Octubre 1985, Pablito y su familia tuvieron que dejar su departamento, pues el edificio donde vivían había sido afectado por un tal “sismo” que él no sintió y ni siquiera sabía lo que era. Sus papás le dijeron que era algo muy malo y que había hecho muchos destrozos, para que él entendiera a sus cinco años de edad. Él sabía que los ogros de los cuentos que mamá Pachita le leía, eran malos, hacían destrozos y le daban mucho miedo, aunque al final eran derrotados por algún valiente príncipe con su espada mágica,
Más artículos del autor
Mamá Pachita vivía en Cuernavaca con algunos parientes y ofrecieron su casa a los papás de Pablito para que vivieran en lo que decidían qué hacer con el departamento. El niño les escuchó decir a sus papás: “Ahorita no hay escuelas y su abuela lo puede cuidar muy bien, la casa tiene un jardín muy amplio donde puede jugar, nosotros podemos manejar desde ahí al trabajo sin problema, solamente nos tendremos que parar un poco más temprano”. Estaba decidido, se irían a la casa de mamá Pachita.
Pablo quedó asombrado del tamaño de la casa y sus enormes ventanales. La abuela los recibió en la sala y les presentó las personas que ahí vivían con ella haciéndole compañía. El pequeño saludó extendiendo la mano mientras los ancianos le sonreían amablemente, pero en eso, se topó con ese rosto enojado, de mirada fija y penetrante que le hizo dar un paso atrás. Le dijeron que no tenía por qué asustarse, que se trataba de otro pariente. Para quitarle la impresión mamá Pachita le mostró lo que le había comprado, una alberca inflable. Papá agradeció el regalo, lo desempacó e infló ante la cara impaciente del niño. Mamá dijo a su anfitriona “Doña Pachita, no te hubieras molestado”, ella respondió con dulzura “Cuernavaca sin una alberca no es Cuernavaca”.
Pablito nadó toda la tarde imaginando que era un buzo, algún pirata que había naufragado o un nadador olímpico, de esos que había visto en la tele un año antes durante las olimpiadas. Después de la comida se quedó profundamente dormido.
A la siguiente mañana mamá Pachita lo vistió para que la acompañara al mercado. Cuando salían vio la alberca todavía inflada, pero boca abajo y preguntó “¿Podré nadar hoy?”, “Si quieres, pero primero deberás desayunar y esperar un poco”, le dijo su abuela. Regresó del mercado y tomó cereal con leche. Apenas sí podía esperar a ponerse el traje de baño y corrió a su cuarto para cambiare, pero al pasar por la sala volvió a sentir esa mirada siniestra que apuntaba a su pecho liberando sus temores. Volteó. La dura expresión de ese rostro le hizo recular y volver a la cocina. En el camino se preguntaba si era la cara de un ogro, pues su cara reflejaba maldad. Él mismo se respondió que sí. Debía ser tan malo como el otro ogro que había hecho destrozos en la ciudad ¡El sismo! Era el ogro llamado sismo. La idea le hizo palidecer. Al llegar a la cocina le preguntaron qué había pasado y el niño les respondió “Dijo abuelita que debo esperar después de comer para meterme al agua”.
Por la tarde llegó mamá quien dijo que las cosas seguían mal en la ciudad, al ver al niño lo cargó. Pablito estaba nuevamente muy cansado de haber jugado en la alberca inflable y al sentir los brazos maternos se acomodó para dormir y fue llevado a su cama. En la noche todo estaba oscuro y los ancianos charlaban animadamente en el jardín. Pablito despertó por el calor y caminó siguiendo las voces. Al pasar por entre los sillones de la sala se encontró con la cara del ogro. El terror que le provocaba esa visión, la oscuridad y el sentirse solo lo hicieron llorar. Mamá llegó apresurada a su encuentro y al preguntar qué le pasaba él dijo “Es el sismo, el sismo me da miedo”. Mamá Pachita dijo “Pobrecito, pensé que no se había dado cuenta de lo ocurrido”, “A lo mejor vio algo en la tele y le hizo tener pesadillas”, dijo otro tío, “lo llevaré a dormir” dijo mamá con preocupación.
La abuela acordó con mamá que le prendería la televisión, pero sólo para ver caricaturas y dejarían las noticas hasta que el niño se durmiera. Una tarde que estaba en la alberca inflable, veía de lejos al ogro sismo. Sumergía el cuerpo en el agua y apenas sacaba la cabeza hasta que los ojos rebasaran el borde. Sus pensamientos se centraban en ese personaje y llegó un momento en que se dijo así mismo “debo derrotar al sismo, debo derrotar al sismo… ¡Tengo que conseguir una espada mágica!”. Al día siguiente echó a andar su plan y cuando la abuela se encontraba distraía haciendo la comida, el niño tomó un cuchillo para que le sirviera de espada y así encarar a su enemigo. Salió a hurtadillas y se dirigió a la sala. El ogro sismo seguro no lo había descubierto, pues permanecía inmóvil con sus ojos clavados al frente sin mirar a nadie, pero observándolo todo. Se fue escondiendo detrás de algún mueble para no ser descubierto. La cómoda, cerca, una silla, más cerca, la lámpara de piso, más cerca y al estar a la distancia adecuada subió al sillón con la agilidad de un gamo y la fiereza de un tigre, hundió su arma en el enemigo.
El sábado por la mañana, papá habló con mamá Pachita “Tengo tanta pena por lo ocurrido, es verdad que no le explicamos bien qué era un sismo y estaba confundido, no fuimos capaces de saber qué le estaba causando miedo en esta casa”. Ella le respondió con su habitual paciencia “No te preocupes hijo, no teníamos manera de saberlo, es muy pequeño, por el contrario nos ha alegrado mucho la vida su visita y bueno, del retrato del tío Roberto en verdad nunca me había gustado y esta es una buena oportunidad de deshacernos de él, ¿no lo crees?”.