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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La pobreza, otra mirada

Evolución de los programas de atención a la pobreza. Del PrONASOL al PROSPERA. Usos y abusos.

María Teresa Galicia Cordero

Doctora en Educación. Consultora internacional en proyectos formativos, investigadora social, formadora de docentes e impulsora permanente de procesos de construcción de ciudadanía con organizaciones sociales. Diseñadora y asesora de cursos, talleres y diplomados presenciales y en línea. Articulista en diferentes medios.

Sábado, Junio 10, 2017

                                                                                                                                    “ La pobreza propicia una mengua

                                                                                                                                  de la dignidad, de la visión que

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                                                                                                                                      el individuo tiene de sí mismo y de

                                                                                                                            la que el resto de la sociedad

                                                                                                     tiene sobre él”

Lorenzo Meyer

Acaban de pasar las elecciones en algunos estados del país y se avecina los tiempos electorales para el 2018 en donde, así como se ha venido haciendo  hasta ahora, la pobreza  se convierte en el tema central de los discursos.

Los términos pobre, pobreza o empobrecimiento no han sido nunca uniformes. Dependiendo de los períodos históricos es como se van tomando en cuenta ciertas variables económicas, sociales, políticas, militares e incluso morales y religiosas para denominarla; de ahí  la amplitud y diversidad del concepto que básicamente refleja un estado de diversos tipos de carencias  de alguna clase de bienes importantes para la vida social e individual (Checa, 1995)

Desde la Revolución, el  compromiso de erradicar o cuando menos disminuir  la pobreza,  se ha mantenido como un conjunto de  buenas intenciones. Tanto los gobiernos, los políticos y hasta muchos investigadores,  parecen olvidar  que los pobres y la pobreza,  no sólo tienen que ver  con bienes materiales, tienen que ver además con  información,  cualificación profesional, de educación y equilibrio personal y social, lo que  no se puede combatir  con dinero público o campañas electorales en donde se han repartido y se siguen repartiendo alimentos, materiales o dinero.

La desigual distribución del ingreso significa además una desigualdad en el acceso a muchos otros rubros, un ejemplo de ello es la manera en que desde el siglo pasado se ha  asociado a un bien particularmente importante en la lucha contra la pobreza: la educación.

Al inicio del gobierno de Carlos Salinas se creó un grupo para hacer un diagnóstico y proponer acciones, lo que significó el inicio del Programa Nacional de Solidaridad (Pronasol), cuyo propósito fue  trabajar en las causas de fondo de la pobreza, pero que se utilizó también para dar al sistema político autoritario una nueva oportunidad al renegociar su añeja alianza con las clases populares.

Con el  proyecto de Solidaridad se creó una red de comités en todo el país, al punto que su estructura rivalizó con la del partido de Estado y que si bien tuvo  cierta  repercusión en la lucha contra los efectos de la pobreza, fue muy bien utilizado para que en las elecciones de 1994, el PRI pudiera retener el control de la presidencia.

Y es así como históricamente ha evolucionado estos programas relacionados con la pobreza: en 1997 se pone en marcha el Programa de Educación, Salud y Alimentación (PROGRESA); para el año 2002,  PROGRESA se transforma en el Programa de Desarrollo Humano OPORTUNIDADES  que  desde el 2014 es sustituido  por el de PROSPERA Programa de Inclusión Social.

Lo que es cierto es que nuestro país  ha sido un laboratorio de experimentación de los programas de ajuste estructural impuestos por los organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, tanto en materia económica como social, pero que  la historia ha demostrado que sus resultados no han sido los prometidos. Basta ver los comparativos en los niveles de pobreza en México, que  los  ubican  en niveles superiores a los de los años ochenta (Damián, 2004) aunque ahora esta medición de la pobreza esté clasificada en cuatro niveles: pobreza extrema, pobreza moderada, vulnerable por carencias en educación, salud, seguridad social vivienda y alimentación y además de los vulnerables por ingresos, que están por debajo de la línea de bienestar.

Nuestro gobierno  ha expresado  que si hay un  gran logro consistente, porque la pobreza ha dejado de crecer en términos relativos, aunque la explicación del fenómeno no es nada clara. Según el reporte del  Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, Coneval, realizado en el 2016,  la  pobreza en México aumentó entre los años 2008 y 2014 al pasar de 44.3 por ciento a 46.2 por ciento, con lo que sumaron 55.3 millones de personas. En ese reporte  se destacó que la mayoría de la población tuvo problemas en los ingresos, al dispararse la proporción de personas con entradas insuficientes para adquirir la canasta alimentaria y comprar bienes y servicios.

Ante ese escenario, en el  2016 se previó publicar una actualización en la medición de la pobreza, pero el cambio que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía INEGI realizó en la metodología de las encuestas usadas por el Coneval-cambios que se concentraron en crear una nueva forma de captar los ingresos de los más pobres-provocaron  una ruptura en la serie histórica, lo que impidió la comparación con años anteriores.

Estas  nuevas cifras del INEGI proyectaron una reducción de 11 millones de pobres en tan sólo un año, lo que provocó el descontento de especialistas y sociedad, quienes consideraron el nuevo método como una trampa estadística del Gobierno para acabar “por decreto” con la pobreza en el país.

Lo que sí es muy claro es que la pobreza está ligada a la desigualdad y la desigualdad está ligada al poder político, a su naturaleza y a su distribución, por lo que les invito a reflexionar en este supuesto: en buena medida, la pobreza es resultado directo o indirecto de decisiones políticas.

Tan solo esos ajustes en las metodologías, son una muestra de esa incapacidad histórica para hacer de la justicia la razón de ser de las instituciones públicas mexicanas. No olvidemos que la pobreza propicia una mengua de la dignidad, de la visión que el individuo tiene de sí mismo y de la que el resto de la sociedad tiene sobre él,  lo que en un país como el nuestro con un sinnúmero de actos de corrupción e impunidad,  la pobreza y su profunda injusticia pueden ser  causa de  rebeldía.

Un poco de justicia equivaldría a que el presupuesto destinado a estos programas de combate a la pobreza se gaste de forma eficiente, que se rindan cuentas sobre el destino del dinero y no se haga uso político ni electoral  del mismo.

Es lo menos que debemos exigir.

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