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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Muertos de vergüenza

Los rasgos de una sociedad como la que vivimos. Mara y lo que nos inspira.

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Domingo, Septiembre 17, 2017

 

“Mientras pasa la estrella fugaz
acopio este deseo instantáneo
montones de deseos hondos y prioritarios
por ejemplo que el dolor no me apague la rabia
que la alegría no desarme mi amor
que los asesinos del pueblo se traguen
sus molares caninos e incisivos
y se muerdan juiciosamente el hígado…
…que cuando enfrentemos el implacable espejo
no maldigamos ni nos maldigamos
que los justos avancen
aunque estén imperfectos y heridos
que avancen porfiados como castores
solidarios como abejas
aguerridos como jaguares
y empuñen todos sus noes
para instalar la gran afirmación
que la muerte pierda su asquerosa puntualidad
que cuando el corazón se salga del pecho
pueda encontrar el camino de regreso
que la muerte pierda su asquerosa
y brutal puntualidad
pero si llega puntual no nos agarre
muertos de vergüenza
que el aire vuelva a ser respirable y de todos
y que vos muchachita sigas alegre y dolorida
poniendo en tus ojos el alma…”
 

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Mario Benedetti. Hombre que mira al cielo.

 

Querida Mara: Te preguntarás por qué te digo querida si ni siquiera te conocí antes de que la muerte te alcanzara con su asquerosa puntualidad, con la asquerosa puntualidad con la que llega cada vez más cínicamente, más cotidianamente a muchos hogares de personas que no han cometido más pecado que vivir, que tratar de construir una vida honesta, esperanzada y feliz.

Lo que pasa es que soy papá de tres mujeres jóvenes que, como tú, están viviendo en un entorno de miedo y amenaza porque les ha tocado nacer en una época y en un país en el que como dice una amiga académica “vivir es una actividad de alto riesgo” porque estamos rodeados de riesgos, violencia y muerte, porque sobre todo ustedes, las mujeres y más aún las más jóvenes, están permanentemente asediadas por el riesgo, la violencia y la muerte.

Lo que sucede es que soy también profesor desde hace más de treinta años y a lo largo de este tiempo, por el tipo de programas en los que doy clases, he tenido mucho más alumnas que alumnos y he llegado a apreciar y a querer a cada una de ellas y a aprender, a enriquecerme, a renovar mis razones para luchar a partir de su alegría y su profundo deseo de vivir.

Por eso empiezo diciéndote: querida Mara, con la cercanía que me da este mirarte en los ojos de mis hijas, de mis estudiantes, de mis ex alumnas y con la empatía y la profunda compasión que siento por lo que te pasó y por lo que le ha pasado a cientos de muchachas como tú en nuestro estado de Puebla, antes pacífico y tranquilo, en nuestro país históricamente hospitalario pero cada día más violento y peligroso para nacionales y extranjeros, para hombres y mujeres de todas las edades, pero especialmente para las mujeres que siguen estando en situación de extrema vulnerabilidad por nuestra cultura machista y nuestros prejuicios.

¿Sabes? Desde que leí la noticia de tu desaparición sentí un dolor y una rabia muy profundas. El mismo dolor y rabia que he sentido cuando he sabido de casos similares al tuyo que tristemente son muchos y terriblemente suceden con cada vez mayor frecuencia en este país en el que la cultura de la muerte se ha apoderado de todo y la impunidad está generando que no haya ningún temor a cometer actos progresivamente más salvajes porque se sabe que aquí nunca pasa nada, no hay consecuencias para quienes cometen delitos por más atroces que estos sean.

Tal vez por la fuerza con la que se estuvo difundiendo toda la semana el seguimiento del caso, tal vez porque estudiabas en la universidad en la que yo trabajo ahora y por ello sentía más cerca tu desaparición, fue una semana en la que continuamente estuviste en mi mente y en mi corazón hasta que el viernes mientras comía con un grupo de compañeros de mi área alguien leyó la noticia de que tu cuerpo había sido encontrado. Fue como un golpe helado que llenó de silencio nuestra mesa y nos dejó casi sin palabras.

Ahora, mientras pasa la estrella fugaz y miro al cielo, me vienen como al poeta deseos instantáneos de que el dolor no me apague la rabia, de que la rabia nos haga por fin despertar como sociedad y empezar a movilizarnos para cambiar las cosas, para construir un país en el que cuando nos miremos al espejo implacable no maldigamos ni nos maldigamos como ahora tristemente tenemos que hacerlo.

Porque por más que haya declaraciones absurdas que te culpan de lo que te pasó diciendo que las mujeres no deberían tener “tantas libertades” ni “andar en la calle a altas horas de la noche” ni “divertirse en antros” que implican riesgos, ni tú ni todas las jóvenes a las que les han quitado la vida violentamente tienen la culpa ni han fallado.

Hemos fallado nosotros como sociedad porque dejamos por décadas crecer la delincuencia, la violencia, la corrupción, la impunidad y la cultura que pone el dinero, el poder, el éxito, el placer y los intereses individuales por encima de todo, incluso por encima de la dignidad de las personas y de la vida humana.

Hemos fallado quienes nos dedicamos a la educación porque no hemos sido suficientemente eficaces y comprometidos para construir procesos formativos que generen una resistencia activa y sólida contra este sistema de violencia y muerte. Porque no hemos podido regenerar desde las aulas y las escuelas a esta sociedad enferma sino que estamos contribuyendo con nuestra impotencia o nuestra indiferencia a reproducirla.

Hemos fallado los medios de comunicación promotores de la sociedad líquida, la clase política cómplice o negligente frente a la delincuencia, los empresarios ocupados exclusivamente en el crecimiento de sus cuentas bancarias, la sociedad toda a la que la muerte cotidiana y escandalosa sigue agarrando muerta de vergüenza por su inacción y su ineptitud ante esta situación insostenible.

Ojalá tu absurda muerte nos ayude a despertar y a reorganizar la esperanza y a empuñar por fin nuestros noes para ir poco a poco instalando la gran afirmación de la vida como prioridad.

Ojalá seamos capaces de reaccionar para reconstruir este país enfermo y volver a hacer que el aire sea respirable y de todos, que cuando el corazón se salga del pecho pueda encontrar el camino de regreso y que tantas jóvenes como tú puedan seguir alegres poniendo en sus ojos el alma sin el riesgo de ser víctimas de la violencia.

Ojalá estemos ya en el momento en el que los justos avancen aunque imperfectos y heridos, que avancen porfiados como castores y solidarios como abejas y aguerridos como jaguares para combatir y vencer de una vez por todas a este sistema asesino de su propio futuro.

Un abrazo para ti hasta el cielo y otro abrazo solidario para los tuyos que sufren tu absurda ausencia aquí en la tierra.

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