“¿Debe la Universidad adaptarse a la sociedad o la sociedad adaptarse a la Universidad? Hay complementariedad y antagonismo entre las dos misiones, adaptarse a la sociedad o adaptarla a sí misma: la una va hacia la otra en un circuito que debiera ser productivo. No se trata solamente de modernizar la cultura: se trata también de culturizar la modernidad”.
Edgar Morin. De la reforma universitaria.
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(https://aprendeenlinea.udea.edu.co/revistas/index.php/unip/article/viewFile/12260/11120 )
Con una mezcla de estupor, tristeza e indignación nos enteramos la semana pasada de lo que el portal Animal político tituló como La estafa maestra, un excelente reportaje en el que este medio periodístico en colaboración con la organización Mexicanos contra la corrupción y la impunidad documenta y da a conocer una forma sistemática de operación del Gobierno Federal para el desvío de miles de millones de pesos.
Esta forma de proceder representa un mecanismo institucionalizado de corrupción cuidadadosamente diseñado para ocultar dichos desvíos millonarios y se realiza, a la manera del tristemente célebre ex gobernador de Veracruz, Javier Duarte, a través de empresas fantasma que son contratadas para realizar proyectos que nunca se ejecutan. Pero al lado de esta maquinación, como afirma el portal de noticias, Duarte resultó un principiante.
La diferencia entre el modus operandi del ex mandatario estatal ahora encarcelado y el del gobierno federal radica en que esta contratación de empresas ficticias no se realiza de manera directa sino a través de la intervención de algunas universidades públicas que sirven como mediadoras para triangular estos desvíos y hacer más complicado el seguimiento del dinero.
Entre las universidades implicadas en esta serie de operaciones fraudulentas están la Universidad Autónoma del Estado de México, la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco y otras cinco instituciones de educación superior de varios estados del país.
De la corrupción de este gobierno federal ya no resulta sorpresivo tener noticias puesto que la administración actual ha estado marcada desde el inicio del sexenio por una cadena interminable de escándalos que involucran a funcionarios de alto nivel y llegan hasta el Presidente de la República.
Sin embargo, saber que en esta operación están involucradas instituciones públicas de educación superior que cobraron comisiones millonarias por fungir como mediadoras para subcontratar empresas fantasma resulta además de sorpresivo, muy triste y desmoralizante para una sociedad que aún tiene a las universidades entre las instituciones sociales confiables por su honestidad y comportamiento ejemplar.
Tal parece que estas universidades –y no sabemos cuántas más- responden hoy a la pregunta de Morin afirmando que sí, que las universidades deben adaptarse a la sociedad incluso en sus aspectos más aberrantes. Porque si la sociedad actual está marcada por la corrupción, la impunidad y la búsqueda insaciable de dinero sin importar los medios para conseguirlo, estas instituciones se han adaptado a esta distorsión social volviéndose cómplices de la corrupción que domina al parecer casi todos los espacios sociales en la actualidad.
Pero esta respuesta es evidentemente falsa. Porque como afirma el pensador francés, la relación entre universidad y sociedad debe vivir en la tensión entre lo complementario y lo antagónico, dado que es necesario modernizar la cultura y en este sentido las universidades deben adaptarse a las exigencias válidas de la sociedad en su desarrollo histórico, pero también deben culturizar la modernidad difundiendo los saberes, ideas y valores de la herencia que recibimos del pasado, además de generar nuevos saberes, ideas y valores que formarán en el futuro parte de la herencia. La universidad debe ser por ello conservadora, regeneradora y generadora.
Resulta muy lamentable que las universidades públicas involucradas en este escándalo –que por otra parte, no está teniendo una respuesta social de indignación proporcional a su gravedad- no estén cumpliendo con esta tarea conservadora de una cultura de búsqueda de lo verdadero, lo éticamente válido, lo humanamente constructivo y aportando elementos para la regeneración de nuestra sociedad sumida en una enorme crisis moral, sino sumándose a este proceso de degeneración social.
En la misma semana en que se publicó el reportaje de La estafa maestra, tuve la oportunidad de participar en una mesa de diálogo con el Subsecretario de Planeación de la SEP Federal, el Dr. Otto Granados Roldán y el Senador Juan Carlos Romero Hicks, Presidente de la Comisión de Educación del Senado de la República. En sus participaciones, ambos coincidieron en que en este gobierno se emprendió la reforma educativa de la educación obligatoria pero está pendiente aún la reforma de la educación superior de nuestro país, que tendrá que emprender la siguiente administración independientemente del partido que asuma el poder.
La participación de universidades públicas en La estafa maestra hace aún más urgente esta reforma del nivel universitario que tendrá que contemplar una redefinición clara de la autonomía que debe entenderse como una facultad de autodeterminación en lo académico y en su organización interna pero no como opacidad y ausencia de rendición de cuentas sobre el ingreso y uso de sus recursos de los que deben dar cuenta a la sociedad.
Transparencia, rendición de cuentas y responsabilidad social universitaria son tres elementos fundamentales que tienen que tomarse en cuenta como ejes de la reforma universitaria pendiente que ojalá pueda ser realidad muy pronto.
Necesitamos universidades que vuelvan a ser ejemplo de conservación, regeneración y generación de saberes, ideas y valores hacia una nueva estructura social y una cultura que apunte hacia la humanización y la democracia para terminar con la corrupción y la impunidad que producen y reproducen estafas maestras.