Logo e-consulta

Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Lucila

El festejo de un cumpleaños. Algo inusual. El encuentro. El regreso. La inquietud. El descubrimiento

Ignacio Esquivel Valdez

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas

Sábado, Junio 24, 2017

Mis amigos me llamaron para reunirnos el fin de semana en una casa de campo con pretexto de festejar mi cumpleaños número treinta. La celebración sería desde el viernes por la noche hasta el domingo en la tarde. En verdad nada especial, simplemente como era nuestra costumbre de solteros, es decir, comida, alcohol y acompañantes.

 

Más artículos del autor

            El día del viaje, dos de mis amigos ya me esperaban en un auto estacionado fuera de mi oficina. Una leve llovizna caía sobre nosotros y enfriaba el ambiente. Esa mañana había salido de casa sin saco ni chamarra, ya que el sol de verano me había sugerido irme ligero a laborar. Al subir al carro, Roberto, dueño y conductor del vehículo al arrancar me dijo:

 

            —¡Uy, Luisito! Te pegó duro llegar al tercer piso, vienes temblando, esa es una mala señal.

            —¿Por?

            —Ya entraste a la edad en la que vas a requerir compañía en las noches para que te tapen la espalda.

 

            Sabía perfectamente a lo que Roberto se refería, pero nunca lo había considerado. Nuestra vida de solteros era perfecta. Nadie que te obligara a dejar de ser tú mismo ¿Por qué habría que cambiar? Ir al súper solo era genial, comprar lo que a mí me gustaba de comer, tardarme en la sección de electrónica, deportes o ferretería, llegar a tirarme a ver el futbol, las carreras de autos o mis películas de acción o ciencia ficción o pasar de la media noche con los video juegos. No, la compañía femenina no era una opción de vida, solamente para eventos de disipación como el que nos esperaba al día siguiente y que nuestro amigo Rafael se encargaría de proveer, o sea, nos llevaría acompañantes de fin de semana.

 

            La casa de campo de la familia de Roberto era el lugar para bermudas, playeras  y cervezas frías. El sábado, después de desayunar cualquier cosa, reposábamos sentados en la orilla de la alberca con los pies en el agua, cuando vimos llegar a Rafael. Bajó de su camioneta escoltado  de cuatro hermosas jovencitas. Se acercó y en tono triunfante nos dijo:

 

            —Señores, les presento a Jenny, Elizabeth, Jessy y Lucila.

 

            Todos gritamos y aplaudimos ante las sonrientes acompañantes que nos había conseguido. Se fueron a la casa y regresaron en traje de baño. Yo esperaba a que al meterse a la alberca se subieran a nuestros hombros y jugáramos a derribarnos, sin embargo, llegaron sólo  a los camastros donde sentadas nos sonreían de lejos. Roberto y yo protestamos e intentamos aventarles agua, pero Rafa nos pidió que no lo hiciéramos y más tarde tendríamos una compensación. Me enfadé un poco, pues en mi opinión yo ya no tendría nada que esperar de una mujer como ellas.

 

            A las dos de la tarde el olor a carne asada nos propuso una cita en la mesa y nos sacó de la alberca. Al salir Lucila se me acercó  y me llevaba consigo un par de cervezas. Bebió conmigo, y al acercarse pude poner atención a sus facciones. Su tez blanca contrastaba con la oscuridad de su lacio y largo cabello y un par de enormes ojos le servían de tarjeta de presentación, pero su voz superaba todo lo anterior:

 

            —¿Quieres una?

            —Si te la tomas conmigo, sí.

            —Bueno.

           

            Le dio un sorbo pequeño mientras clavaba su mirada en mí, lo que mi hizo sentir un poco incómodo. Para contrarrestar el efecto dirigí los ojos hacia la alberca.

 

            —¿Quieres algo de comer? —me dijo.

            —Bueno, un poco de todo, por favor.

 

            Llegó con un plato con un corte a tres cuartos, una pieza de chorizo y ensalada sin aderezo. Ver que se servía justo como a mi me gustaba me hizo sentir relajado y por fin entablamos una charla casual. Llegó el momento en que le pedí que se sirviera algo para acompañarme, pero me respondió que ya había comido. No le di importancia y cuando estaba a punto de terminar, ella se levantó y fue a la mesa para traerme una papa asada con queso. No podía yo saber cómo había acertado a mis gustos, yo solía terminar un asado con algún bocado que no fuera carne.

