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A Lorena, mujer y compañera,
en su cumpleaños
San Agustín siempre ha sido una aventura para mí. Desde mis años mozos lo he visto, además de como santo, como el filósofo de la interioridad, de la intimidad del alma consigo misma, con los demás y con Dios. Pero no ha sido un itinerario fácil ni claro ni carente de obstáculos, seducciones, engaños, riesgos, peligros, errores, caídas, como la vida de todos los seres humanos.
En algunas entrevistas que le hicieron a Octavio Paz, éste ha señalado que, por ejemplo, se encontraba más cercano de Pelagio que de san Agustín (en una entrevista con Carlos Castillo Peraza donde cita su poema “Hermandad”), aunque Fernando Savater en alguna de las entrevistas que le hizo en su casa de Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México, introduce que precisamente, como el gran santo de Hipona, Paz, con todo y haber ganado el Nobel, no dejaba de ser ese espíritu inquieto, rebelde y buscador de la verdad.
En esta ocasión, empero, me centraré en algunas anotaciones que hace tiempo había hecho en el libro X de Las confesiones del santo de Hipona (hoy Annaba, Argelia). Ahí, reconoce que el ser humano, aun siendo espíritu y teniendo la capacidad para conocer las cosas espirituales, no se conoce a fondo a sí mismo, que queda en él una zona oscura, nebulosa, abismal, de sí mismo; “con todo hay algo en el hombre que ignora aun el mismo espíritu que habita en él” (X, 5, 7). No obstante lo anterior, la confesión de Agustín quiere ser completa, honda y total:
Confiese, pues, lo que sé de mí; confiese también lo que de mí ignoro; porque lo que sé de mí lo sé porque tú me iluminas, y lo que de mí ignoro no lo sabré hasta tanto que mis tinieblas se conviertan en mediodía en tu presencia. (Ibidem).
Ese señalamiento no es otra cosa que la conciencia de que no nos sabemos ni podemos conocernos enteramente, no podemos penetrar todo nuestro ser, todo aquello que somos. Porque en efecto, sólo conocemos lo que hemos sido, y eso con deficiencias e insuficiencias, incluso con confusiones y olvidos (la memoria es flaca). Y si lo pasado, que sería lo más claro que tenemos a la vista de nuestro espíritu y sus facultades, se nos escurre (dado que el pasado ha dejado de ser y ya no es más, nunca más vuelve), cuánto más ocurrirá con nuestro presente que tan sólo lo mencionamos y deja de ser, o con nuestro futuro que ni siquiera es y, por tanto, no alcanza la densidad del ser, de la existencia, de lo actual.
Esas incertidumbres es lo que inquietan el corazón humano. Y por eso, como Agustín, buscamos, caminamos, ora aquí, ora allá, incluso en las cosas. Las cosas que vemos y tocamos, a ellas interroga el Hiponense:
Pregunté a la tierra y me dijo: «No soy yo»; y todas las cosas que en el ella me confesaron lo mismo. Pregunté al mar y a los abismo y a los reptiles de alma viva, y me respondieron: «No somos tu Dios; búscale sobre nosotros.» Interrogué a las auras que respiramos, y el aire todo con sus moradores, me dijo: «Engáñase Anaxímenes: yo no soy tu Dios.» Pregunté al cielo, al sol, a la luna y a las estrellas. «Tampoco somos nosotros el Dios que buscas», me respondieron.
Dije entonces a todas las cosas que están fuera de las puertas de mi carne: «Decidme algo de mi Dios, ya que vosotras no lo sois; decidme algo de él.» Y exclamaron todas con grande voz: «Él nos ha hecho.» Mi pregunta era mi mirada, y su respuesta, su apariencia. (X, 6, 9).
La tierra y todo lo que en ella hay, le han respondido: “No soy yo”. ¿Por qué, entonces, seguimos empeñados en conquistar la tierra y todo lo que en ella hay, el mundo y todo lo que envuelve. Claro, ese es el principio, el fundamento acaso, no es la tierra lo que buscamos, no es ella Dios. Ella misma, junto con todas las demás cosas a las que interroga nuestra alma, responde: “Él nos ha hecho”. Si tomados lo anterior como fundamento, nos quedará, sin embargo, la misión de que la tierra y el mundo han de ser conquistados y administrados por el ser humano. Es decir, estamos frente al tema de nuestra misión en el mundo, en esta existencia temporal. No como fundamento sino como derivación de nuestro fundamento, como tarea.
