Miguel Barbosa Huerta como candidato al gobierno del estado de Puebla solo confirmó las expectativas de una importante franja de electores y de la clase política poblana.
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Más allá de la estrategia para descarrilar al principal actor político de la era post morenovallista, no se puede negar el papel protagónico jugado por el hoy morenista en el periodo de transición política poblana terso. A contrario de la campaña propagandística desplegada para linchar al exsenador y presentarlo como factor de polarización, descalificándolo para contender en las próximas elecciones, Barbosa emergió como el candidato indiscutible de la 4T para Puebla.
No es aventurado tampoco afirmar que resultará triunfador en la elección extraordinaria; la estructura electoral de Morena ganó en amplitud, la antigua elite no pudo desfondarla en el inter de cambio de gobierno; el partido de López Obrador es gobierno en las principales ciudades del Estado, sigue pesando en el electo poblano la imagen del presidente de la república y lo más relevante, los adversarios fueron barridos de la escena pública después de diciembre pasado. Resultaron ser tigres de papel. Su volatilidad tiene explicación: el sistema de control de la clase política morenovallista estaba soportada por el dominio de naturaleza caudillista informal. El control político unipersonal alcanzó a todos los partidos políticos. Los principales liderazgos en Puebla fueron coptados, perseguidos o encarcelados. La oposición desapareció de la escena pública. Las voces discordantes fueron calladas. Los fatídicos sucesos de diciembre pasado provocaron el derrumbe de la estructura de poder.
A diferencia de los procesos de institucionalización política, que suponen rutinas y comportamientos regulares definidos por reglas de funcionamiento, el morenovallismo operó desde una lógica personalísima del uso y abuso del poder público. Todo nacía y moría alrededor del astro rey, nada podría moverse al margen de la voluntad del jefe político. Ninguna fuerza política aspiró a ser contrapeso. Es evidente, al desaparecer la figura política central fuerte, la clase política poblana no solo quedó en la orfandad, se destruyó desde adentro por no tener ya más ni los incentivos para participar como fuerza homogénea ni por haber alcanzado un grado de institucionalización que le permitiera de modo inmediato suplir el liderazgo ausente. De esa situación, el PAN busca como el ave fénix, renacer desde los escombros. Misión que le llevará más de dos meses de campaña. Es tan raquítico su espíritu de lucha y cortedad de miras que hoy solo aspiran a ganar un fantasioso voto útil.
El PRI anda por las mismas, acaso peor sus expectativas. Su estrategia tiende a negociar con el principal candidato algunas posiciones de poder solo que lo hace desde sus miserias. No tiene ya la fuerza suficiente para convertirse en factor de poder, se encuentra profundamente dividido y su poca base electoral, sigue el camino inercial de adherirse a Morena.
Es una realidad insoslayable, que desafortunadamente, aun no es aceptada por el priismo, sin embargo, en el imaginario pesa la imagen de un partido decrépito que decidió venderse en la elección estatal del año pasado a cambio de nada.
El escenario es altamente favorable al candidato Barbosa. No lo es tanto la agenda que tendrá que empezar a abordar de modo inmediato. Es muy claro, al resultar abanderado de Morena y con ello estar a un paso del gobierno estatal, se sacó la rifa del tigre. El escenario político y social poblano es de alta complejidad. En principio tiene que lidiar con la reconstrucción del tejido político. No hay gobierno estable si no se establecen las bases de lo que tendría que ser la configuración de un nuevo pacto político incluyente. Dicho pacto implica abrir canales de interlocución directa con el mayor número de actores posibles sobre bases de colaboración y entendimiento político claro. La sumatoria de esfuerzos, voluntades, ánimos debe ser amplia, inclusiva, no restrictiva. Como lo he señalado en otras ocasiones, de interlocución directa, sin intermediaciones que solo restringen la efectividad de la acción política.
La convocatoria a la unidad política debe entenderse desde las bases del dialogo y la inclusión democrática so pena de hacer de dicho llamado unitario el espacio de oportunidad de lo que bien puede definirse como el “huachicoleo político”. Es decir, la acción de actores provenientes de otras fuerzas políticas (sabandijas les ha llamado la dirigente nacional de Morena) que aprovechándose de las circunstancias buscan sacar beneficios personales de la fuerza política de Morena.
El primer gran reto de Barbosa es impedir que dichos personajes se enquisten en posiciones de poder para reproducir las viejas prácticas no democráticas. Es un dilema porque implica asumir el compromiso para iniciar un liderazgo de carácter democrático en el cual no debe haber cabida para personajes de talante autoritario. Es muy poco lo que estos personajes pueden aportar al proyecto lopezobradorista y lo que Morena les otorgaría es mucho, nada más ni nada menos que limpiarles la cara y volverlos honorables. Es evidente, no lo son porque su trayectoria política y administrativa no solo es oscura, en muchos casos, fatídica.
Resolver esta primera condición es de suma relevancia.
La reconstrucción del tejido político permitirá abordar la agenda pública de Puebla para los próximos seis años. La violencia delictiva de todo tipo sentó sus reales en el estado precisamente porque encontró espacios de acción que dejo al garete el anterior modelo de dominación política. La elevada tasa de homicidios, el robo de hidrocarburos, los secuestros, el asalto a mano armada, los feminicidios, tiene una explicación que encuentra su origen en la omnipotencia del poder político, que para ser tal dejo hacer y dejo pasar a las bandas delincuenciales, todo con la finalidad de que nadie le disputara el poder político. Parte de responsabilidad desde luego que recae en la pléyade de operadores políticos que terminaron alineándose a la antigua elite dejando de lado su responsabilidad social, al menos para visibilizar el crecimiento delictivo.
Ocurre lo mismo con los demás temas de lo que bien podría denominarse como la agenda de gobierno pendiente: la justicia, el cuidado del medio ambiente, la educación, la salud, el bienestar de las familias. Todo ello, su consecución, tiene como punto de partida la reconfiguración de un pacto genuinamente democrático, sin él los actos del gobierno no saldrán de su dinámica de carácter inercial.
La campaña electoral abre un escenario para discutir el nuevo entorno en Puebla. Nos enfrentamos ante un nuevo contexto donde todas las voces tendrán que ser escuchadas, de no ser así se corre el riesgo de seguir la ruta del túnel que arrancó en el 2010.
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