Esto es el país de las fosas
Señoras y señores
Este es el país de los aullidos
Este es el país de los niños en llamas
Este es el país de las mujeres martirizadas
Este es el país que ayer apenas existía
Y ahora no se sabe dónde quedó
David Huerta
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“Quien les está hablando es un alumno que, de antemano, ya se considera muerto”, dice Omar García, sobreviviente de la desaparición forzada y muy probable masacre de 43 estudiantes mexicanos de la escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero.
La voz del futuro profesor devela la naturaleza secreta de la relación mítica-arcaica que el Estado mexicano mantiene, desde hace por lo menos 20 años, con la suspensión del derecho y la violencia impune. Una relación cada vez más explícita entre el abandono, la exclusión-inclusiva, de los individuales históricos caracterizados por el nuevo poder soberano como vidas indignas de ser vividas: el estado de excepción y la nuda vida.
Las palabras de Omar definen con claridad la conciencia del desamparo y la exposición evidente a una muerte violenta. Se siente a merced de todos: él es la expresión de la nuda vida. Y las cuencas vacías del rostro desollado de Julio César Mondragón nos miran fijamente, son una imagen goyesca de la presencia y profundización del hoyo negro del nihilismo, del destierro de los valores supremos y de los fines últimos, de la absoluta carencia del ser en el proyecto de humanidad del nuevo poder soberano de México.
Los cinco artículos reunidos en Ayotzinapa: memoria y olvido piensan, desde diversos fundamentos, el crimen de Ayotzinapa. La historia, la filosofía política, el derecho, los medios de comunicación y el orden jurídico internacional contribuyen a una hermenéutica de la tragedia que jerarquiza el triunfo de la memoria sobre el olvido. Veamos.
Israel Arroyo, historiador de lo político, concluye que: “El Estado en Guerrero no existe. En esta parte del territorio, México es un Estado fallido. Esto es lo que explica lo ocurrido en la noche de Iguala y la desaparición de los 43. Los desparecidos son una consecuencia de algo que ocurría en Guerrero cotidianamente. La diferencia es que hoy es visible el estado de descomposición social y la complicidad del Estado con el crimen organizado. Y todos los libros, documentales, películas y noticias que dieron voz a las víctimas de Iguala, a los normalistas de Ayotzinapa y los familiares de los 43 representan una memoria viva que por ahora ha derrotado la estrategia del olvido del Estado mexicano”.
Paulino Ernesto Arellanes Jiménez, en clave internacionalista, apunta que: “Por lo que se pudo analizar de los compromisos internacionales adquiridos por México, así como por el sustento jurídico-político interno, a nuestro Estado le corresponde la responsabilidad por “Crímenes de lesa humanidad, tortura y desaparición forzada… Por si fuera poco, en el último informe de Amnistía Internacional, dado a conocer el día 28 de junio de 2016, se dice con respecto a las torturas a las mujeres que México muestra al mundo un cuadro demasiado cruel, pero el gobierno federal no da respuesta satisfactoria al respecto. Como no ha dado respuesta por los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa.”
Samuel Tovar Ruiz, en sus “Reflexiones jurídico-políticas sobre Ayotzinapa”, sentencia que “no se debe regatear la procuración de justicia a los deudos de las víctimas, es importante que éstos propongan sus propios mecanismos en la materia y el Estado les proporcione los recursos necesarios a efecto de que los impulsos investigativos se profundicen y sean llevados hasta sus últimas consecuencias. La inaceptable “confusión mental” entrañada en el “legalismo”, en el burocratismo, en la seguridad, deben cesar; en términos racionales, no es posible que se continúe albergando la posición tradicionalista, retardataria, que cree que entidades institucionales como la ley, la oficina pública, las fuerzas de seguridad públicas, responden únicamente a intereses personales o de facción. Urge superar semejante felonía.”
