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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Crisis de ciudadanía

Las universidades ante el cambio de época 3

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Febrero 4, 2019

“El pueblo asegura el abrigo inmediato de lo colectivo y lo inmemorial, el halago de compartir valores ancestrales. La ciudadanía, por comparación, ofrece poco más que intemperie, y cada una de sus ventajas posibles está sometida al contratiempo de la responsabilidad y la incertidumbre.”

Antonio Muñoz Molina.

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https://www.mundifrases.com/tema/ciudadan%C3%ADa/

En las dos entregas previas he venido compartiendo con los lectores de este espacio algunas reflexiones sobre el papel de las universidades en el cambio de época que nos está tocando vivir en el mundo de hoy.

He abordado en esos artículos, dos ángulos problemáticos ante los cuales las universidades deberían estar asumiendo el liderazgo que su propia vocación les plantea: el de la crisis de inteligencia y el de la crisis de principios.

Se trata de dos escenarios críticos que explican la razón por la que hoy en día las cosas no funcionan y no sabemos por qué. Por un lado, porque el cambio de época está planteando nuevas realidades y problemas para los cuales, los antiguos marcos explicativos ya no son suficientes para comprender lo que ocurre y por otra parte, porque esta transición histórica ha puesto también en crisis los principios y valores que sustentaban las formas de convivir y orientaban el deseo individual y colectivo de vivir humanamente.

En este tercer artículo sobre el tema voy a abordar un elemento más de esta crisis de múltiples dimensiones: el de la crisis de ciudadanía que se manifiesta hoy en un profundo riesgo para las democracias ante el peligro del retorno a los sistemas autoritarios que implica la ola de gobiernos populistas de derecha e izquierda que están tomando el poder en gran parte del mundo.

Como dice Muñoz Molina, el pueblo es un concepto seguro que proporciona el abrigo inmediato de lo colectivo y lo inmemorial, es una entidad abstracta e idealizada que se sustenta en el orgullo de compartir valores ancestrales y apela por ello a los sentimientos espontáneos –no inteligentes ni críticos- que unen a la multitud asignándole una identidad pura, que encarna la sabiduría y la bondad.

A este refugio apelan los líderes populistas que gobiernan hoy muchos países del mundo y varios de los más grandes de nuestro continente, incluyendo el más poderoso del mundo y por supuesto, el nuestro.

El discurso del pueblo tiene la gran ventaja de ser muy efectivo para mover a las masas precisamente porque mueve los resortes más emocionales y genera una especie de contagio psíquico que permite al líder construir una base de apoyo incondicional que reaccionará normalmente desde la fidelidad visceral antes que pasar las cosas por el análisis crítico.

Pero precisamente por ello, el predominio del discurso del pueblo por encima del de la ciudadanía tiene siempre el enorme riesgo de mantener a la sociedad en una suerte de minoría de edad en la que no tiene que esforzarse en pensar y analizar ni asumir la responsabilidad de decidir porque basta con depositar su confianza ciega en el líder.

Porque el concepto de ciudadanía es mucho menos seguro y atractivo porque como dice el mismo escritor, ofrece “poco más que intemperie” y “cada una de sus ventajas posibles está sometida al contratiempo de la responsabilidad y la incertidumbre”.

La ciudadanía se construye cotidianamente con esfuerzo, siempre de manera provisional e incierta. La ciudadanía se ejerce con responsabilidad y en incertidumbre mientras la condición de pueblo se vive con emotividad y responde a certezas simples que brindan seguridad.

Precisamente por esta condición, apelar a la construcción de ciudadanía para la transformación social resulta mucho menos atractivo y es obviamente menos efectivo en términos de resultados electorales. Sin embargo, si se desea responder efectivamente y a largo plazo a los desafíos del cambio de época más allá de los intereses personales o de grupo y de los fines meramente electorales, el único camino realmente eficaz es el de la formación de una ciudadanía preparada, participativa y responsable.

Como instituciones formadoras de los profesionistas que tendrán un papel relevante en la construcción social desde sus distintas disciplinas y en las diversas trincheras públicas o privadas, las universidades tienen también el enorme desafío de construir ciudadanía para responder a los desafíos que el cambio de época está planteando a la democracia en el mundo.

Una de las principales tareas para lograrlo sería la de trabajar para revertir el proceso de desprestigio y descalificación de la política que se está viviendo hoy, a partir de razones válidas que tienen que ver con la corrupción, la impunidad y el abuso de poder de muchos políticos y partidos en el ejercicio del poder.

“La política debería ser la profesión a tiempo parcial de todo ciudadano”, decía Dwight Eisenhower y las universidades deberían desarrollar esta convicción en sus estudiantes, entendiendo el término política en un sentido amplio de participación para la búsqueda del bien común, que trasciende –aunque la incluye- la política partidista.

Formar profesionistas que tengan la convicción de que su trabajo implica mucho más que la búsqueda legítima de un sustento económico personal y familiar y que toda profesión debe aportar un bien a la sociedad. Formar profesionistas que se asuman como ciudadanos responsables y que vean a la política –la aportación al bien común- como parte de su profesión, sea a tiempo parcial o a tiempo completo.

Esa debe ser la tarea de las instituciones de educación superior frente a la crisis de ciudadanía del cambio de época. Para lograrlo deberían incluir en sus planes de estudio elementos de formación ciudadana que se trabajen transversalmente en todos los programas, generar un ambiente en el que de manera sistemática se viva en la universidad un ambiente de preocupación, análisis y debate sobre la política y el compromiso ciudadano y ejercer también de manera responsable su papel como instituciones que tienen una dimensión política.

¿Están las universidades trabajando por formar ciudadanía en todas estas dimensiones o se concretan a formar repuestos para el mercado laboral? ¿Están las universidades asumiendo su tarea de análisis de la realidad política para aportar elementos de comprensión de esta crisis de ciudadanía?

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