Y luego de considerar las cosas exteriores –y esta es una de las grandes aportaciones del santo- entra en sí mismo y se interroga: ¿Qué eres? ¿Quién eres? Soy un hombre, responde Agustín. E inicia el camino interior. Un primer estamento de esa interioridad es la memoria (X, 8, 12), y otro el corazón. Pero con ellos no llegamos a conocernos: “De donde se sigue que es angosta el alma para contenerse a sí misma.” (X, 8, 15). Esta orfandad, esta suerte de angustia, es lo que hace al ser humano trascenderse. Pero trascenderse tiene que ver con la naturaleza del conocimiento, de cómo entendemos las cosas y las comprendemos. Y de acuerdo al Hiponense, somos capaces de conocer todas las cosas porque ya antes, en el alma, están sus imágenes, si no es que sus ideas.
No se trata ya sólo de la memoria, sino del alma a través de la memoria: “recogerlas como de cierta dispersión, de donde vino la palabra cogitare: porque cogo es respecto a cogito lo que ago de agito y facio de factito. (…) la inteligencia ha vindicado en propiedad esta palabra para sí” (X, 11, 18). Y esta dinámica del alma, que descubre al yo, coloca en situación problemática este hallazgo. Dice Agustín: me hice problema a mí mismo. ¿Por qué?
Porque no exploramos ahora las regiones del cielo, ni de la tierra, soy yo el que recuerdo, yo el alma. No es gran maravilla si digo que está lejos de mí cuento no soy yo; en cambio, ¿qué cosa más cerca de mí que yo mismo? Con todo, he aquí que, no siendo este «mí» cosa distinta de mi memoria, no comprendo la fuerza de ésta. (X, 16, 25).
Pero, aunque la memoria pareciera abarcar –y por momentos identificarse con ella- al alma entera, dado que los animales también cuentan con memoria, la humana debe tener otra connotación, porque hay en ella, en el alma, un deseo que no se queda sólo en la función de la memoria. Se trata de un auténtico deseo, el de la felicidad, el de plenitud. Ahora bien, esa vida feliz, ¿se encuentra en la memoria? ¿Ésta la recuerda porque alguna vez la ha contemplado? No hay que olvidar que hay en Agustín una referencia de Platón y de la convicción de ciertas ideas innatas.
El deseo de felicidad en realidad para el santo no es sino motivado por Dios, su fuente, su motor y su descanso. “Y la misma vida bienaventurada no es otra cosa que gozar de ti, para ti y por ti: ésa es y no otra. Mas los que piensan que es otra, otro es también el gozo que persiguen, aunque no el verdadero. Sin embargo, su voluntad no se aparta de cierta imagen de gozo.” (X, 22, 32).
Todos buscamos la felicidad, pero no todos son felices, ¿por qué? ¿Por qué el hombre, los seres humanos, no es feliz? Necesita una purificación y un mediador, una interiorización y un maestro. Y aquí viene la verdadera iluminación. Desde luego, siempre está el riesgo de confundir al mediador, en esto también puede caber el engaño. Pero no lo hay cuando una de las características de ese mediador verdadero es compartir con Dios la divinidad y con los hombres la humanidad. “De no haberse hecho tu Verbo carne y habitado entre nosotros, con razón hubiéramos podido juzgarle apartado de la naturaleza humana y desesperar de nosotros.” (X, 43, 69).
El camino interior, que comienza en la memoria, culmina con una adhesión al Verbo encarnado, Jesucristo, el rostro de Dios en medio de los hombres y el verdadero rostro humano de nosotros mismos. Así es como Agustín descubre quién es y su vocación, su misión en esta existencia temporal. Esto ya no lo alcanza naturalmente el hombre ni por sus propios esfuerzos, esto es un don que requiere la apertura del ser humano a la trascendencia: «Trascende et te ipsum» -habría dicho Agustín en otra obra-, si descubres que eres finito.
No me queda, amable lector, amable lectora, aun siendo hoy el día de san Agustín, más que citar el poema de Octavio Paz que resume esta búsqueda y esta apertura a la que llega el Hiponense:
Hermandad
Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.