El nombre le venía bien, a pesar de que no estaba en español o algún idioma comercial o de moda. “Memento Obliviscatur” era la compañía especializada en la inhabilitación de rutas neuronales de recuerdos específicos que alguna persona quisiera desechar. Se había fundado hacía cinco años y daba servicio a quienes sufrían de algún recuerdo traumatizante o alguna experiencia frustrante o desagradable. La pérdida de algún ser querido por muerte o separación, algún accidente, incidentes de remordimiento y eventos de ese tipo eran desechados, así que el paciente dejaba de sufrir. Al momento de recordarlos de alguna manera, el hecho era evocado sin mayor perturbación emocional. La lista de espera por este servicio era muy grande y las citas tardaban hasta tres meses.
El procedimiento era muy sencillo, se obtenía un escaneo cerebral muy fino del paciente para determinar la zona que entraba en actividad al momento del recuerdo que se deseaba desechar y mediante la aplicación de medicamentos directamente en esa zona, el recuerdo perdía su importancia. Se debía tener cuidado de no borrar del todo el recuerdo, pues era bien sabido que las remembranzas están asociadas a otras y estaba perfectamente controlado evitar la amnesia.
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Sin duda un gran éxito, todo mundo lo quería experimentar, se decía que hasta había curado casos de paranoia o esquizofrenia. El procedimiento era irreversible, pero a nadie le importaba, con tal de sentirse libre de algún “dolor del alma”.
Se supondría que este mundo sería más relajado y sonriente, no habría por qué sufrir y “Memento Obliviscatur” sería hoy en día la empresa más próspera del mundo, pero no fue así. El edificio donde se encontraba aún humea y sin sus empleados y pacientes. La razón no fue que los clientes se hayan sentido defraudados o insatisfechos, todo lo contrario.
Como ejemplo diré que la tentación de no cargar con la sombra de algún evento indeseable me llevó a pedir mi cita. El día que me atendieron hacía antesala en uno de los consultorios y veía las noticias por la televisión. El periodista presentador daba cuenta de que un dictador había sido encarcelado por el uso excesivo de la fuerza pública que en una manifestación había desembocado en una masacre. Días después, sus familiares informaron que el dictador sentía culpa por el hecho y estaba tan deprimido al grado que su salud estaba comprometida. Lo llevaron a olvidar “el desatino” cometido y su tratamiento había dado frutos en pocos meses. Se sentía feliz, alegre, recuperó peso y hasta las capacidades intelectuales se potenciaron tanto que rayaban en la genialidad. El tipo fue reincorporado a sus funciones, pero poco tiempo después, cuando las protestas populares continuaron, no sólo actuó de la misma manera, sino que arrasó la manifestación y no mostró remordimiento alguno. Al decir esto último, el monitor fue apagado y yo fui llamado a mi consulta.
Semanas después el problema que me causaba infelicidad dejó de atormentarme y llevaba una vida plena. Ya no sufría de insomnio y mi carácter había mejorado. Sentía una especie de renovación interior hasta el día en que vi un gato que pendía de un poste con una cuerda al cuello. No sentí nada, pero sí recordé la causa de mi inquietud. Cuando era niño mi padre había llevado a casa un felino, cuando yo le había pedido un perro. Como no obtuve lo que quería, mi deseo de venganza me llevó a quitarle la vida al gato tomándolo de la cola y azotándolo contra la pared. Fue cuando desquité mi ira que me di cuenta lo que había hecho y al mirar el cuerpo inerte que todavía tenía en mis manos, comenzó el sufrimiento. Por años cargué con ese sentimiento de culpa hasta que llegué a la clínica del olvido.
El día que vino a mi memoria el episodio, fue como una anécdota más sin importancia, no sentía nada, no podía recordar lo que se siente al mismo tiempo saberse acusado, juez y fiscal. El día pasó sin mayor contratiempo. Días después, caminaba por la calle cuando un muchacho me arrebató el portafolios y echó a correr. Yo lo seguí pidiendo a la gente que lo detuviera, pero nadie me hizo caso, lo que me causó un enojo enorme. La ira me dominó de tal manera que me hizo correr más fuerte y tras alcanzar al ladrón lo derribé y comencé a patear con fuerza desmedida hasta que quedó inconsciente. De esta forma cada vez que tenía algún enfrentamiento de este tipo me importaba menos el sufrimiento ajeno pues yo mismo olvidé sufrir.
No significa que no sea consciente de lo que hago, simplemente no me importa. Tampoco significa que no piense en ello, de hecho yo mismo encabecé la turba que quemó a la clínica, pues estamos de acuerdo en que los mismos tragos amargos que te hacen padecer, así también te hacen aprender.
No, no es que me haya vuelto loco, simplemente al darme cuenta de este efecto decidí hacer algo y después de desaparecer el edificio de “Memento Obliviscatur”, voy en camino para asesinar a ese dictador que cada vez es más brutal con su pueblo y luego seguiré yo.