Casi todos coinciden en que tres cosas definen al gobierno federal que termina: corrupción, incompetencia e impunidad. Esos fueron los escalones que le sirvieron a López Obrador para alcanzar el triunfo de modo rotundo. Además de otros factores, claro.
Pero pareciera que la insensatez del presidente Peña Nieto no tiene más límite que el cielo. Las tres fotos que publica “Reforma” (8 agosto 2018) en primera plana son toda una síntesis del momento mexicano reciente.
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Constituyen una lectura documental simple y brutal del fracaso de un sexenio y el triunfo de un candidato.
En la primera el presidente Peña llega a Colombia a la toma de posesión del nuevo mandatario y pasa revista a la tropa. Viajó en el costoso avión presidencial para 80 pasajeros con 20 personas de su séquito.
En la segunda, su esposa Angélica Rivera come en el “L’Avenue”, un carísimo restorán de París donde la botella de agua cuesta mil 71 pesos. Se auxilia de guardias presidenciales. Todo con cargo al dinero de usted, por supuesto.
En la tercera, el presidente electo Andrés Manuel López Obrador camina solitario por una escalera del aeropuerto capitalino, jalando dos pequeñas maletas y contestando su celular. Regresa de Ciudad Juárez.
Las tres fotos no pueden ser más contrastantes.
El boato de los viajes presidenciales nunca se tradujo en una extraordinaria imagen para México. Quedan en el renglón de los derroches. Uruguay, por decir algo, uno de los países más pequeños del continente, sin avión presidencial y con un mandatario (don Pepe Mugica) que casi no viajó al extranjero, tiene una relevancia y prestigio muy superiores a los de nuestro país.
La esposa del presidente Peña, con una frivolidad incontenible, siempre fue un terrible contrapeso a la paupérrima imagen presidencial. Digamos que siempre durmió con el enemigo en casa. Hasta estos días del sexenio que fenece. Y quién sabe, aún quedan meses para el derroche.
Este tipo de muestras, tan sólo estas, le causaron verdaderos socavones al señor Peña en cuanto a su imagen ante los mexicanos. Hoy mismo, sólo 20 de cada cien lo aprueban.
Todo esto, a lo largo de 6 años, se tradujo en una carga de millones de votos en contra del PRI, Meade y Peña Nieto. De modo que el priísmo no tiene gran trabajo para hurgar en las razones de la derrota. Tocando la puerta de Los Pinos hay un sinfín de respuestas y explicaciones.
Elba Esther Gordillo, ese granítico símbolo de la corrupción en México es otro caso que hay que facturar al presidente. La encarceló no por corrupción, no, eso sería darse un tiro en el pie.
Fue sólo un castigo ejemplar por sabotear la reforma educativa. Los 2 mil millones que robó del sindicato están a buen resguardo. El SNTE acató la estrategia presidencial y no movió un dedo para denunciar a la dirigente defenestrada.
Su parte hizo la PGR, jueces y magistrados. Todos fueron aceitados con un torrente de dinero para urdir la libertad. El signo de impunidad, uno de los emblemas sexenales, apenas se disfrazó, para no chocar de fondo con ella, que fue artífice importante para el acceso al poder de Peña Nieto.
Mantenerla en la cárcel sería una inaudita muestra de ingratitud presidencial, y eso no está en su código.
Grave sería que la delincuencial dama proyectara su figura e influencia en el gobierno que empieza. Eso, pasaría a formar parte de los severos yerros de AMLO.
Y en Puebla no se hacen malos quesos. Nuestro amigo y director Rodolfo Ruíz, periodista siempre bien informado, nos cuenta que circula la hipótesis de un “gobierno de coalición”, si eventualmente le reconocen su triunfo a la señora Martha Erika Alonso de Moreno Valle.
Y que en tal caso figuran 4 priístas para ser parte de un gabinete: Santiago Bárcena Alvarez, José Chedraui Bidib, Jorge Alfonso Ruíz Romero y Ardelio Vargas Fosado.
A excepción del primero, de quien se ignoran vínculos o desempeño partidista o gubernamental, los restantes son francamente cartuchos quemados. Las hojas curriculares los sitúan en un escenario bipolar entre la grisura y la sospecha. Van de la mediocridad a la servidumbre, con buenos dividendos, eso sí.
De manera que la sola posibilidad de ubicarlos en un gabinete incluyente o plural es una pésima broma. Broma insolente que sólo un priísmo servil admitiría o dejaría pasar. Ahora que en la condición actual del tricolor cabe todo, y todo es todo, complicidades electorales incluídas, traiciones y ventas propias de un lupanar.
Por lo demás, estas “joyitas” distan mucho de ser prendas de orgullo en una oferta de gobierno. Aunque, la actitud acomodaticia de políticos de tal ralea, y otros de pelaje semejante, haría que sin trabajo alguno se adaptaran a la firma patrocinadora y muy pronto fueran emblemas de la marca de la casa.
Veremos y diremos…