Francisco García Marañon, estudioso de los medios de comunicación, va al centro cuando subraya la diferencia entre acciones de Estado y crímenes atroces: “Lo que el padre Alejandro Solalinde calificó con la categoría de acciones de Estado, diversos observadores de derechos humanos prefieren seguir las líneas discursivas de organismos como las Naciones Unidas, y llamar crímenes atroces para eludir ciertas responsabilidades, ya que términos como acciones de Estado apuntan directamente a un responsable. Ante la continua investigación tanto institucional como extra oficial por parte de organizaciones y grupos que enarbolan la demanda social y mundial –que se esclarezcan los hechos y se finquen responsabilidades…”
En mi artículo, por último, escribo que “Para pensar en alguna estrategia del perdón primero debemos considerar el poder oculto del olvido por destrucción de huellas y, de manera fundamental, la necesidad moral del reconocimiento de la imputabilidad del acto criminal contra la humanidad por parte del Estado mexicano. Sin esa condición histórica, mientras los familiares más cercanos, el pueblo de México y el mundo entero que se interrogan por el auto de fe actualizado la noche de Iguala no eliminen “la incertidumbre tenaz” sobre el destino de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, indígenas pobres en su mayoría, la relación entre el perdón y el olvido continuará rota.”
La reunión de las voces diversas que forman este libro claman por la memoria y por la justicia, pues mientras las autoridades de México no se reconozcan culpables del crimen de Ayotzinapa el perdón no tiene manera de ser pensado, no puede aparecer, puesto que, como Paul Ricoeur enseñó, la imputabilidad “es la presuposición existencial del perdón”. En tanto la imputabilidad vincula el acto con el agente, el contenido de los acciones con el responsable del poder de obrar, el qué con el quién, en México solamente existe la infamia del acto, pero los agentes responsables están ocultos, diluidos, desaparecidos y asesinados en un angustiante proceso kafkiano.
Sin el reconocimiento público del crimen contra la humanidad cometido por el Estado mexicano, de la violencia extrema contra las víctimas indefensas de la población civil, la herida continuará abierta como genocidio injustificable, imprescriptible e imperdonable.
“Quien les está hablando es un alumno que, de antemano, ya se considera muerto”. Las palabras de Omar hablan de la nuda vida, de la negación absoluta del ser. Y por su voz mi memoria vuelve a El cántaro roto de Octavio Paz. Donde el poeta se pregunta ensombrecido por México, por el ejercicio de la cíclica violencia disciplinaria del Estado contra la juventud estudiantil, somos un país de sombras y se interroga: “¿Sólo está vivo el sapo, sólo reluce y brilla en la noche de México el sapo verduzco, sólo el cacique gordo de Cempoala es inmortal?”
El sapo-cacique es para Octavio Paz la encarnación de una voluntad de poder cruel y arbitraria que encarna en el virrey, el banquero, el obispo católico, el inquisidor, el caudillo, gobernador, diputado, senador, el alcalde, el general revolucionario y el presidente: todos ellos sometidos a la voluntad de poder y al sueño del oro. Se revela así el único fundamento verdadero del ser que mora el tiempo moderno: la voluntad de poder. Lejos de los dioses y la poesía.
José Revueltas, de temple revolucionario y amigo de Paz, constituyó el símbolo intelectual de la rebeldía contra la violencia impune, contra la decisión criminal del poder soberano. Desde la cárcel observó y retrató, con irónica melancolía, la voluntad de poder que se apodera de la vida del ser humano en todas partes. El ser humano degradado, tempranamente envilecido, que observa en los campeones de oratoria, en los secretarios particulares, en los líderes sindicales, en la clase política mexicana que no tiene más aspiración que convertirse, a toda costa, en el futuro sapo gordo de Cempoala.
El aprendizaje libertario de Revueltas abandona la tierra del discurso político, de las ideologías y de los mezquinos intereses partidistas. Su diatriba se vuelve colérica y sus afilados rayos morales van “contra todas las miserables y pequeñas verdades de partidos, de héroes, de banderas, de piedras, de dioses”. Los dominios de la economía, de los partidos políticos, de las religiones, de las patrias, de los ídolos, de los monolitos, tienen atrapado el dominio de lo político. Y evoca una cultura del corazón, su voz reconoce la esencia de la verdad histórica en la libertad de la poesía: “ese canto lóbrego, ese canto luminoso.”
El pensador más puro de la izquierda mexicana, como llamó Octavio Paz a Revueltas, denuncia las ambiciones pedestres de los jilgueros del poder autoritario, los traidores de sí mismos, los ganapanes del elogio a precios módicos, de los poetas y escritores a sueldo del poderoso, de las conciencias filosóficas corrompidas. Revueltas se desespera con el cínico espectáculo y mira los rasgos de lo otro en la juventud prisionera, como él, en el Palacio Negro de Lecumberri. La presencia de lo otro, “la incurable otredad que padece lo uno”, se configura en la inteligencia de los jóvenes estudiantes en cautiverio.
