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Opinión



Súbditos y ciudadanos en la cultura de la transformación en México

Martes, Marzo 12, 2019 - 13:01
 
 
   

Los aspectos culturales de la sociedad -valores, rutinas de comportamiento, rituales

La segunda alternancia en el gobierno federal con el partido Morena, ha puesto de relieve temas de discusión relevantes, indispensables, sustantivos, en la opinión pública: el cambio de un partido a otro no ha significado un cambio de actitudes y comportamientos en la elite política. Los partidos que han accedido al poder público, de modo inmediato reproducen los estilos, modos, usos y abusos de la larga herencia de cultura política heredada del autoritarismo mexicano.

Los aspectos culturales de la sociedad -valores, rutinas de comportamiento, rituales- se encuentran anclados en estructuras sociales, económicas y simbólicas de larga tradición. En el caso mexicano, en el último siglo, estas fueron de naturaleza autoritaria. La clase política fue buena reproductora del comportamiento de súbdito y parroquial. Cada sexenio, cambiaba de lealtades, obediencias. Su reciclaje en el poder dependió de su mansedumbre con el nuevo señor. Todo giraba alrededor de él. De modo acrítico aceptaban lo que indicaba políticamente. Le rendían honores inmerecidos, lo llenaban de alabanzas, elogiaban sus modos hasta la ignominia. Ajustaron incluso sus gustos a los gustos del dueño del poder, quien llegó a Imponer modas y modos de hacer. Este ritual cíclico duro casi todo el siglo pasado. Su reproducción fue exitosa, tanto que la alternancia de un partido político a otro, en los distintos niveles de la representación política, no ha llevado a consolidar, elementos de cultura política democrática, que supondría una sociedad mejor informada, participativa, conocedora de sus derechos y exigente con los mismos, así como una elite responsable con el interés público.

La cultura democrática provoca que la sociedad ponga permanentemente a prueba la pertinencia de las elites en poder. No es el caso todavía. Si bien la sociedad ha transitado durante décadas por la exigencia del respeto y ampliación de las libertades, la conducta de las elites políticas se ha rezagado e impacta negativamente en el cambio de cultura.

En tiempos de la cuarta transformación se va haciendo recurrente la contradicción entre el discurso y las acciones gubernamentales. La desorganización e improvisación domina en amplias esferas en los distintos niveles de gobierno. Se privilegian la continuidad de los megaproyectos recurriendo a una justificación discursiva de sentimentalismo patrio. Hay lentitud en las demandas de justicia, seguridad y bienestar social. El arranque de la administración es muy tardo y sus resultados no pueden aquilatarse desde los anuncios de supresión de problemas por decreto.

Si bien puede argumentarse que es muy corto el tiempo para analizar la influencia del cambio político actual en la cultura democrática, no hay duda que estos meses marcan y anuncian el estilo de la administración gubernamental. No es esperanzador pensar en un giro radical. La cultura política que acompaña al grueso de la clase política no es suficiente para pensar que contribuirán decisivamente.

Si la administración de la cosa pública presenta dicho escenario, en la arena política no todo es miel sobre hojuelas.

El llamado a la unidad como estrategia para recomponer el sistema político mexicano presenta marcados contrastes. Para nadie es un secreto que la 4T, ante la falta de liderazgos de identidad morenista en amplias zonas del país, incorporó en muchos casos cuadros y operadores que allanaron la formación de estructuras partidarias, pero en otros no fue así. El mercenariazgo se hizo presente en este último periodo de fin del priato. Dirigentes locales de todos los colores, operadores políticos, líderes de agrupaciones diversas, aprendieron muy pronta la lógica de chantaje que la transición abrió en nuestro país desde la década de los ochentas. Conforme ocurrieron las alternancias fueron transmutando de colores. Son mercenarios de la política de tipo arcoíris. Fueron tricolores, azules, amarillos, turquesa, verdes. Hoy se visten del color del partido que está en la presidencia de la república.

El llamado a la unidad enfrenta  la labor soterrada de esta especie, cuya característica e importancia se deriva de su habilidad para el chantaje, la intriga, el tráfico de información, la labor de topo, el engaño, la demagogia. Esta especie juega el papel de ser intermediario entre los políticos y la sociedad. Su perniciosa actividad impide el trato y la interlocución directa entre dirigentes y dirigidos. Forman una valla impenetrable para los distintos sectores y liderazgos genuinos de la sociedad. Son suplantadores que hablan en nombre de…sin que sea correcto. Como muchos de ellos se han enquistado en posiciones de poder, obstaculizan la fluidez y calidad de la comunicación. Se convierten en los que deciden quien participa y quién no. Evidentemente estos comportamientos solo reproducen el tinte autoritario.

La unidad en su sentido genuinamente democrático supone definiciones a partir de interlocución, dialogo, intercambio de ideas y propuestas claras. No es desmesurado afirmar que en el caso poblano el compromiso de unidad debe orientarse hacia una mayor inclusión de grupos y liderazgos. No hacerlo, negar el diálogo, ningunear, cerrar espacios, no contribuye con la estrategia del gobierno federal para conformar una gran coalición política como condición de cambio. Es evidente, sí el llamado a la unidad es genuino, lo consecuente es abrir espacios de participación.

Cierto, en la coyuntura electoral actual se encuentra definido el derrotero para la política poblana. El candidato que elija Morena, con todo y el accidentado proceso de arranque del gobierno federal, será beneficiario directo de la innegable popularidad del presidente Andrés Manuel López Obrador. Sin embargo, no es prudente pensar que la política está exenta de riesgos. La incertidumbre es el rasgo distintivo cuando hay competencia democrática. Los adversarios también aprenden. En la democracia ni el que gana, gana de una vez por todas, ni el que pierde, pierde para siempre. Prueba de ello es que tanto el PRI como el PAN eligieron candidatos reconocidos y respetados, con prestigio. Su trayectoria los avala. Es verdad llegan muy a destiempo, demasiado tarde. En el mejor de los casos sepultan las competencias electorales sustentadas solo por estructuras partidarias. Sin embargo, su participación contribuye muy anticipadamente con la formación de nuevas claves de la política. Introducen y alimentan la emergente opinión pública como factor relevante en procesos electorales. Su peso político no deriva de su estructura partidaria sino de la importancia simbólica provocada por la calidad de su información y argumentos. Es un peso simbólico que en el corto plazo no formará gobierno, pero si alimentará opinión pública, necesaria en la cultura democrática.

Se avecina una etapa que reavivará el espacio público.  El momento fundacional a nivel nacional y la elección para gobernador son el espacio que la sociedad seguramente utilizará para dar sentido a un cambio de cultura, para pasar de la condición de súbdito -aquel que todo acepta y obedece- a la de ciudadano.

gnares301@hotmail.com


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Guillermo Nares

Doctor en Derecho/Facultad de Derecho y Ciencias Sociales BUAP Autor de diversos libros Profesor e investigador de distintas instituciones de educación superior

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