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OPINIÓN

Estado de México: Santuario de la provocación política

Edomex, vericueto electoral. El grupo Atlacomulco. Las jugadas para ganar y robar la elección.

Guillermo Nares

Doctor en Derecho/Facultad de Derecho y Ciencias Sociales BUAP. Autor de diversos libros. Profesor e investigador de distintas instituciones de educación superior

Sábado, Mayo 27, 2017

La elección para elegir gobernador en el Estado de México, junto con la de Coahuila y Nayarit –el próximo 4 de junio- forma parte de  la agenda política de la carrera presidencial. A diferencia de los otros estados, el de México es un escenario de elevado valor simbólico en el proceso de afirmación de la democracia por ser el enclave regional autoritario de mayor peso con que actualmente cuenta el PRI. Si cae la joya de la corona el impacto anuncia de ya  el fin de largo ciclo pos transicional mexicano.

No faltan razones para ello. La opinión pública ha puesto atención por la emergencia y crecimiento de la candidata de Morena, Delfina Gómez, quien sin lugar a dudas se ha convertido en la adversaria número uno por haber puesto  en jaque la larga permanencia local del PRI.

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El desgaste presidencial y los malos resultados de la gestión estatal, explican en parte el crecimiento de las preferencias de una candidatura opositora que es antípoda a la condición social, económica e incluso étnica del actual grupo en el poder en México. Lo extremoso del asunto es que “la peladita” (como peyorativamente se refiere la elite a todo lo que huela a muchedumbre de barriada y Delfina es de barrio) resultó ser de gran atractivo electoral.

Con la candidata de Morena -más allá del desenlace- lejos quedó aquel margen de victoria que le dio a Eruviel Ávila  el 61.97 % de la votación hace seis años.

 Se prendieron las luces. Los linajes económico-políticos se escandalizaron.  ¿El populacho pretende asaltar la fortaleza (pensada en términos medievales) hasta hace poco inexpugnable? Inconcebible desde la lógica de la facción económica más poderosa, de mayor abolengo, que reclama derechos de sangre.

No es para menos: la caída del gobierno estatal los dejaría sin aliento para las próximas elecciones. Ni más ni menos.

Justo por esa razón, al contrario de la intención democratizadora de un importante segmento de electores y de la opinión pública nacional, no es difícil avizorar que el PRI se quede una vez más, con el ejecutivo mexiquense. Hay suficientes razones para afirmar lo anterior. El principal argumento se deriva del anclaje que guarda este proceso con la elección presidencial.

El PRI le conviene conservar, a costa de lo que sea, el Estado de México no por mantener un estado más, sino porque significa (así razonan) el potencial descarrilamiento de la marcha ascendente de López Obrador. No hay opciones. Quedarse con la gubernatura, sin importar el costo, brinda respiro para el próximo año e instala a Morena, ante la denuncia de fraude electoral, en una posición de desgaste mediático y de irritación de sus propias bases, que incluso podrían rebasar a la dirigencia y responder ante los actos de violencia y agresión. Hay crispación social contenida por el uso cínico e indiscriminado de recursos para ganar, afirmar clientelas y mover escandalosamente resultados y por la violencia desatada en contra del Morenismo.

El territorio mexiquense representa la joya de la corona no democrática por ser el espacio donde se desarrolló una de las fórmulas que hizo exitoso al autoritarismo mexicano, elevada a rango de patrimonio de la escoria política del país, por representar lo peor de la historia del sistema político mexicano: “un político pobre es un pobre político”.

La frase del patriarca Carlos Hank González, lapidaria y antípoda de la ética republicana, fue artilugio, horizonte, programa político, para formar la facción que acabó haciéndose de la presidencia de la república, conocido como grupo Atlacomulco. Cuyo origen faccioso, cierto, tuvo  toda la razón el hankismo (por eso en los últimos cinco años el lema fue elevado al nivel de  doctrina de Estado), fueron los usos y abusos de mecanismos operados desde el poder público para hacerse de riquezas y poder político sustentado en el control de territorios, desde Tijuana hasta Cancún.

Simboliza el éxito del modelo político de control autoritario combinado con los procesos de modernización del país. El “Atlacomulco” tiene su origen en el vigoroso desarrollo modernizador de la década de los sesentas, visible en la ciudad de México y extendido, gracias a la visión preclara de los Hank, al fundar en terrenos ejidales, la Ciudad Satélite; primer fraccionamiento de gran envergadura que,  gracias a los oficios expropiatorios del gobierno federal, dio manga ancha para que el patriarca encabezara el procesos de apropiación territorial en los municipios mexiquenses colindantes con la Ciudad de México y que a  la postre servirían de base territorial del actual poder político.

