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OPINIÓN

Escribir también es acción

Escritura en la tradición grecolatina. Los anacoretas. Leer, releer, meditar, dialogar.

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Domingo, Junio 25, 2017

En estos días pude leer, en Obras esenciales de Michel Foucault –publicadas por Paidós-, un texto que se denomina “La escritura de sí”. Menciona Foucault el desarrollo de ese ejercicio (de la escritura de sí) en los anacoretas cristianos que se dedicaban a la meditación escribiendo, incluso, como mecanismo para vencer al enemigo o luchar contra un defecto personal, una suerte de confesión del alma ante sí misma no sólo para conocer sus propias mociones sino para ejercitarse en el camino del espíritu.

 

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Luego cita el pensador francés a otros pensadores de la cultura grecolatina: Séneca, Epicteto, Plutarco, Marco Aurelio, como maestros de la reflexión interna. En ese momento me acordé –y quizá por ello cuando lo leía algo en mí se agitaba, se inquietaba y despertaba- que yo mismo en estos últimos años he hecho de alguna manera este ejercicio. He ido tomando notas, apuntes, donde he registrado, por ejemplo, un pensamiento, un sentimiento, un hecho, y durante varios días –quizá muchos días- he ido escribiendo algo acerca de ello; lo que aún no he hecho es una revisión, una relectura que me permita escribir algo más elaborado como un manual, un libro o un tratado (como esos pensadores lo hacían).

 

Me gustaría citar inclusive un par de textos que me parecieron apropiados por la envergadura de su valor filosófico y ético. Pero antes de hacerlo, tratando de confiarme a mi memoria, querría yo entresacar esa suerte de “método” o camino que me permita darle a estas notas y apuntes una dimensión de mayor densidad intelectual. Inclusive –como se lo comenté a mi mujer- este podría ser un método propio o propicio para la escritura de mis textos y mis libros, desde luego mi investigación sobre Octavio Paz que, por su lado, parece haberse quedado en el regodeo de sus poemas, pasmado por las imágenes encontradas ahí: de mí mismo y de ese otro desconocido que, al mirarlo soy yo mismo. Y de otros junto a mí, conmigo, también conocidos a la vez que desconocidos. Aunque verdaderamente ese es otro tema.

 

La idea es seguir este camino: leer, releer, meditar, dialogar consigo mismo y con los demás. Eso, si mal no recuerdo, lo había planteando Epicteto. Pero lo verificaré. Dice el texto lo siguiente:

 

Sin embargo, por muy personales que sean, estos hypomnémata no deben ser considerados como diarios íntimos, o como esos relatos de experiencia espiritual (tentaciones, luchas, caídas y victorias) que encontraremos en la literatura cristiana ulterior. No constituyen un «relato de sí mismo», no tienen como objetivo hacer surgir a la luz del día los arcana conscientiae cuya confesión –oral o escrita- tiene valor purificador. El movimiento que pretenden efectuar es inverso a éste: se trata, no de perseguir lo indecible, sino, por el contrario, de captar lo ya dicho; reunir lo que se ha podido oír o leer, y con un fin, que es nada menos que la constitución de sí. (pp. 940-941).

 

Claro que el diario tiene su valor. Pero aquí no se trata de descubrir y/o revelar lo que hay en el alma (o no solamente eso) sino de «reunir lo que se ha podido oír o leer». El propio Foucault lo resume así: leer, releer, meditar y dialogar consigo mismo y con los demás, todo ello con un propósito fundamental: ejercitarse y todo ello volverlo acción; por ello, dice el pensador francés siguiendo a Plutarco, tiene una dimensión y una profundidad éticas: es a final de cuentas un «ethos», constituyen un «ethos», una casa, una morada, un espacio para vivir de acuerdo a nuestra humanidad, para realizarla, ser verdaderamente «seres humanos». Por tanto, toda lectura, toda meditación, toda nota que se vaya tomando, ha de ser releída, vuelta a pensar para –en una nueva escritura-, tratar de volverla acción y «ascesis», en otras palabras, darle al método ese nuevo carácter de estructuración y dinámica: meditación, escritura y acción.

 

Como quiera que sea, de lo que se trata es de que se escriba, de la importancia de escribir para tomar nota, para registrar lo que está pasando, ya sea en la realidad, en los hechos, o en el alma misma, en ese itinerario que denota los movimientos internos. Y luego de esa escritura –precedida siempre por la reflexión y la meditación- sobrevendrá la acción, porque el propósito de todo eso, como fueron las motivaciones de los antiguos anacoretas, es la ejercitación, la práctica, precisamente, como ya se señaló líneas arriba, la ascesis.

 

Creo que he encontrado de nueva cuenta un chispazo para volver a ejercitarme en el arduo camino de la escritura, del tratar de volver a escribir un par de páginas diarias, con este propósito, generar un material que permita la reflexión, basada en la lectura y la relectura, que abra el camino y el horizonte de la acción, es decir, que esas lecturas y relecturas, esas reflexiones y escrituras se vuelvan ejercicio y vida. Y de este modo, literalmente, ejercer la vocación de escritor.

 

De ser cierto lo anterior, no cabe duda que tanto leer como escribir, meditar y ejercitarse en ese diálogo consigo mismo y con los demás, es una suerte de acción, ejercicio, ascesis –como ya se ha dicho. Ese redescubrimiento me permitirá retomar el camino de la diaria escritura con lo que tendré que apurarme para terminar de confeccionar un par de libros (uno con don Manuel Díaz y otro sobre Octavio Paz). Por cierto, el método que puede surgir para escribir es este, precisamente, leer, releer, meditar, escribir. Claro tengo que definir también esto: la dinámica lineal y la dinámica circular que plantea Foucault. ¿Cuáles son esas dinámicas? He aquí el texto:

 

Pero vemos también que la escritura está asociada de dos modos diferentes al ejercicio de pensamiento. Uno adopta la forma de una serie «lineal»; va de la meditación a la actividad de la escritura y de ésta al gymnázein, es decir al entrenamiento en situación real y a la prueba: trabajo de pensamiento, trabajo mediante la escritura, trabajo en realidad. El otro es circular: la meditación precede a las notas que permiten la relectura que, a su vez, relanza la meditación. En cualquier caso, sea cual sea el ciclo de ejercicio en el que se sitúa, la escritura constituye una etapa esencial en el proceso al que tiende toda áskesis: a saber, la elaboración de discursos recibidos y reconocidos como verdaderos en principios racionales de acción. (p. 939).

 

En conclusión creo que todo esto se encarna en esta trilogía: pensamiento, escritura y acción (esa «ascesis» propia del escritor). Pero quizá estoy restringiendo el asunto a la vocación de escribir. En realidad los pensadores citados tenían más una connotación de existencia, de vitalidad, en tal sentido no se trata de una vocación particular sino de la vocación universal de todos los seres humanos a descubrir su ser, su humanidad. Porque si no, ¿de qué otra manera la vida puede considerarse, con justa razón, la «escritura de sí»?

 

Espero que mis amigos y conocidos comprendan por qué, cada vez que tengo la oportunidad, les hago esta invitación: «Escríbelo, cuéntalo, compártelo». Porque es una experiencia de vida que puede ahorrarles a otros no el camino de la reflexión ni el de la acción consecuente, sino el comenzar de cero, sin la menor referencia, o sin la herencia que da a alguien el marchar más adelante de lo que lo hicieron sus predecesores. Es el mejor tributo que, por otro lado, podemos hacerles para agradecerles el don de su conocimiento y escritura.

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