“La vida entre las flores del bosque es mejor cuando tienes alas”, así lo decían unos amigos que a diario se alimentaban de ellas. Tutuk, el colibrí, comía directamente, mientas que Yoli, la abejita, se lo llevaba hasta su colmena, pero alguien más hacía cosas diferentes. Mayita, una pequeña hada, era la encargada de darle color a los pétalos. Primero los pintaba con una brocha gorda, luego con un pincel les daba detalles como toda una artista para hacerlos lucir moteados, jaspeados, con distintos tonos y hasta colores combinados. A ella le encantaba su trabajo y lo hacía con gusto porque podía usar sus alas para transportarse y jugar con sus amigos.
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Mayita vivía con sus hermanas y el Hada Mayor en un gran hongo. En las tardes al caer el sol, se reunían a cenar mientras contaban las peripecias del día. Una de ellas dijo que al andar afilando las espinas de los rosales, una oruga envidiosa le había gritado “¡Presumida voladora!” a lo que la hada le contestó “En unos días tendrás alas, pero lo presumida ¡lo tienes desde ahorita!”. Todas rieron a carcajadas por la ocurrencia, pero en ese momento llegó la Hada Mayor. Aclaró la garganta para llamar la atención y tomar la palabra para decir: “Niñas, hoy, nuestra hermana Nuri, quien se desempeñaba recargando el perfume de los jazmines, se marchó del Hongo para cumplir una nueva y honrosa misión. Como todas sabemos, se tiene un trabajo temporal aquí y después otro definitivo que nos obliga a partir, así que le deseamos la mejor de las suertes ¡Adiós Nuri!”. Todas quedaron mudas, no podían imaginar que su amiga se hubiera ido a otro lado cuando ahí eran tan felices.
Todos los días muy temprano, las hadas partían a realizar su trabajo cargando sus respectivos utensilios. Una mañana Mayita llevaba sus botes de pintura, brochas y pinceles. La noche anterior había hecho el boceto de un nuevo diseño y ansiaba pintarlo de inmediato. Saltó del hongo y tomó altura para dirigirse al lugar donde le encargaron decorar flores. Muy pronto se encontró con Tutuk y Yoli que ya habían salido a buscar su alimento. Los tres volaban en formación y a coro cantaban con alegría
“Yo volando voy
y cantando estoy,
desde que salgo de mi hogar.
Al cielo gracias doy,
un gran día es el de hoy,
mi vida es alegre trabajar.”
En eso, Mayita notó que una de sus alas no funcionaba bien y al sentir que se caía, soltó los botes de pintura. Yoli le recomendó que se posara en la hoja de una madreselva cercana para que descansara. Tutuk rápidamente trajo en su pico unas gotas de rocío para que Mayita bebiera un poco de agua. Angustiados le preguntaron si se sentía bien y decidieron llevarla a casa. La Hada Mayor la recibió y dio las gracias a sus amigos, tomó a Mayita en sus brazos para acostarla en su cama. Por la tarde Yoli y Tutuk fueron al hongo a preguntar por Mayita. La Hada Mayor les permitió asomarse por la ventana del dormitorio y vieron a Mayita triste. Les comentó que una de sus cuatro alas estaba débil y se había roto. “¿Qué vamos a hacer?”, preguntó Tutuk. “Yo te puedo dar una de mis alas”, dijo Yoli. “Gracias, amigos, pero la Hada Mayor me dijo que no podemos hacer nada” y se volteó al otro lado para que no la vieran sollozar. Los animalitos la comprendieron y se retiraron sin decir nada.
Al día siguiente, los amigos de Mayita la visitaron temprano. Entre ambos habían juntado néctar de azahar y se lo llevaban para que se animara, sabían que era su favorito. “¡Mira lo que te trajimos!” dijo Tutuk animosamente. “Y yo te traje un poco de polen”, exclamó Yoli, pero Tutuk volteando a ver a la abeja le respondió: “¿No me dijiste que ese te lo llevas entre las patas? ¡Gag, qué asco!”. Eso hizo que la abejita le diera un codazo al colibrí y causó gracia en Mayita, pero apenas sí sonrío. Al volver la mirada les dijo: “Ya se me cayó mi ala y las otras están rotas, ya no podré volar”, dijo cubriendo su cara con las manos a sus amigos, cuyos rostros no ocultaron su contrariedad. Después de un momento y a pesar de que Yoli sentía un nudo en la garganta, se dio valor y haciendo un esfuerzo comenzó a cantar en voz baja: “Yo volando voy…”, Tutuk respondió: “y cantando estoy…”, e hicieron una pausa para esperar por Mayita que apenas dijo: “desde que salgo de mi hogar”, pero la voz se le entrecortó y terminó llorando. A sus amigos se les había escapado una lágrima en silencio mientras la miraban y se volvieron a ir sin decir nada.
Al llegar un nuevo día, la mañana era fresca y el cielo despejado mostraba un sol sonriente. Las hadas salían a trabajar con el mismo ánimo de siempre. Tutuk y Yoli no sabían si debieran visitar a Mayita. Pensaban que en sus intentos de hacerla reír, sólo la ponían más triste. La abejita, después de pensarlo mucho volteó a ver al colibrí: “Es nuestro deber como colegas ir a ver cómo sigue o al menos preguntar al Hada Mayor cómo está ¿no lo crees?”. “Tienes razón, no debemos contagiarle nuestra aflicción ¿o ella nos la contagió a nosotros?”. La abeja lo miró frunciendo el ceño mientras decía: “No digas burradas, vamos, debemos ir a preguntar”. Así, aletearon hasta llegar a la base del hongo y no vieron a nadie, tocaron la puerta, pero no hubo respuesta. Metieron la cabeza para asomarse al dormitorio, pero ambos se quedaron atorados por tratar de entrar al mismo tiempo. “¿Qué hacemos?” dijo Tutuk, pero su pregunta fue respondida con un repentino “¡Buuuuuuu!” seguido de unas carcajadas. Era Mayita que había llegado por detrás y al asustarlos se desatoraron y cayeron al pasto. Lucía contenta y sus ojos mostraban y serenidad. Intrigados, los animalitos preguntaron qué había pasado. “¿Acaso te dieron trabajo en la infantería?” preguntó Tutuk. “No amigos, ya no tengo trabajo, pero estoy feliz” y Mayita se sentó con ellos y les contó:
“La Hada Mayor me explicó que cuando perdemos las alas nos tenemos que ir”. “¿Te irás?”, preguntaron boquiabiertos los amigos al mismo tiempo sin proponérselo, “¡Sí!” contestó Mayita emocionada y continuó: “ La razón por la que me iré, es porque ya no seré hada, sino que voy ser el alma de una niña, ¡Voy a convertirme en una bebé! una bebé pequeñita y muero de ganas por conocer a mi mamá!”