El progreso nunca se extendió a la población del interior del país, que fue llegando para participar en la construcción de las zonas habitacionales de la creciente clase media del Distrito Federal, la cual encontró en el estado vecino, zonas habitacionales cómodas, agradables y de relativa cercanía a su centro de trabajo.

A la par, proliferaron las colonias marginales, habitadas mayoritariamente por excluidos de origen rural de todo el país,  que vieron como un atractivo de trabajo el desarrollo inmobiliario de la gran urbe. Son los fundadores de los municipios que colindan con el sur, poniente, oriente y norte  del antiguo Distrito Federal y que durante todo el siglo XX y lo que corre del XXI, fue  base social urbana del priismo nacional.

En pocas palabras la miseria de sus cinturones urbanos convirtió dicho estado en santuario de súbditos útiles para el periodo pos transicional. La enorme masa de migrantes fue el gran caudal de votos, de voluntades ocupadas por la obediencia a quienes les arrojaron míseras viviendas y calles llenas de lodo y violencia. El espacio perfecto para generar clientes electorales. No es gratuito que sea el estado con el mayor número de organizaciones corporativas al servicio del PRI, todavía funcionales. Son el principal activo de la estructura electoral y de los grupos de choque que gracias a la pobreza y la miseria cívica serán el principal soporte de los operadores en el día D electoral.

Por ello el reto de Morena, su debilidad, es la estructura  con la que cuenta. Imposible de contener la andanada de prácticas no democráticas derivadas de una elección provocadora a más no poder. Incluso una afluencia masiva de votantes pacíficos no sería capaz de inhibir la acción de los provocadores. Simple y sencillamente porque el tejido social en el estado de México está roto, por la violencia delincuencial.   

En pocas palabras, no es difícil prefigurar la trans figuración de paraíso de la impunidad delincuencia común a paraíso de la delincuencia electoral el día de las elecciones. La agresividad y violencia física, propagandística y mediática vista por todo mundo, adelantan que veremos en tiempo real cómo la democracia convierte al estado de México en la capital de las tentaciones autoritarias.

Para el PRI el esquema es ganar-ganar. La hipotética apretada diferencia la resolverán las estructuras electorales. En ello llevan  una considerable ventaja, suficientes recursos económicos y humanos de carácter nacional. La maquinaria de movilización a todo lo que da protegida y auspiciada por el Estado.

Comparando, Morena es sumamente débil, su estructura se construye a contracorriente. Es oposición, partido en ciernes. No es el gobierno, no es el Estado. Sus recursos son ínfimos, más simbólicos que reales. Con raquíticos recursos económicos y humanos, ni siquiera equiparables en lo mínimo, objeto de una fuerte, extendida y agresiva campaña de desprestigio mediático, con todo el aparato burocrático federal y estatal en contra y que enfrentará en esas condiciones, a movilizadores electorales de alta escuela, verdaderos delincuentes electorales protegidos y con recursos infinitos, como nunca como antes, porque el objetivo no solo es ganar, sino provocar.

Es una elección provocadora. Aun teniendo una hipotética ventaja, a las elites les interesa desacreditar, aplastar, desprestigiar mediáticamente al adversario del 2018. Si ganan es rentable mostrar no solo que ganaron sino que se la robaron. Con mayor razón, si las tendencias no le favorecen, con ahínco mostrarán que se robaron las elecciones, gritarán su impunidad a los cuatro vientos, presumirán que se robaron las elecciones a  ojos vistos para después acusar al Lopezobradorismo de ser violento, antidemocrático, de no aceptar los resultados, de  generador de caos y desorden social. El desprestigio mediático para descarrilar de una vez por todas al principal opositor del 2018.

El tenor de la actual campaña para el poderoso “Atlacomulco” es infundir miedo, pavor, horror, terror a los votantes. Es lo que han hecho durante los 5 años. ¿Por qué habría que esperar honor, decencia cívica, vocación democrática en quien presume de lo contrario?

Es el auténtico coletazo del dinosaurio. ¿Qué tiene que perder? En sus modos de razonar, nada, y sí mucho que ganar, podría extender su permanencia hasta el 2024 o más.

En prospectiva estratégica,  es un ensayo de dominación que da luces a una pregunta: ¿Qué tanto y hasta dónde puede responder una población irritada por la conducta delincuencial de sus elites políticas?

No es tiempo de aprender a jugar con fuego.

gnares301@hotmail.com

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