No hay ninguna novedad en la faceta que adquirió el Frente Ciudadano, ahora conocido como “Por México al Frente”, menos en la muy anunciada candidatura de Ricardo Anaya Cortés. Es de mayor relevancia explicar la utilidad que tendrá la coalición formada por los partidos Acción Nacional, de la Revolución Democrática y Movimiento Ciudadano para enfrentar al principal adversario en las elecciones presidenciales de este año.
Bien vistas las cosas, Ricardo Anaya es un accidente. Hace seis años no era nadie, ni siquiera proyecto. Acción Nacional emergía apenas como el gran derrotado. En el transcurso, la reorganización partidaria cobró forma paralela a la definición temprana de la candidatura del queretano.
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Después de la fracasada campaña presidencial azulina del 2012 vino el ajuste de cuentas. El variopinto que significó la apertura de las puertas del partido en los dos periodos presidenciales, no solo se cerró, después de la caída vino el éxodo y la purga al interior. El padrón decreció al dar de baja a los indeseables. Restauraron en sus prácticas el privilegio de la exclusividad.
Desde la militancia doblaron a las facciones híbridas hechas panistas al calor de la silla presidencial calderonista, reduciendolas a una condición aldeana o de plano marginal. En el actual proceso, los conversos acaso sobrevivirán en su interior únicamente como parias, fuera de los grandes acuerdos de Acción Nacional.
La vieja guardia se encargó de la reconstrucción, puso orden en la casa. Diseñó compromisos de gran calado con el gobierno federal. El Pacto por México reconfiguró el abanico de incentivos perdidos al acabar en el sótano del tercer lugar en las elecciones presidenciales. Incluso, los arreglos tras bambalinas contemplaron la participación destacada de Acción Nacional en un hipotético gobierno de coalición. Todo, a cambio de participar en la ofensiva sin cuartel en contra del principal personaje opositor de los últimos 12 años. Los panistas encantados con su función: desde el 2014 son moreno-fóbicos desde antes de nacer el partido de Andrés Manuel López Obrador.
El gran Pacto redituó a los azulinos posiciones regionales de poder, espacios desde las cuales dieron cobijo a un personaje (en realidad símil o copia mal hecha de Diego Fernández de Cevallos) inicialmente magnificado a rango de gran arquitecto del consenso partidario, después, como el estratega político capaz de generar acuerdos con el peñanietismo e incluso, doblegarlo en elecciones estatales.
La estrategia de posicionamiento mediático de Anaya continúo. En lo que va del año, arrinconó al gobierno actual con una estridente retórica de opositor crítico. La última fase difundió la figura de un líder opositor, capaz de salir airoso de la andanada mediática oficialista que lo acusó de corrupto. La imagen de victimización, dirigida al interior del panismo, pulverizó todas las facciones opuestas a la candidatura de Anaya.
Anaya no hizo a la estructura, la vieja vanguardia panistas fabricó a su candidato.
El desenlace fue de antología: no solo derrotaron a sus adversarios internos, también redujeron al aspirante Mancera. Postraron al PRD. Se aprovecharon de su añejo infantilismo al espantarlo –no sin razón- con “el cuento del coco”. El PRD cedió todo a cambio de cuentas de vidrio. Sale por la puerta trasera del sistema de partidos. Disputará en la historia el papel del extinto Partido Auténtico de la Revolución Mexicana.
La participación de Movimiento Ciudadano (MC) es similar. Son “free riders” de la política. Quieren viajar gratis, de parásitos. El enclave regional que mantienen en la ciudad de Guadalajara es efímero. Enrique Alfaro, presidente municipal de la capital es un saltimbanqui con la máscara de “ciudadano”. Sigue sin afiliarse al MC y con su estructura política municipal pretende ser candidato a gobernador. En realidad es el alumno destacado de “México al Frente” para negociar la gubernatura a cambio de su apoyo al candidato Mead. Para MC las candidaturas plurinominales terminaran dándole oxígeno 3 años más. Como es una organización desechable para el panismo, en las intermedias del 2021 puede tocar otras puertas. La oligarquía partidaria de MC puede vivir bien seis años más.
¿Le interesa al Frente panista la presidencia de la república? Desde luego, aunque ello no forma parte de la agenda sexenal pactada. El núcleo del acuerdo político es contener al segmento electoral afín al panismo dejado en el desamparo cuando votaron a favor de una reforma fiscal extractiva, golpeadora de sus bases sociales. Este segmento puede ser proclive a inclinar su voto por López Obrador; vista la “naturalidad” de la alianza panista con el PRD, este elector no vería extraño ni catastrófico inclinar su preferencia hacia el candidato de Morena. El papel del Frente es atraerlos nuevamente, presentándose como una opción distinta.
La otra parte de la negociación contempla la movilización de las estructuras electorales estatales y regionales, hacia el candidato del priísmo, a cambio de posiciones locales. Inclusive, considerando escenarios extremos, Ricardo Anaya podría bajarse de la contienda dejando de hacer campaña, como en 1994 lo hizo su símil ante Zedillo. O de plano, declinar a favor del candidato ciudadano de los tricolores, José Antonio Mead Kuribreña.
Ricardo Anaya Cortés no es el Fox de la alternancia, menos la reencarnación de Calderón que afirmó el proyecto neoliberal y se olvidó de sus votantes de clase media. Es, en la línea de acuerdos con el actual gobierno federal, un candidato presidencial que puede ser desechable.
El problema que enfrentan dichos acuerdos es que la política mexicana se ha hecho muchísimo más gelatinosa que los esquemas del manual de campaña electoral del actual grupo en el poder. Hay circunstancias significativas: entregar la candidatura a un “ciudadano” fue comprensible para los priístas. Sabedores de su desprestigio, solo esperan premios de consolación –lo que sea- para seguir en el presupuesto público. Sin embargo, en la línea de entrenamiento pragmático depredador de los denominados tecnócratas, estos quieren todo, incluso a costa del olvido de los acuerdos. En el paroxismo de su advenimiento a las posiciones de poder y alimentados por la soberbia de los manuales mediocremente aprendidos y peor aplicados, se adueñaron de los cascajos del PRI, quieren las principales posiciones en las cámaras, desean las candidaturas de los gobiernos estatales, la gubernatura de la Ciudad de México. Si esa es la línea de comportamiento, los liderazgos regionales tanto del Frente como de los tricolores genuinos, no tendrían incentivos para impulsar la votación por Mead. Y aquí Morena sería uno de los beneficiarios de la desbandada, que ya ocurre.
En esa circunstancia los acuerdos pueden variar notablemente. “Por México al Frente”, es decir el PAN, encarrilado, podría salirse del acuerdo transexenal, pedir mucho más a cambio de sus estructuras estatales o de plano, si el ciudadano panista empriizado no levanta, irse por la libre y pelear en serio la Presidencia de la República.
En pocas palabras: Son dos los candidatos presidenciales reales. PRI y PAN disputan en una suerte de primarias quien enfrentará a López Obrador.
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