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      Democracy Sucks

      Es sábado 18 de diciembre por la mañana y desperté muy temprano en Lake Forest, Illinois, una boscosa y apacible ciudad norteña de 20 mil habitantes. Meztli, ahora enamorada, se quedó a dormir en Chicago, pues fue a un concierto que tenía programado desde tiempo atrás con su pareja.

      El sol lamía tímida y temblorosamente con su lengua luminosa, buena parte del comedor y la sala del primer piso; lo interpreté como un buen augurio para la jornada que venía. La instrucción de mi hija había sido clara y contundente: debía dejar la casa a las 11:55 de la mañana y alcanzar el tren Metra de las 12:24 para reunirme con ella, una hora después, en la Ciudad de los Vientos.

      "¡No te vayas a perder de nuevo...!" -me dijo entre sonriente y sentenciosa por teléfono.

      Esta vez no pensaba arriesgar nada en experimentos callejeros, nada de cortar camino ni meterme en veredas ni dejarme al vaivén de sensaciones, emociones y sentimientos boscosos hacia ninguna parte y mucho menos meterse dos de esas gomitas vaciladoras que me hicieron descubrir el Lago Michigan. Mi pensamiento se concentró en el famoso cruce de Washington Road con Deerpath Road. 

      Después del angustioso y cómico extravío del viernes, metáfora de una existencia excéntrica y errante, aprendí bien dónde me perdí, cuál había sido el crucero de la confusión -siempre hay uno en mis caminos.

      Conociendo mi natural disposición a ser una brújula sin rumbo decidí salir de casa a las once y cuarto, media hora antes de la instrucción, para conjurar cualquier posible riesgo de ser también un reloj sin manecillas. No quería llegar tarde a la cita con Meztli y con Vatonna, no quería transformarme también –menos en Navidad- en una Biblia sin Jesús.

      Tenía que afinar bien dos virtudes cardinales: orientación y puntualidad.

      Cuando era un cuarto para el medio día mis arropados pies estaban próximos a las vías del tren; a unos 25 metros de la antigua caseta de boletos, me encontraba frente a la Iglesia de los Convenios (1857) del pueblo en el pequeño centro de la ciudad, cuya comunidad parece ser firmemente enemiga del turismo y los establecimientos comerciales ­-salvo Starbucks y la Lake Forest Book Shop, no hay nada más.

      Para mi propia sorpresa ambas suertes las había ejecutado casi en un tiempo récord, digo casi porque me embobé ahí mismo, como 10 minutos, observando la estación, usualmente con pocos pasajeros, ahora abarrotada.

      Carros y trocas de modelos recientes, con modernos altavoces digitales, estaban estacionados alrededor de la terminal del tren, enfrente la iglesia. El mirador que tenía, a mitad de las vías, era muy expuesto, así que me aproximé unos pasos con la intención de alcanzar la esquina de la avenida North Western, como a 15 metros del espectáculo navideño.   

      Desde esa distancia pude ver, escuchar y sentir, por unos minutos, de qué manera se organizaban las ruidosas hordas de Donald Trump, gritos, puños en alto, exhortos desgañitados para invitar a la manifestación de apoyo a su candidatura presidencial 2024.

      Me di cuenta que estaba aún muy lejos de la escena, así que decidí avanzar por la avenida  principal unos cuantos metros más, pero no quise detenerme en la señal de la parada To Chicago, porque ahí estaban parqueados los enardecidos lugareños adictos al político multimillonario, quienes no paraban de pregonar la buena nueva: Make America Great Again.

      Como pude tomé un respiro para voltear y verlos de cerca, al paso. Esa acción me permitió ser testigo de la ira que salía de los ojos y boca de los trumpistas; eran consignas destempladas, iracundas y vulgares contra Biden y contra la democracia. No estaba el horno para bollos y seguí mi camino en dirección a las oficinas del tren Metra, en las que además de la boletería se aloja una vieja peluquería y una quinteta de homeless que las han acondicionado como su morada, incluida una pequeña biblioteca comunitaria ambulante que circula entre las bancas del refugio.

      Con más calma, ya cómodamente sentado en una banca de la estación, pude ver cómo otro latino, quizá mexicano, pasaba cautelosamente la barricada para sentarse a un lado mío. Bueno, pensé ingenuamente, será más complejo que ataquen a dos que a un solo mexica.

      Y ví cómo ondeaban al viento las banderas de la comunicación política del mundo desarrollado, las vi desplegarse amplias y vigorosas en un espacio económicamente muy privilegiado, el tradicional midwest, y los mensajes no dejan lugar a dudas, el bestialismo político predomina entre las élites norteamericanas. Entre los mensajes menos agresivos había unos dedicados al presidente de los Estados Unidos: "Fuck Biden", vamos algo más o menos comprensible.

      No obstante, lo que más me inquietó de todo el sainete, porque revela el verdadero espíritu de una parte del movimiento conservador norteamericano, porque era una frase escrita con mayúsculas enormes en varias banderas de la manifestación, era una expresión del más impúdico y cínico desprecio por las instituciones democráticas, era la bestia rubia exhibiendo el triunfo de la razón cínica global: "Democracy Sucks..."

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