Fue desesperante: martes 13 de febrero, 3 de la tarde, sobre la 4 norte en el Centro Histórico de la ciudad de Puebla. Era el último día de la tradición del baile de los Huehues. No sé cómo eligen el lugar y la hora donde bailan y si hay que avisar a alguna autoridad. Sé que los participantes realizan sus prácticas en horarios que a todos acomodan para que nadie falle y que los días de baile, cierran las calles con una camioneta donde llevan su sonido.
Conozco el significado de cada prenda de sus atuendos y que, poco a poco, de haber sido una actividad masculina, se abrió a mujeres y niños. Los tiempos aquéllos en que se presentaban bebiendo licor, han quedado atrás. También sé lo caro que son las plumas de los sombreros, el trabajo y esfuerzo que hacen para bordar las capas, y no se diga de las máscaras. Y claro que su música tiene su inconfundible sonsonete aunque muchos innuevan sones dándoles diversos significados.
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Esta tradición católica es colorida y alegre, tiene su momento cada año y su día estelar: el último miércoles antes del viernes de ceniza. A la gente de los barrios y colonias donde se presentan, le honra que vayan a bailar a su casa y les lleven “la muñeca” que entregan a los dueños con el compromiso de ofrecerles alimento.
Es una tradición admirable y respetable, compartible, pero creo que cerrar una calle importante que desahoga el tráfico del centro de la Ciudad de Puebla hacia el norte, en hora pico, sin previo aviso, sin alguien de Tránsito para indicar vías alternas, no es buena idea.
Quedamos varados casi dos horas, cuando la mayoría de automovilistas ya queríamos ir a comer. Los huehues cerraron la calle y, atentos a su baile frente la iglesia de la esquina de la 4 norte y 6 oriente, no se inmutaron del desmadre que se armó; su sonido era más fuerte que el ruido de los cláxones juntos. Y no podíamos salir por ningún lado: la 4 oriente hacia el bulevar 5 de mayo, cerrada por afectaciones del sismo; la 2 norte, ¡imposible!, igual o peor que la 4; y la 5 de mayo sólo nos permitía dar la vuelta a la manzana para bajar por la 8 oriente y llegar al mismo lugar, con el mismo desmadre.
Todos estábamos agitados; unos bailando y otros mentando madres. Y el calor a todo lo que daba. Con la filosofía de si no puedes hacer nada, disfruta, ahí se me ocurrió proponer la construcción de un Huehuódromo para que el próximo año nos evitemos que por toda la ciudad, con cada vez más automóviles y donde los agentes de tránsito brillan por su ausencia, como siempre, cuando más se les necesita, podamos transitar en paz. Y quienes quieran ir a ver a los Huehues, ¡que vayan al Huehuódromo!