Grosso modo, el lenguaje es un universo de signos (convencionales) provistos de significado. De otro modo: el lenguaje está constituido por palabras y significados. Lo que debe establecerse de inmediato es que a cada palabra corresponden muchísimos significados. El número de palabras de cualquier lengua “natural” es infinitamente más reducido que el número de significados que tenemos en mente cuando las usamos. La polivalencia de las palabras supone una ventaja y una desventaja. La ventaja consiste en que, al pensar, podemos traspasar los confines establecidos del vocabulario, y de este modo hacer infinitamente más vasto, rico y dúctil el saber de cuanto parecería permitir la terminología. Las palabras pueden ser llevadas a expresar variaciones y matices infinitos del significado. En cambio la desventaja reside en que, con demasiada frecuencia, no nos entendemos; al utilizar los mismo vocablos decimos (en apariencia) lo mismo, pero pensamos (en sustancia) otra cosa muy diferente. La desventaja es, pues, la ambigüedad (de las palabras).
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La comunicación lingüística habilita a los hombres a entenderse; pero es evidente que, si no nos ponemos periódicamente de acuerdo sobre el significado que le atribuimos a una cierta palabra en relación con determinados contextos, la comunicación nos lleva simplemente a los malentendidos. Poseemos pocas palabras para decir muchísimas cosas. ¿Cómo remediar los inconvenientes de esta situación, manteniendo sus ventajas? Hay un solo medio: organizar y ordenar el lenguaje según “tipos de significado” correspondientes a ciertas destinaciones típicas. La solución reside, pues, en desarrollar usos diversos de un mismo lenguaje.
La filosofía (las filosofías) utiliza (n) su propio vocabulario técnico, en el cual las palabras, aun las más comunes, asumen un contenido significante sui generis. La ciencia, toda ciencia, hace otro tanto: su vocabulario se inviste de cierta modalidad característica del significado. Lo que equivale a decir que la filosofía y la ciencia son lenguajes especiales; y por “especiales” se debe entender que son –como decíamos- modalidades de usos diferentes de un mismo lenguaje. El cual –repito- es un recurso para utilizar beneficiosamente un universo simbólico constituido por pocas (relativamente pocas) palabras y por muchos significados.
[Fragmento de: Sartori, Giovanni (2002) La política. Lógica y método en las ciencias sociales, trad. Marcos Lara, Fondo de Cultura Económica (Política y derecho), México, 3ra. edición, pp.17-18].