José y Octavio, Paz y Revueltas, jóvenes de cincuenta y cinco años por entonces, ofrecen una hermenéutica para comprender la violencia mítica y arcaica del poder soberano de México contra la juventud mexicana. Era 1968 y entonces, como en el crimen de Ayotzinapa, el Estado mexicano pretendía, con su discurso de negación, la desarticulación de la responsabilidad de la imputación jurídica y la ruptura de los vínculos entre la acción del Estado y los agentes responsables de la trágica e incalificable masacre juvenil. Se trata de una acción de los poderes públicos destinada a obstruir la victoria de la memoria sobre el olvido.
Y el peso de la realidad cae sobre mí, como dice Pessoa, me levanto, camino y fumo. El triste episodio de 1968, pienso, se reedita en Ayotzinapa. El mismo partido, la misma televisión comercial, la misma clase política, “el infierno de lo igual”.
Recuerdo ahora, conmovido, avergonzado, desesperado hasta el horror, la imprescriptible noche de Iguala. Pues en la oscuridad del 26 y 27 de septiembre del 2014 medio centenar de estudiantes, indígenas la mayoría, fueron desaparecidos, devorados por el sapo gordo de Cempoala.
La intensidad e inmensidad de las desgracias contra la juventud indígena mexicana, por la hondura radical de la violencia estatal, lo convierten en un crimen sin límites en el tiempo, puesto que: “No hay castigo apropiado a un crimen desproporcionado. En este sentido, semejantes crímenes constituyen un imperdonable de hecho.” La justicia mexicana reclama “públicamente la responsabilidades de cada uno de los protagonistas y designa los lugares respectivos del agresor y de la víctima en una relación de justa distancia” -Paul Ricoeur dixit.
También es necesario condenar moralmente la violencia invisible de la bio-política que extendió su influencia sobre los laberintos cerebrales de los mexicanos, a través de los dispositivos más eficaces al nuevo poder soberano, los medios electrónicos de comunicación. La identidad, la imagen desfigurada del magisterio mexicano como un millón de ignorantes contrarios a los intereses de la patria, es la más clara expresión de la voluntad de poder que anida en la bio-política, en el control de la opinión pública, en la aclamación y regulación de los prestigios morales. La jerarquía de los sentimientos y valores de la sociedad mexicana se encuentra secuestrada. En el ejercicio de mantener viva la memoria de la tragedia, entre los agentes responsables, los medios electrónicos de comunicación, la televisión comercial, deben ser también responsabilizados por “el azufre maldito” que nos asfixia y carcome como nación. Igual que Mexicanos Primero A.C., caja de resonancia vulgar de la sociedad del rendimiento.
En suma, como bien han señalado algunos representantes del parlamento europeo la postura del Estado mexicano es una posición insostenible desde la perspectiva de “la verdad histórica” y, lo peor, es una posición tendiente a la anulación de la victoria moral sobre el mal. El Estado mexicano, el poder soberano, no puede ocultar su natural relación con la violencia, con la nuda vida al centro de la política nacional: cualquiera puede matar a los jóvenes indígenas, pues los poderes mediáticos –parte del poder soberano moderno- modelan todos los días, en el imaginario colectivo, la idea de que son vidas indignas de ser vividas. Están incluidos formalmente, por el carácter sacro de la vida, en la constitución, pero en los hechos el poder soberano decide quiénes pueden o no vivir dignamente.
En el bárbaro crimen de Ayotzinapa el nuevo poder soberano, con el sistema de partidos como cómplice, recurrió al máximo de violencia que un Estado puede desplegar con sus fuerzas de seguridad pública y lo hizo contra un “enemigo” inventado por los medios electrónicos de comunicación: las escuelas normales de México. Y contra la juventud indígena y pobre que estudia y mora, como en el caso de la Normal Rural Isidro Burgos, de manera comunitaria en sus precarias instalaciones.
Ayotzinapa, el estremecedor poema de David Huerta, retrata un país perdido entre aullidos estremecedores, mujeres torturadas y niños en llamas. Es un ejercicio hermenéutico que se emparenta con los cantos de Paz y Revueltas. Es un grito desgarrado que nos advierte de la violencia sistémica contra la juventud pobre de México.
La escritura de Huerta vuelve los ojos a lo digno de ser pensado, a la ontología. Y los autores de este libro compartimos su mirada, comprendemos que la política y la ontología no pueden pensarse de manera disociada.
El cuidado y la formación del ser no pueden extraviarse en los dominios de la técnica, el capital y la voluntad incondicionada de poder.