 

            Avanzada la tarde cada quien charlaba apaciblemente con su pareja sin habérselo propuesto hasta que el azul del cielo se tornó grisáceo  y las cuatro chicas se refugiaron en la casa mientras que nosotros volvimos a la alberca, pues nos divertía recibir la lluvia dentro del agua. Hacíamos un juego en el que dos de nosotros tenía que aguantar la respiración debajo del agua. El que saliera primero tenía que tomar medio vaso de tequila de un solo trago. De esta forma todos ingeríamos tal cantidad de alcohol que cuando oscurecía ya estábamos algo embriagados, así que decidimos irnos a la casa. Lucila me recibió con una bata de baño y una toalla. Fui a mi habitación, me vestí y al regresar  la sala estaba desierta, las luces pagadas y la tenue iluminación de unas velas creaban un ambiente muy íntimo. Lucila, quien me esperaba en la penumbra, me ofreció una copa de brandy “para el frío”, dijo. Nos sentamos en el sillón donde retomamos la charla de la comida. Al inicio nada de importancia, el trabajo, la rutina, los jefes. Ella escuchaba atenta y de vez en cuando intervenía sólo para parafrasear lo que yo decía. No supe si fue la comodidad que me hizo sentir sumado al brandy, que la lengua no me paraba dejando escapar ideas y sentimientos. Llegado un momento me preguntó cuáles eran mis aspiraciones en la vida y levantando los ojos al techo proyecté en aire mi más grande deseo para algún día. Le dije que me haría feliz vivir en una casa como esta en el campo lejos de la gente y tener tiempo para leer lo que a mí más me gustaba.

 

            —¿Por qué aislado? —me preguntó

            —Por que mi gusto ya no es tan común el día de hoy, a nadie le interesa.

            —Dímelo.

            —Bueno —sorbí un poco más de brandy —más que decírtelo, te lo demostraré:

 

“Pulida claridad de piedra diáfana,
lisa frente de estatua sin memoria:
cielo de invierno, espacio reflejado
en otro más profundo y más vacío.

“El mar respira apenas, brilla apenas.
Se ha parado la luz entre los árboles,
ejército dormido. Los despierta
el viento con banderas de follajes.”

 

Dije yo.

 

“Nace del mar, asalta la colina,
oleaje sin cuerpo que revienta
contra los eucaliptos amarillos
y se derrama en ecos por el llano.

“El día abre los ojos y penetra
en una primavera anticipada.
Todo lo que mis manos tocan, vuela.
Está lleno de pájaros el mundo.”

 

Contestó ella.

 

Me perdí en sus ojos negros asombrado de que ella supiera ese poema mientras contemplaba su rostro apenas iluminado por las candelas, con inusitada espontaneidad acorté la distancia e irremediablemente, la besé.

 

Pasamos la noche juntos.  Al amanecer, Rafael ya se había ido de regreso a la ciudad con nuestras acompañantes. El resto nos levantamos tarde con un extraño mutismo mezcla de la resaca y la experiencia recién vivida. A pesar de que la mañana era risueña y soleada, un raro talante reinaba en el ambiente y optamos por volver a casa.

 

Durante el camino nadie habló. Al llegar a mi departamento lo primero que hice fue llamar a Rafael, no sabía para qué, pero al escuchar su voz, un fuerte impulso me hizo hablar sin rodeos:

 

—Rafa, necesito volver a ver a Lulcila.

—¡Calma, viejo! Ella sólo es una acompañante, una de las tantas que hemos contratado.

—Sí, pero ella es diferente.

—Y que lo digas, les advertí que esta vez sería distinto. ¿Ya ves que sí?

—Tienes toda la razón, necesito me des su teléfono.

—No puedo, pero si quieres puedo concertar otra cita para llevarlas a la casa de campo del Robert.

—No, no, me gustaría que fuera hoy mismo.

—Mira, viejo, bien me decía el Robert que ya necesitas compañía de fijo y está bien, a todos nos llega, pero con Lucila no cuentes.

—Rafa no me importa que se dedique a hacer compañía, solamente quiero volverla  a ver.

—Olvídala.

—Rafa, si te consideras mi amigo tienes que ayudarme.

—Está bien, te llevaré a verla, pero espero que al volverla a encontrar no te lleves una decepción.

—Estoy preparado por si ella está trabajando en estos momentos.

 

Esa última frase, antes de colgar, fue pronunciada con cierta alegría, misma que enseguida se convirtió en impaciencia.

 

La vida es ms irónica de lo que nos podemos pensar. Nunca me pude imaginar la realidad de Lucila la cual me ubicó en la mía. No estoy decepcionado ni triste, por el contrario, creo que aprendí una gran lección.

 

 Rafael me llevó a lugar de trabajo de Lucila. Estaba preparado para muchas cosas, menos para lo que se presentó. Rafael me pidió que entrara solo y que preguntara por el servicio. El encargado me recibió con un mecánico discurso de venta mostrándome a una serie de jóvenes yaciendo cada una en un sillón reclinable. Yo buscaba a Lucila en medio de un mar de rostros y al fin la encontré recostada con los ojos cerrados y la expresión que se me había quedado grabada. La observé un rato mientras un vago eco se fue aclarando para entender lo que el encargado decía.

 

—Son muy serviciales, todo el tiempo están atentas a lo que el cliente necesite, pueden entablar una conversación sobre los temas que más le interesen de acuerdo a su estado de humor,  al momento investigan en la web y en redes sociales los gustos, inclinaciones  y expectativas del cliente, lo que las hace, más que una acompañante, una auténtica compañera, ese es el trabajo de una GINOIDE.

Vistas: 1220
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs