Cuenta la leyenda que el señor Juan, antes de ser I, estaba casado con la señora Mónica, y ambos predicaban la palabra de Jehová por Cholula en Puebla. Había una mujer, Griselda, hermanastra de Cenicienta, que entraba a su casa para recibir sus enseñanzas, aquéllas que dicen: amarás a tu prójimo como a ti mismo; guardarás fidelidad a tu esposa --sobre todo consagrada por la Iglesia de los Testigos de Jehová--; no desearás a la mujer de tu prójimo (Griselda era casada) y no fumarás ni ingerirás bebidas alcohólicas, entre otras lindezas. Tanto entró Griselda a casa de Juan y Mónica que: “el hombre es fuego, la mujer estopa, llega el diablo y sopla…” y sopló y sopló y sopló… y Mónica corrió a Griselda ya muy soplada.
Herida Mónica fue en busca de cobijo familiar en su estado natal y ahí estuvo un tiempo. Avisó que regresaría pronto “nada más arreglar un asunto con su marido”, quien es uno de los Ancianos más reconocidos y admirados del Salón del Reino de los Testigos de Jehová de por allá. Nadie sabe con certeza qué pasó entre los esposos pero a los pocos meses que Mónica regresó a arreglar asuntos maritales, se le encontró sin vida.
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Ahí Juan se convirtió en el Rey Juan I de los Testigos de Jehová: con la difunta en casa, mandó llamar al médico de su Iglesia, y éste, ni tardo ni perezoso, soltó el certificado de defunción sin necropsia obligada por ley al haber muerte súbita sin enfermedad previa. La cremaron por aquello de la canción; “¡que no quede huella, que no y que no, que no quede huella!”, y su marido con concubina a lado, refundió en el clóset de su casa las cenizas de la difunta.
Abandonaron la casa con cenizas en clóset y el Rey Juan I y Griselda, se fueron a construir otra casa en un terreno de la familia. El hijo de Juan I, --que no heredero--, casado con 3 hijos, llegó a la casa abandonada. Limpiaron, acomodaron y acondicionaron el lugar. Parecía todo ir bien hasta que a Juan I, estrenando esposa y harto licor en sangre-- le entró la avaricia por recuperar el reino perdido, y le ordenó al hijo desalojar de inmediato el castillo, porque su esposa lo quería, sin pensar que es casa de la difunta y su dictadura no abarca más allá del estrecho Salón del Reino pero no en Puebla.
El hijo, supuso sin otorgar, que los otros Ancianos, Superintendentes y Siervos Ministeriales del Salón del Reino de los Testigos de Jehová podrían intervenir de acuerdo a los mandamientos de su ley, y acudió a solicitar dialogar con Juan I, ellos como testigos. Pero el rey es Rey y todo fue en vano. El reino y la palabra de Juan I está por encima del Reino y la Palabra de Jehová; dijeron que Juan I es un dios por todo lo justo, todo lo bello y todo lo bueno; que Juan I es bendito y bendecido por Jehová e incapaz de haber sido infiel a su difunta, incapaz de haberle causado daño alguno, incapaz de no amar a su familia, incapaz de beber una sola gota de licor e incapaz de mentir; que sigue los preceptos de su religión más allá de toda santificación, y su ejemplo, para los siervos, es impecable.
De los 8’458,107 de Testigos de Jehová en 240 países, según el censo de 2017, en Puebla, cuenta la leyenda que hay uno, Juan I, que está por encima del mismísimo Jehová, y su templo así lo considera, y que si Juan I dice que todo está bien, ¡todo está bien! ¡Tan, tan!
Fin del cuentito.
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